Aquí Freddie Mercury tenía cuarenta (40) años. Da igual que no entre en los cánones de la lista que estoy configurando porque esto que viene a continuación, que seguro que has visto, no lo llegará a hacer nadie más en la historia de la música pop.
Así que, debido a su naturaleza infranqueable, aquí tienes este regalo del cielo.
No sé cuánto costaría la entrada del concierto, pero sólo con estos dos minutos ya puedo decir que fue barata.
Mostrando entradas con la etiqueta conciertos. Mostrar todas las entradas
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jueves, enero 09, 2014
sábado, abril 02, 2011
filmado y compartido
Astrud y Col·lectiu Brossa, ayer en Atrium Viladecans.
Filmado y compartido en youtube por mi hermana.
Filmado y compartido en youtube por mi hermana.
jueves, marzo 24, 2011
mancha de humedad
Ayer Brad Mehldau tocó un montón de versiones.
Has visto qué rápido se acaba una crítica.
Tocó un montón de versiones.
Creo que todo fueron versiones.
Me faltó reconocer tres canciones.
El resto las reconocí como versiones.
Desdibujadas y preciosas versiones que multiplicaban su duración por cuatro.
Teardrop (Massive Attack) Blackbird (The Beatles), Dream Brother (Jeff Buckley).
Con estas tres ya bastaría para eyacular.
Pero también, antes y después, My favourite things, Smells like teen spirit (Nirvana) y Martha (Tom Waits).
Sucedió que escuchaba esta última y no sabía ubicarla en mi imaginario musical ("en mi imaginario musical", a veces, qué quieres que te diga, me dispararía en la pierna), intentando buscarle una voz, que podía escuchar en mi mente, pero no reconocer.
No sé por qué pensé en alguna melodía de Leon Russell.
Luego se me apareció, una mancha de humedad en el techo de l'Auditori con la cara de Tom Waits.
Fue bonito ver al Mehldau solo con el piano, el hombre dominando a la máquina, convirtiéndola en un apéndice más de su cuerpo.
El pianista y el piano como un único ser.
Y Brad Mehldau terminó como empezó, con esa reverencia, con esos modales casi decimonónicos contrastando con los tatuajes de su brazo.
Una especie de serpiente queriendo siempre escapar.
jueves, diciembre 30, 2010
por ver
Ayer me compré las entradas para ver a este hombre.
23 de marzo, Auditori (BCN).
Es uno de los pocos tótems que me queda por ver.
23 de marzo, Auditori (BCN).
Es uno de los pocos tótems que me queda por ver.
nada original que hacer
Delafé y las flores azules utilizan 100 vídeos de sus fans para su nuevo clip.
Así El Periódico.
Y está bien la idea, pero habría que indicar, en algún momento o lugar, que esto tan novedoso con lo que ya nos estamos chupando las pollas, ya lo hicieron en el 2006 los Beastie Boys repartiendo cincuenta cámaras entre los asistentes a un concierto en el Madison Square Garden.
Y así está grabado el concierto entero.
Qué rabia, sí.
A mí tampoco se me ocurre nada original.
sábado, noviembre 14, 2009
sin portero
El otro día fuimos a ver a los Manel por segunda vez en lo que va de año.
El otro día: viernes 13.
Fuimos: mi hermana, Sheila y yo.
Manel: el mejor grupo pop del momento.
Y no bromeo. Ni siquiera exagero, yo tan dado a ello.
Juegan en otra liga.
Sin portero.
No les hace falta. Nadie se atreve a chutarles.
Manel: cuatro delanteros en estado de gracia jugando en el mismo equipo.
Los defensas rivales corren detrás, no con la intención de pararles sino para poder observar de cerca aquello de lo que todo el mundo habla: la luz.
Manel: la luz.
Antes de entrar, haciendo cola (cuánto tiempo hacía que no hacía cola), mi hermana me regaló un cómic
que más tarde me dedicó con sólo tres palabras.
que más tarde me dedicó con sólo tres palabras. Las mejores dedicatorias son las más cortas.
Me vino a la mente ahora el libro de pésames (no sé qué nombre exacto tiene) que leí en el tanatorio durante el entierro de mi abuelo.
Es un libro extraño: la gente escribe algo para alguien que nunca lo va a leer.
A mí no me pongáis libro de pésame. A mí dejadme comentarios en el blog.
Un amigo suyo le escribió una dedicatoria que me hace llorar siempre que la recuerdo.
Sólo son cuatro palabras.
No sé a qué venía esto.
Yo también te quiero, hermana pequeña.
martes, junio 02, 2009
jueves, mayo 21, 2009
dedo gordo del pie
The hips and the fury
La manera de su disfrute, el placer de su vida, es conocer, saber, más, no más que nadie en concreto sino más que él el día anterior.
Mi padre disfruta preguntándose cosas continuamente, buscando respuestas, haciendo cálculos mi padre disfruta. Y no hay nada, nada, que a mi padre no le interese.
Por ejemplo, si viera un partido de fútbol y algún jugador hiciese una chilena, se preguntaría por la fuerza usada, los músculos tensados, la presión sanguínea y el control de la gravedad de ese tipejo en posición acrobática. Luego se compraría libros que hablasen de fuerzas, músculos, presiones sanguíneas y gravedad.
Otro ejemplo: si mirara un rascacielos, su cabeza de rayos x, la mente que quiere ver más allá, se preguntaría por la estructura, los cimientos, los materiales, el diseño. Luego se compraría libros que hablasen de rascacielos en esos términos.
