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jueves, julio 22, 2010

flechas


Acostumbrados como estábamos a seguir las flechas del Ikea,
se nos vino el mundo encima cuando decidimos salir a la calle.

sábado, mayo 10, 2008

hamster

Cuentos de terror en una frase.
Cuando el niño le iba a preguntar si sabía dónde estaba su hamster, la madre le llamó para cenar.

ruidos extraños


Cuentos de terror en una frase.

Un día su vecino salió por la tele diciendo que en la casa de al lado se oían ruidos extraños.

martes, abril 29, 2008

de noche

Era de noche.
Introdujo su mano en la página. Primero un dedo, luego otro, y otro. Tenía una mano dentro de la página cuando decidió meter la otra. Como era una postura incómoda, pensó que lo mejor sería acabar de meterse. Entonces introdujo un brazo, luego el otro, con dificultad la cabeza, ladeándose el torso y, por fin, las piernas.
Cuando estuvo dentro, todos dejaron de hablar y le miraron.
Un hombre se acercó y le preguntó de dónde había salido.
Él dijo que no lo sabía muy bien.
Y allí se quedaron, mirándose unos a otros.
Nadie decía nada. Nadie hacía nada.
Miró hacia afuera.
Era de noche.

en las miradas

Todo empezó un día, de pequeño, cuando arrancó la última página de un cuento.
Luego cogió otro e hizo lo mismo. Y así con todos los que tenía.
Más tarde arrancó la última página de todos los libros que había por casa.
Luego se hizo mayor.
Entraba en las librerías y arrancaba la última página de todos los libros.
Le llevó algún tiempo pero hubo un momento en que nadie podía saber el final de ningún libro.
Y entonces la gente empezó a vagar por las calles, buscando debajo de los árboles, entre los ladrillos, sobre los marcos de las puertas, en las cerraduras, en las miradas.
Todos buscando lo mismo.
Todos buscando un final.

martes, abril 22, 2008

gárgola


Desaparece una de las famosas gárgolas de la catedral de Notre-Damme de París.
Fue un turista quien dio la voz de alarma.
Le monde (11/12/1976)


El 9 de diciembre de 1976 una gárgola se desprendió de la catedral de Notre-Damme de París.

La noticia no hubiese pasado de mera curiosidad, de anecdótico accidente, a no ser porque un campesino se tropezó con la figura semienterrada en un campo de Lépine, a más de 200 km al noroeste de la capital francesa.
Expertos desplazados a la zona confirmaron que se trataba de la gárgola desprendida hace unos días de la catedral.
La profundidad y tamaño del agujero en el que se hallaba junto con el peso de la figura, unos cuarenta kilos, determinaron la altura desde la que cayó o fue lanzada.
Nadie encontró una explicación lógica pero la altura era exactamente la misma a la que estaba situada esa gárgola en la catedral.

Patrice Sabagni
Le bizarre magazine, nº5 (abril 1989)

miércoles, abril 16, 2008

terrón de azúcar


Al final, piénsalo, amigo Nikolái, somos todo aquello que no nos atrevimos a decir.


Vladimir Hellyk (1897-1979)
La noche es un terrón de azúcar y otros cuentos.

miércoles, abril 09, 2008

Khun Ëmna

Grottum (1930)

Diversos casos de rotura de tímpano diagnosticados en Oslo.
(Die Welt, 20/9/2003)
Un grupo de personas acudieron durante la semana pasada a diferentes hospitales de la ciudad alemana con hemorragias auditivas y fuertes dolores de oído.
Se desconocen las causas de este hecho que ya ha afectado a unas quince personas. Normalmente, la rotura de tímpano suele ser debida a un fuerte traumatismo o a una infección. Ninguno de los afectados había sufrido alguna de estas causas por lo que se está investigando el motivo que pudo provocar estas roturas.