También, otro ejemplo, si mi padre le pregunta a un abuelo: ¿cómo estás? y el abuelo le responde: mis hijas, claro, y en la casa luego vamos a ir a la puerta a ver si vienen esos hombres que se han llevado las ollas, mi padre no se contentará con escuchar y desearle buenas noches sino que indagará en el porqué de esa respuesta, en el porqué del deterioro humano, en el porqué de envejecer. Y luego se comprará un libro en el que todos sus porqués estén respondidos de una manera clara que casi lo emocionará.
Todo este rollo quizá no viene a cuento. Da me igual. La cuestión es que ayer, en el concierto de Beyoncé, el espíritu de mi padre me poseyó por un momento, y lo noté y me dije: así empezaré la no-crónica del concierto de Beyoncé.
Porque estándome yo sentado al lado de Sheila, las luces encendidas, antes de la aparición de la bestia parda sobre el escenario, mirábame yo todo el complejo escenarítico, todas las estructuras del Palau Sant Jordi me las miraba yo, también los bafles trailerianos colgantes del techo después de que Sheila me preguntara si alguna vez se habrían caído y yo respondido no lo sé, pero no me gustaría estar presente, también la pasarela del escenario principal a uno en medio del público, los focos preparados, los miembros de seguridad, todo eso me lo miraba yo a través de mi padre, o mi padre a través mío, y me decía, por dentro, cual jubilado ante la excavación de un parking de ocho plantas, cuánta gente debe haber detrás de todo esto.
No lo sabremos.
Mucha. Y todas y cada una de ellas, a su manera, viviendo por un mismo objetivo:
que las caderas de Beyoncé retumben en la selva y ahuyenten a los espíritus.
Hay cosas que hay que hacer una vez en la vida. Y una de ellas es ver a Beyoncé en directo.
Esta es una de las conclusiones que saco de mi chistera del día después de los conciertos.
(Estaba pensando, vagamente pienso a veces, que en poco más de una semana iré a tres conciertos que no pueden divergir más entre ellos:
Beyoncé ayer,
Carles Santos el domingo y
Neil Young el sábado que viene.
Como el Barça, un triplete histórico difícil de repetir.)
Me gustó Beyoncé. Es más guapa en persona que por la tele.
No te lo dije, había unas entradas VIP, unas entradas que costaban unos setecientos (700) euros (sic). Yo me pensé que por este precio quizá
a) te dejaban subirte a la chepa de la Beyoncé y arrearle con una fusta mientras gritas yiiihaaa, o
b) que la diva introdujese el dedo gordo del pie en tu boca y luego derramara alguna bebida por sus muslacos, a ser posible leche (¡yo me pediría leche!, ¡yo leche, Beyoncé, aquí, el de la barba!), hasta que ésta desembocara en tu boca, que sería el morir, y tú con el dedo gordo de Beyoncé en la boca, ay, quién no quiere un dedo gordo de pie en la boca.
La cuestión es que las entradas VIP, además de conseguir algún souvenir agitanado, suponían estar apoyado en el escenario, en una especie de podium-de-mierda, diríase casi improvisado, y esperar a que la selvática te hiciera caso. Eso sí, cuando se acercaba le olían la entrepierna al acuclillarse.
Ay, quién no quiere un dedo gordo de pie en la boca.
El concierto, en términos de espectáculo, fue soberbio, te gustase o no la música que hace la Knowles.
La voz de Beyoncé quizá es inigualable hoy en día.
Para mi gusto, el volumen estaba un poco alto y distorsionábame y mezclábame todos los instrumentos que perreaban las chicas de la banda Sugar Mama.
Pero, a quién le importa el volumen cuando has venido a ver a la diosa de ébano (esa era otra, ¿no?).
Pues, a quién le importa el volumen cuando tienes delante esas caderas.
Pero dejadme,
ay,
que yo prefiera,
la cadera,
la cadera,
la cadera.
La cadera tiene,
qué sé yo,
que sólo lo
tiene la cadera.
Creo que todos los hombres que fueron al concierto, incluso los heteros, se dejarían golpear hasta la muerte por esas caderas.
¡Párteme la columna, Beyoncé!, le gritaría yo, ¡y ahora que ya no siento las extremidades, destrózame el fémur, el peroné, así!, seguiría gritándole, en éxtasis, ¡las caderas no mienten!
Viendo a Beyoncé, iluminada por un foco expresamente fabricado para ella, con luz traída de otros sitios para ella, encima del escenario, me preguntaba lo real del asunto. Y como a mi alrededor había niñas que no tendrían más de diez años, relacioné mis pensamientos, ahora lejos del pulgar en la boca, con el mundo de Disney.
¿Era Beyoncé un personaje de Disney, un holograma proyectado por ese foco al que todos suponíamos la función de iluminar?
¿Cuánto de verdad hay en las imágenes que veo?
Y haciéndome este tipo de preguntas llegué a la conclusión que yo mismo estaba esperando: a quién le importan las imágenes, justo ahora, con la columna rota a golpes de cadera.
No es hora de preguntas. Disfruta de la rotura.
sábado, mayo 09, 2009
all these chicks feet
Próximo concierto:
Beyoncé, 20/5, Palau Sant Jordi
Uno de los comentarios a este vídeo escritos en youtube:
wow I wanna smell all these chicks feet after they are done dancing, wow! Damn!
lunes, septiembre 08, 2008
estrellas pixeladas

El viernes fuimos a la Pedrera, a ver la exposición gratuita de Ukiyo-e.
Mi ignorancia de extrarradio pensaba que Ukiyo-e era un autor, pensaba que se exponían grabados japoneses de ese autor, ese tal Ukiyo-e, eso es lo que pensaba hasta que Sheila se rió conmigo y de mí y me explicó que -e significa imagen en japonés, y ukiyo, mundo efímero.
Pido perdón a todos aquellos que hayan sentido vergüenza ajena ante mi ignorancia, al leer sobre mi ignorancia. Ahora, sobre todo gracias a Sheila, que ha estudiado japonés, y al haber asistido a esa exposición, mi ignorancia de extrarradio es ya sólo ignorancia poligonera. Poco a poco me acerco a la ignorancia metropolitana.
Y el sábado fuimos al Palau Sant Jordi al concierto no gratuito de Coldplay.
Un buen concierto. Se lo tengo que agradecer a Sheila, que estuvo atenta con las entradas.
Son los nuevos U2. Cuántas veces habré escuchado y leído esto. Pero es la verdad. U2 ya tienen sucesores. Salvando las distancias de discos publicados y años de carrera y blablabla.
El telonero fue Albert Hammond Jr., guitarrista de The Strokes, o un ex The Strokes, no sé si se han separado ni qué es de sus vidas. Lo que cambia el mundo en unos años.
Pues hubiera preferido la música ambiental más alta que al Hammond en el escenario.
Inapropiado, insípido, desganado y desalmado.
Salvo excepciones en las que sorprende y convence, el telonero es aquella persona que actúa mientras la gente va a comprar bebidas y bocadillos.
No hay niño viviente que le diga a su madre: mamá, quiero ser telonero. No hay.
En fin.
Luego Coldplay hicieron bien su trabajo: entretener y hacer saltar a la gente.
Hubo un momento clave, brillante y delirante a la vez, cuando la banda sale corriendo del escenario por un lateral hasta la esquina opuesta del escenario, a escasos diez metros nuestros, sube las gradas y monta un mini escenario consistente en un micro para cantar The Sciencist en acústico, a dos palmos (literales) de la gente. Memorable.
Ahí acaba mi crítica. No sirven para nada las críticas de conciertos, ya lo tengo dicho miles de veces.
La cuestión es que durante estas dos experiencias, la del viernes y la de ayer, se me ocurrieron (risas) dos temas a tratar en este bendito blog:
a) la gratuidad en la cultura, ¿bendición o herejía?
b) el i was there o el imperio de lo efímero o las nuevas tecnologías en concierto.
Empezaré por el principio.
La gratuidad en la cultura, ¿bendición o herejía?
Es un tema escabroso, peliagudo, áspero; tan blando por fuera que se diría de algodón.
Cultura gratis. No puede sonar mejor la cosa. Cultura gratis. Suena bien, no me digas. Cultura gratis. Pone a cualquiera. Cultura gratis. Me estoy tocando, ahora escribo sólo con la zurda. Cultura gratis. Dámela toda. Cultura gratis. Sí. Cultura gratis. Ya.
No seré yo quien diga no a la cultura gratis. No seré yo. Pero a veces me dan ganas.
¿En realidad la gente quiere cultura gratis? ¿O simplemente lo que queremos es todo gratis?
Porque si empezamos con la cultura, ¿por qué no acabamos con la leche? Más básico que eso no hay nada en la cadena alimenticia. Leche gratis.
¿Por qué la cultura debe ser gratis y, por ejemplo, un piso no?
Porque hay que pagarle al constructor, a los albañiles, al yesero, al carpintero, etc, me dirás. Claro. Y la cultura sale de una planta (culturis sphinxea sp.) que se puede encontrar en cualquier parque infantil, brotando debajo de los columpios, justo en el trozo de tierra en el que los niños frenan con los pies.
¿Por qué la cultura debe ser gratis?
Pues porque es necesario para que una sociedad avance. Es necesario poner al alcance de cualquier mano, sobre todo de niños/as, cualquier tipo de expresión cultural. Es necesario para el desarrollo del individuo. Es necesario.
Pero, ¿qué ocurre con la gratuidad de las cosas? Un claro ejemplo son los diarios gratuitos: puedes ver papeleras llenas, gente que lo coge de manos del repartidor y que lo tira en la papelera de la próxima esquina. ¿Por qué? Porque es gratis.
Lo gratis tiende a perecer bajo los escombros.
No le damos valor a algo que no nos ha costado nada.
Lo mismo pasa en las exposiciones.
Si la exposición de Ukiyo-e a la que fui el viernes no hubiera sido gratuita, ¿hubiese ido? Probablemente no.
Es decir, que me incluyo en la masa que me molesta.
La gente me molesta pero yo formo parte de esa gente.
Yo soy el otro.
Demasiada gente en las exposiciones gratuitas que no dejan disfrutar como es debido del trabajo que tienes delante.
Y lo mismo pasa en los conciertos gratuitos.
Mira, Siniestro Total vienen al BAM. Es un grupo que me apetecería ver, no lo niego. Pero es que ni me voy a acercar a Barcelona durante esos días.
¿Por qué? Porque todo será gratuito y, por tanto, con tendencia a perecer bajo los escombros.
¿Lo gratis es peor que lo privado? No. Pero tiende a pudrirse antes.
La masificación que provoca lo gratuito lo convierte en aborrecible y vulgar.
El I was there o el imperio de lo efímero o las (inútiles) nuevas tecnologías en concierto.
Esta es la era de lo inmediato.
Me importa una mierda qué harás mañana y qué hiciste ayer. Quiero saber lo que haces ahora.
Me importa muy poco quién serás mañana y quién fuiste ayer. Quiero ver quién eres ahora.
No me importa en absoluto dónde estarás mañana y dónde estuviste ayer. Necesito saber dónde estás ahora.
Y ahora estoy en un concierto.
Yo estuve allí.
Tú no.
Yo soy mejor que tú.
Gané.
Perdiste.
Acéptalo.
Observando a la multitud que coreaba las canciones de Coldplay el sábado, comprobé que el ochenta por ciento (80%), y creo que no exagero, estaba fotografiando un instante o grabando una canción, creando así un bonito mar de estrellas pixeladas.
Antes, la masa que se coloca a los pies del grupo, ese mar de gente que hace cola horas y horas antes para conseguir un buen sitio, antes, digo, saltaba al unísono siguiendo el compás.
Ahora están demasiado angustiados consiguiendo una mejor instantánea o una buena grabación.
Y ahora, hoy en día, gran parte de la masa permanece inmóvil, metáfora quizás de una sociedad aburrida y acomodada que prefiere filmarlo y fotografiarlo todo a vivir el momento, a evadirse.
Centrándonos ahora en las grabaciones, con móvil o con vídeo cámara, da igual.
¿Qué sentido tienen?
Supongo que es más sentimental que artístico. Lo digo por lo que viene ahora.
Mira, por ejemplo, aquí te dejo con la grabación de una canción del pasado sábado.
¿Qué te ha parecido?
Bien podría ser el Palau Sant Jordi o bien un bar de Las Ramblas en un Manchester Utd-Liverpool.
Youtube está lleno de vídeos así. ¿Qué finalidad tienen?
¿Alguien que quiere mostrar al mundo su arte?
Lo dudo.
¿Alguien que quiere aparecer en la red y, por tanto, existir?
Ahí ya no te digo que no.
Hacemos las cosas no para el resto del mundo sino para nosotros.
Este espectador no ha subido el vídeo para que el resto del planeta pueda ver a Codplay en el concierto del pasado sábado en Barcelona.
No.
Este espectador ha subido el vídeo para acordarse de que él estuvo allí.
Necesitamos el continuo recuerdo de nuestros actos para reconocernos dentro de una sociedad que lo engulle todo.
Una imagen, millones de píxeles, son ya nuestra tabla de salvación.
Ha llegado el día en que sólo a través de imágenes grabadas somos capaces de confirmarnos.
Y también ha llegado la hora de que me vaya a dormir.
Grabaré mi sueño en el móvil.
miércoles, julio 16, 2008
langostas bañadas en ron
Hubo un tiempo en que siempre que iba a una librería (h)ojeaba unos libritos de Cortázar en dos volúmenes titulados La vuelta al día en ochenta mundos, unos libritos reeditados en 2006 en un formato incluso comestible, incluso, si me apuras, si me excitas, follable, a ese tipo de formato me refiero.
La cuestión es que iba yo a las librerías y buscaba la C y luego la Co y luego veía estos libritos y pinzaba siempre el negro, el tomo II, no sé por qué pero así era, así es, mi delicado índice y su amigo gordinflón pulgar, mi Quijote y Sancho de la mano derecha, siempre juntos, pinzaban el tomo II de La vuelta al día en ochenta mundos y luego lo abría siempre por la misma página, desde el primer día por la misma página, hasta hoy por la misma página.
Decidí comprarme los dos tomos de La vuelta al día en ochenta mundos porque pensé que se necesitarían mutuamente, por las noches, mutuamente, uno sin el otro no los concebía yo, por las noches, mutuamente.
Así que ahora tengo los dos volúmenes y el tomo II, el negro, lo sigo abriendo por la misma página y ya es algo inevitable porque incluso dejado encima de una mesa, incluso de una cama, incluso de una sartén se abre el tomo II por la misma página, ya por inercia, ya por una especie de magia cósmica, como si esto fuera una película de brujería de serie B y el libro me quisiera decir algo.
La vuelta al día en ochenta mundos se compone de pequeños textos formando un collage variado,
A: si no no sería un collage, idiota, borra lo de variado.
B: déjalo, queda bien, aparenta bien.
impresiones, críticas de libros, de personajes, de conciertos, cosas que se le pasaban por la cabeza y por los dedos al Julio.
Mira, para que te hagas una idea, si Cortázar hubiera tenido un blog, estos libritos serían una recopilación de los mejores textos.
Nadie te lo podrá resumir mejor de lo que lo he hecho ahora mismo yo.
La cuestión es que el tomo II se me abría por la página donde Cortázar escribe la crónica de un concierto de Thelonious Monk en Ginebra en marzo del 66.
Es la mejor crónica de un concierto que he leído.
Sobre todo, porque apenas habla del concierto.
Y esa debe ser la esencia, ese el objetivo a cumplir, ese el final.
Hablar de algo sin hablar de eso.
La otra cuestión es que cada vez que leía, que he leído esa crónica, he soñado con el concierto de Monk, que yo estaba allí, en un bar lleno de humo y columnas que dificultaban la visión y hacían que me cambiase de sitio una y otra vez hasta encontrar el ángulo perfecto, ese desde donde ver los dedos del gigante caer rodando sobre el marfil. Pero siempre me despertaba o cambiaba de sueño, que es lo mismo, justo antes de que el músico saliera a escena.
Mira a Cortázar:
[...]Ahora se apagan las luces, nos miramos todavía con ese ligero temblor de despedida que nos gana siempre al empezar un concierto (cruzaremos un río, habrá otro tiempo, el óbolo está listo) y ya el contrabajo levanta su instrumento y lo sondea, brevemente la escobilla recorre el aire del timbal como un escalofrío, y desde el fondo, dando una vuelta por completo innecesaria, un oso con un birrete entre turco y solideo se encamina hacia el piano poniendo un pie delante de otro con un cuidado que hace pensar en minas abandonadas o en esos cultivos de flores de los déspotas sasánidas en que cada flor hollada era una lenta muerte de jardinero. Cuando Thelonious se sienta al piano toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio [...]
¿Qué te ha parecido?
A mí se me pone dura cada vez que leo esta crónica, que cojo el libro con la zurda y todo.
El lunes, anteayer, a las 21:00, sentado en una butaca del Auditori, pensaba, recordaba yo esta crónica, ereccionándome y disimulando con un cruzado de piernas tan doloroso como patético. Recordaba la crónica del Cortázar y cogía una a una las palabras y casi todas coincidían conmigo entonces, el lunes, anteayer.
Miraba a mi alrededor y veía gente y gente llegar y sentarse nerviosa en sus butacas.
A mi alrededor, con la espalda pegada a la pared, fotógrafos con zooms no baratos preparaban el arma con una mezcla de parsimonia y ansiedad, como el cazador que sabe, porque lo ha soñado, que esa noche cazará al oso que mató a su hija.
Aquí y allá, esparcidos meticulosamente por la sala, en las puertas, en los accesos, miembros de seguridad, chicos de no más de veinticinco años, posiblemente todos miembros del mismo equipo de kickboxing, chicos fuertes con gomina y los cartílagos de las orejas destrozados que en lo único que pensaban era en la próxima velada en ese polideportivo de extrarradio que nunca ha pasado una inspección de sanidad.
Estos chicos no sabían a quién estaban a punto de ver.
Dios santo, nadie sabía a quién estaba a punto de ver.
Con un retraso propio de la ciudad donde vivo, vivimos, donde pocas cosas se toman en serio, las luces se van apagando, como si se hiciera de noche de pronto y entonces salieran los trasgos y los demonios del bosque a invadirlo todo, y las luces apagadas actúan de resortes en todos y cada uno de nosotros, todos de pie, porque va a suceder, un meteorito va a caer sobre la tierra, sobre nosotros, que lo sabemos pero sonreímos porque no hay otra cosa que hacer cuando las luces se apagan, se hace de noche y un meteorito se acerca.
Si hemos de morir, que sea sonriendo.
Allí en el escenario aparece un vagabundo que se agarra al micro como quien se apoya en la barra de un bar, de su bar, como quien sabe que ahora el mundo, nuestro mundo, es suyo.
Tom Waits no es humano. Es una especie de monstruo nacido de la tierra, una raíz con forma humana, el tronco de un árbol centenario y vagabundo al que se le ha dado el don de comunicarse con la gente.
Y allí estamos nosotros, contemplando a esta maravilla de la naturaleza que golpea el suelo con fuerza y hace levantar nubes de polvo venido de otras épocas.
De su garganta salen plagas de langostas bañadas en ron que se nos cuelan en la ropa, se nos meten en la nariz, las orejas, los ojos, pero nosotros no podemos hacer otra cosa.
La tierra se abre en dos, una roca se parte en mil pedazos y el vagabundo la escupe con fuerza y luego se limpia con la manga.
Ríe como una serpiente justo antes de atacar o de morir, se mueve como un predicador loco al que le hubiesen dicho esta es tu última oportunidad de captar fieles.
Luego se sienta al piano, un borracho sentado ante un piano de cola cantándonos su vida, diciéndonos al oído que todos somos inocentes cuando dormimos.
La vida tiene cosas buenas, cosas que te hacen gritar y luego preguntarte ¿ese grito he sido yo? Sí, ese grito eres tú cuando Tom Waits extiende los brazos y mueve los dedos como queriendo despertarlos, como si quisiera mover millones de hilos imaginarios y así hacer bailar a millones de marionetas imaginarias que corren entre las butacas y hacen que sigamos el ritmo con los pies, hacen que pisemos los hilos sin querer, aunque nada importa ahora.
La gente se balanceaba como niños que descubren la masturbación, la gente quiere abrazarse como se abrazan las gentes después de una desgracia, con la misma extraña alegría de la salvación, del encuentro con el yo.
Durante más de dos horas un tronco con sombrero empapó su americana hasta mutarla completamente de color, la serpiente se dejó la piel en el escenario, curando sus heridas, se fue por donde llegó, escondiéndose de nuevo bajo la tierra, y nos dejó con la sensación de haber presenciado algo único y, por tanto, irrepetible.
Una estrella fugaz cruza el cielo negro y tú estás precisamente mirando esa parcela de cielo negro, quizá por casualidad, quizá porque sabías que en algún momento esto pasaría, y allí estás tú, mirando el recorrido de esta estrella, un segundo, puede que dos, y cuando ya ha pasado, el cielo negro de nuevo, alguien a tu lado dice ¿sabes que esto ha pasado hace millones de años?
Y eso fue el concierto de Tom Waits el lunes, anteayer.
Algo que pasó hace millones de años.
La cuestión es que iba yo a las librerías y buscaba la C y luego la Co y luego veía estos libritos y pinzaba siempre el negro, el tomo II, no sé por qué pero así era, así es, mi delicado índice y su amigo gordinflón pulgar, mi Quijote y Sancho de la mano derecha, siempre juntos, pinzaban el tomo II de La vuelta al día en ochenta mundos y luego lo abría siempre por la misma página, desde el primer día por la misma página, hasta hoy por la misma página.
Decidí comprarme los dos tomos de La vuelta al día en ochenta mundos porque pensé que se necesitarían mutuamente, por las noches, mutuamente, uno sin el otro no los concebía yo, por las noches, mutuamente.
Así que ahora tengo los dos volúmenes y el tomo II, el negro, lo sigo abriendo por la misma página y ya es algo inevitable porque incluso dejado encima de una mesa, incluso de una cama, incluso de una sartén se abre el tomo II por la misma página, ya por inercia, ya por una especie de magia cósmica, como si esto fuera una película de brujería de serie B y el libro me quisiera decir algo.
La vuelta al día en ochenta mundos se compone de pequeños textos formando un collage variado,
A: si no no sería un collage, idiota, borra lo de variado.
B: déjalo, queda bien, aparenta bien.
impresiones, críticas de libros, de personajes, de conciertos, cosas que se le pasaban por la cabeza y por los dedos al Julio.
Mira, para que te hagas una idea, si Cortázar hubiera tenido un blog, estos libritos serían una recopilación de los mejores textos.
Nadie te lo podrá resumir mejor de lo que lo he hecho ahora mismo yo.
La cuestión es que el tomo II se me abría por la página donde Cortázar escribe la crónica de un concierto de Thelonious Monk en Ginebra en marzo del 66.
Es la mejor crónica de un concierto que he leído.
Sobre todo, porque apenas habla del concierto.
Y esa debe ser la esencia, ese el objetivo a cumplir, ese el final.
Hablar de algo sin hablar de eso.
La otra cuestión es que cada vez que leía, que he leído esa crónica, he soñado con el concierto de Monk, que yo estaba allí, en un bar lleno de humo y columnas que dificultaban la visión y hacían que me cambiase de sitio una y otra vez hasta encontrar el ángulo perfecto, ese desde donde ver los dedos del gigante caer rodando sobre el marfil. Pero siempre me despertaba o cambiaba de sueño, que es lo mismo, justo antes de que el músico saliera a escena.
Mira a Cortázar:
[...]Ahora se apagan las luces, nos miramos todavía con ese ligero temblor de despedida que nos gana siempre al empezar un concierto (cruzaremos un río, habrá otro tiempo, el óbolo está listo) y ya el contrabajo levanta su instrumento y lo sondea, brevemente la escobilla recorre el aire del timbal como un escalofrío, y desde el fondo, dando una vuelta por completo innecesaria, un oso con un birrete entre turco y solideo se encamina hacia el piano poniendo un pie delante de otro con un cuidado que hace pensar en minas abandonadas o en esos cultivos de flores de los déspotas sasánidas en que cada flor hollada era una lenta muerte de jardinero. Cuando Thelonious se sienta al piano toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio [...]
¿Qué te ha parecido?
A mí se me pone dura cada vez que leo esta crónica, que cojo el libro con la zurda y todo.
El lunes, anteayer, a las 21:00, sentado en una butaca del Auditori, pensaba, recordaba yo esta crónica, ereccionándome y disimulando con un cruzado de piernas tan doloroso como patético. Recordaba la crónica del Cortázar y cogía una a una las palabras y casi todas coincidían conmigo entonces, el lunes, anteayer.
Miraba a mi alrededor y veía gente y gente llegar y sentarse nerviosa en sus butacas.
A mi alrededor, con la espalda pegada a la pared, fotógrafos con zooms no baratos preparaban el arma con una mezcla de parsimonia y ansiedad, como el cazador que sabe, porque lo ha soñado, que esa noche cazará al oso que mató a su hija.
Aquí y allá, esparcidos meticulosamente por la sala, en las puertas, en los accesos, miembros de seguridad, chicos de no más de veinticinco años, posiblemente todos miembros del mismo equipo de kickboxing, chicos fuertes con gomina y los cartílagos de las orejas destrozados que en lo único que pensaban era en la próxima velada en ese polideportivo de extrarradio que nunca ha pasado una inspección de sanidad.
Estos chicos no sabían a quién estaban a punto de ver.
Dios santo, nadie sabía a quién estaba a punto de ver.
Con un retraso propio de la ciudad donde vivo, vivimos, donde pocas cosas se toman en serio, las luces se van apagando, como si se hiciera de noche de pronto y entonces salieran los trasgos y los demonios del bosque a invadirlo todo, y las luces apagadas actúan de resortes en todos y cada uno de nosotros, todos de pie, porque va a suceder, un meteorito va a caer sobre la tierra, sobre nosotros, que lo sabemos pero sonreímos porque no hay otra cosa que hacer cuando las luces se apagan, se hace de noche y un meteorito se acerca.
Si hemos de morir, que sea sonriendo.
Allí en el escenario aparece un vagabundo que se agarra al micro como quien se apoya en la barra de un bar, de su bar, como quien sabe que ahora el mundo, nuestro mundo, es suyo.
Tom Waits no es humano. Es una especie de monstruo nacido de la tierra, una raíz con forma humana, el tronco de un árbol centenario y vagabundo al que se le ha dado el don de comunicarse con la gente.
Y allí estamos nosotros, contemplando a esta maravilla de la naturaleza que golpea el suelo con fuerza y hace levantar nubes de polvo venido de otras épocas.
De su garganta salen plagas de langostas bañadas en ron que se nos cuelan en la ropa, se nos meten en la nariz, las orejas, los ojos, pero nosotros no podemos hacer otra cosa.
La tierra se abre en dos, una roca se parte en mil pedazos y el vagabundo la escupe con fuerza y luego se limpia con la manga.
Ríe como una serpiente justo antes de atacar o de morir, se mueve como un predicador loco al que le hubiesen dicho esta es tu última oportunidad de captar fieles.
Luego se sienta al piano, un borracho sentado ante un piano de cola cantándonos su vida, diciéndonos al oído que todos somos inocentes cuando dormimos.
La vida tiene cosas buenas, cosas que te hacen gritar y luego preguntarte ¿ese grito he sido yo? Sí, ese grito eres tú cuando Tom Waits extiende los brazos y mueve los dedos como queriendo despertarlos, como si quisiera mover millones de hilos imaginarios y así hacer bailar a millones de marionetas imaginarias que corren entre las butacas y hacen que sigamos el ritmo con los pies, hacen que pisemos los hilos sin querer, aunque nada importa ahora.
La gente se balanceaba como niños que descubren la masturbación, la gente quiere abrazarse como se abrazan las gentes después de una desgracia, con la misma extraña alegría de la salvación, del encuentro con el yo.
Durante más de dos horas un tronco con sombrero empapó su americana hasta mutarla completamente de color, la serpiente se dejó la piel en el escenario, curando sus heridas, se fue por donde llegó, escondiéndose de nuevo bajo la tierra, y nos dejó con la sensación de haber presenciado algo único y, por tanto, irrepetible.
Una estrella fugaz cruza el cielo negro y tú estás precisamente mirando esa parcela de cielo negro, quizá por casualidad, quizá porque sabías que en algún momento esto pasaría, y allí estás tú, mirando el recorrido de esta estrella, un segundo, puede que dos, y cuando ya ha pasado, el cielo negro de nuevo, alguien a tu lado dice ¿sabes que esto ha pasado hace millones de años?
Y eso fue el concierto de Tom Waits el lunes, anteayer.
Algo que pasó hace millones de años.
lunes, junio 16, 2008
gente participativa
Ayer fuimos el Tomás y yo a ver a los Akron/Family.
Los Akron/Family son uno de los mejores grupos en directo que puedas ver hoy en día.
¿A que no te lo crees si lo digo yo?
Es lo que pasa cuando engañas tantas veces a la gente. Me lo merezco.
No me creas, da igual, pero Akron/Family son uno de los cinco mejores grupos que puedes ver en directo hoy en día.
Supongo que otro es Shellac, aunque yo nunca los he visto, pero dice Tomás que hicieron un concierto perfecto en el Primavera Sound, no se le puede pedir más a un concierto, así Tomás.
Y a Tomás hay que tomárselo en serio cuando habla de música o de libros o de películas, aunque me recomendó La niebla y me dormí como un cachorro a los pies de su amo en invierno. De todas formas, ya dije, hay que tomárselo en serio.
Pues el concierto de ayer estuvo muy bien. No fue perfecto porque no lo fue, pero estuvieron tremendismos.
Lo que no me gusta de estos tipejos de Akron es cuando deciden que el público tiene que formar parte de la banda, dando palmas o manteniendo una nota para que ellos canten o gritando, vete a saber, todo lo que pueda hacer un público retrasado y snob como el de Barcelona. A mí eso me cansa porque no soy participativo, porque estoy cansado en general, porque soy un vago, cómo quieres que te lo diga. Y miro a la gente participativa, que sonreía mientras cantaba o hacía sonar el medio y el pulgar con un click!, y mientras miro a esta gente participativa me digo qué sería de este concierto si todo el mundo fuese como yo, qué sería del mundo en general si todos fueran como yo.
Un auténtico desastre.
Disgrace.
La cuestión es que los Akron, entre psicodelia y nanas folk, estuvieron tocando dos horas. Y si por ellos hubiera sido hubiesen estado una hora más.
Un 9.
Los Akron/Family son uno de los mejores grupos en directo que puedas ver hoy en día.
¿A que no te lo crees si lo digo yo?
Es lo que pasa cuando engañas tantas veces a la gente. Me lo merezco.
No me creas, da igual, pero Akron/Family son uno de los cinco mejores grupos que puedes ver en directo hoy en día.
Supongo que otro es Shellac, aunque yo nunca los he visto, pero dice Tomás que hicieron un concierto perfecto en el Primavera Sound, no se le puede pedir más a un concierto, así Tomás.
Y a Tomás hay que tomárselo en serio cuando habla de música o de libros o de películas, aunque me recomendó La niebla y me dormí como un cachorro a los pies de su amo en invierno. De todas formas, ya dije, hay que tomárselo en serio.
Pues el concierto de ayer estuvo muy bien. No fue perfecto porque no lo fue, pero estuvieron tremendismos.
Lo que no me gusta de estos tipejos de Akron es cuando deciden que el público tiene que formar parte de la banda, dando palmas o manteniendo una nota para que ellos canten o gritando, vete a saber, todo lo que pueda hacer un público retrasado y snob como el de Barcelona. A mí eso me cansa porque no soy participativo, porque estoy cansado en general, porque soy un vago, cómo quieres que te lo diga. Y miro a la gente participativa, que sonreía mientras cantaba o hacía sonar el medio y el pulgar con un click!, y mientras miro a esta gente participativa me digo qué sería de este concierto si todo el mundo fuese como yo, qué sería del mundo en general si todos fueran como yo.
Un auténtico desastre.
Disgrace.
La cuestión es que los Akron, entre psicodelia y nanas folk, estuvieron tocando dos horas. Y si por ellos hubiera sido hubiesen estado una hora más.
Un 9.
Luego volví a casa en NitBus, un servicio extraordinario, para gente cool, para gente con myspace y facebook, el NitBus.
Sentadas en los asientos del final, un grupo de chicas, la más vieja tendría catorce años. Suena el móvil de una de ellas. Contesta:
- ¿Sí?
-...
- No, yo no estoy con la Nora, yo estoy en mi casa.
-...
- No, que no he visto a la Nora, si yo estaba durmiendo.
-...
Lo mejor de la escena no fue la mentira (inverosímil, a no ser que la chica viva en un autobús en marcha con su familia y por eso el que llamó no notó nada raro) sino la reacción de la gente: todos se callaron. Interrumpieron sus conversaciones de autobús nocturno en cuanto la chica dijo yo estoy en mi casa. Fue como una contraseña, como un rodando dicho por un director de cine.
La gente fue cómplice de la mentira. Fue como si se dijeran entre sí a ver si podemos hacerle creer al que ha llamado que la chica está en su casa.
Y por eso la gente permaneció en silencio, porque todos se imaginaron la casa de alguien a esa hora de la noche.
El conductor podría haber apagado el motor y las luces para evitar cualquier posible zumbido o vibración y alguien podría haber ladrado porque a lo mejor la chica tenía un perrito en casa y otro podría haber hecho el sonido de las olas del mar, por si acaso la chica vivía cerca de la playa, y otro podría haber imitado una sirena de ambulancia, no fuera que la chica viviese cerca de un hospital, y otro el sonido de una moto, otro el del camión de la basura y otro el de un grillo.
Y así, tomando partido entre todos, convertir esta mentira de chica de catorce años en algo grande, importante, emocionante, y que la chica lo recordase durante toda su vida.
Aunque nosotros no lo hiciéramos tanto por ella sino por nosotros mismos.
Por el simple hecho de crear un mundo de mentira.
Aunque fuera por unos minutos.
Sentadas en los asientos del final, un grupo de chicas, la más vieja tendría catorce años. Suena el móvil de una de ellas. Contesta:
- ¿Sí?
-...
- No, yo no estoy con la Nora, yo estoy en mi casa.
-...
- No, que no he visto a la Nora, si yo estaba durmiendo.
-...
Lo mejor de la escena no fue la mentira (inverosímil, a no ser que la chica viva en un autobús en marcha con su familia y por eso el que llamó no notó nada raro) sino la reacción de la gente: todos se callaron. Interrumpieron sus conversaciones de autobús nocturno en cuanto la chica dijo yo estoy en mi casa. Fue como una contraseña, como un rodando dicho por un director de cine.
La gente fue cómplice de la mentira. Fue como si se dijeran entre sí a ver si podemos hacerle creer al que ha llamado que la chica está en su casa.
Y por eso la gente permaneció en silencio, porque todos se imaginaron la casa de alguien a esa hora de la noche.
El conductor podría haber apagado el motor y las luces para evitar cualquier posible zumbido o vibración y alguien podría haber ladrado porque a lo mejor la chica tenía un perrito en casa y otro podría haber hecho el sonido de las olas del mar, por si acaso la chica vivía cerca de la playa, y otro podría haber imitado una sirena de ambulancia, no fuera que la chica viviese cerca de un hospital, y otro el sonido de una moto, otro el del camión de la basura y otro el de un grillo.
Y así, tomando partido entre todos, convertir esta mentira de chica de catorce años en algo grande, importante, emocionante, y que la chica lo recordase durante toda su vida.
Aunque nosotros no lo hiciéramos tanto por ella sino por nosotros mismos.
Por el simple hecho de crear un mundo de mentira.
Aunque fuera por unos minutos.
martes, febrero 26, 2008
bravoceable

Ya están a la venta las entradas para el sónar de este año.
A mí me da igual porque no pienso pasarme por ese parque de atracciones para traficantes.
Bueno, quizá voy a ver a Camille porque es en el Palau de la Música, es decir, sentado. Pero ya veremos.
Lo único que me interesa ya del sónar es la imaginería que inventa cada año.
Este 2008 me parece ligeramente desagradable y, por tanto, plausible, incluso vitoreable, bravoceable (?), diría yo.
A ver qué te parece a ti.
viernes, enero 18, 2008
mi culo desnudo
Aquí estoy el otro día, que me dio por jugar al golf.Ayer tuve un día triste, ya me viste.
Por suerte, no van a tener que contratar a ningún chimpancé. Me acabo de convertir en uno hace un momento.
La gente se ha quedado un poco sorprendida al principio, cuando me ha salido todo el pelo, sobre todo, pero luego lo han visto lo más normal del mundo.
Han entrado unos niños y han empezado a lanzarme cacahuetes.
Al principio me ha hecho gracia pero uno de ellos los tiraba con fuerza y me ha dado en el ojo. He saltado encima suyo y le he empezado a tirar de la cabeza para arriba, como si quisiera arrancársela. La madre se ha puesto histérica. Mi compañero la ha intentado calmar recordándole que yo sólo era un chimpancé, que lo entendiera. Luego se han ido y me han puesto una reclamación. Cuando me la traigan la romperé en dos trozos: uno me lo comeré y con el otro me frotaré mi culo desnudo.
Ser chimpancé tampoco está tan mal.
Por otra parte, Francesco Schlimé lo hizo bastante bien para su edad y no tuve que subir y empezar a arrancar teclas.
P.D.: No sé si has visto lo nuevo de Apple.
A mí me lo enseñó Sheila el otro día y la verdad es que tiene muy buena pinta.
jueves, noviembre 22, 2007
caca
Un cartel molón que encontré en Google.Hoy no he hecho caca por la mañana.
Perdona si soy desagradable, pero un día sin hacer caca por la mañana no se presenta como un buen día. Al menos para mí. No sé para ti.
Aunque no siempre es así.
A veces encuentras un mail que te dice que uno de tus músicos favoritos estará en tu ciudad y sólo en tu ciudad. Y entonces te olvidas de la caca y del dolor de muelas (papa, espero que se te haya calmado) si es que lo tuvieses.
Iron & Wine
Sala Apolo (Barcelona), 14 enero
Raül Moya: 20.45h
Iron & Wine: 22h
Precio único: 23 euros
Puntos de venta: Discos Castelló, Revólver, CD Drome, Iguapop Gallery, Serviticket y www.livenation.es
viernes, marzo 30, 2007
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