Un disco como posible culpable de las roturas de tímpano de veinte personas.
(Die Welt, 25/9/2003)

Lynn Hussjönsen, un artista noruego, se perfila como principal culpable de las roturas de tímpanos que presentaron hace unos días un grupo de personas en diferentes hospitales de la ciudad.
Preguntados por lo último que habían hecho antes de sufrir el daño auditivo, todos coincidieron en lo mismo: escuchar Khun Ëmna, el último disco de Hussjönsen, un artista que graba su música en una cueva con las paredes recubiertas de latón.
De aspecto ermitaño, se ha sabido que este artista vive en una cabaña en Grottum, al norte del país, distribuyendo sus discos por internet.
Pese a lo que se pueda pensar vistas las consecuencias de su música, Hussjönsen no practica ningún estilo procedente del metal extremo. Al contrario, su música está más cercana a Bach y Mozart que a cualquier grupo hard-rock.
Lo que los expertos han determinado como causante de las roturas de tímpanos han sido las vibraciones del latón, que pasan desapercibidas al oído humano pero que actúan como la explosión de un artefacto a escasos centímetros de la oreja.
Las autoridades han advertido que no se escuche este disco, Khun Ëmna, bajo ningún concepto, si no se quieren sufrir daños auditivos importantes.
Esta advertencia, lejos de ahuyentar a la gente, ha hecho triplicar los pedidos del disco en su página web.

viernes, marzo 28, 2008

mirando una grieta

El otro día me acordé de aquella vez que encontré a un hombre debajo de mi cama.
Al principio me pareció extraño pero luego entró a formar parte de nuestra familia.
Siempre es raro que aparezca alguien en tu vida así de golpe.
Comía con nosotros, me acompañaba al colegio, venía de vacaciones.
Tuvimos que comprarnos un coche más grande y una silla más para la mesa de la cocina.
Como mi madre no quería que siguiese durmiendo debajo de mi cama, por el frío sobre todo, compramos un sofá-cama y lo pusimos en el salón.
Era un hombre muy callado y no daba problemas.
Su cara no expresaba nada, nunca. Era como si estuviera siempre mirando una grieta en la pared, esperando a que saliese una hormiga.
Así era su cara. De esperar algo irrelevante.
Un día estaba sentado viendo la tele a su lado, en el sillón que le habíamos comprado. No hacían nada interesante y decidí preguntarle cómo había llegado bajo mi cama. Se quedó pensando y me contestó. Pero cuando me contestó, como pasa en las películas, en la calle una moto aceleró y no pude escuchar su respuesta.
No me importó.
Pensé que mejor así.

jueves, marzo 20, 2008

con la boca llena de

salido del infierno.
El 16 de agosto de 1971, un hombre entra en una librería de Nueva York. Se sienta en una silla vieja. Coge un libro al azar. Empieza a leer. nadie pudo hacer nada por el niño. Allí se quedó, en el fondo del pozo, mientras todos lo miraban como si fuera un ser extraño que hubiese vivido siempre allí, llorando y gritando y arañando las paredes, queriendo subir. La gente le tiraba comida, cubos de agua, juguetes. Allí estuvo diez años. Una noche, cuando todo el pueblo dormía, el muchacho salió del pozo y caminó hacia una de las casas más cercanas. Golpeó la puerta como lo haría un animal salido del infierno. La puerta se astillaba a cada golpe. Pasados unos segundos, alguien abrió. El animal salido del infierno jadeaba con la boca llena de

canciones al revés.
En Carcassone, a finales del s.XIX, un mendigo arrastraba sus pies por una plaza mientras cantaba una extraña canción que hablaba de una mujer que podía silbar una canción al revés. La mujer vivía a las afueras de un pueblo ruso. Tenía los ojos claros y un pañuelo de flores atado a la muñeca que le recordaba una tarde de primavera, sentada en el valle, acariciando la hierba, mientras silbaba canciones al revés, cuando él le dijo

cowboy killer.
José Saramago se subió los pantalones después de ir al baño. Afuera, una concurrida audiencia lo esperaba con entusiasmo contenido. En primera fila se había sentado un joven con una camiseta en la que se podía leer Alan is a cowboy killer. Saramago permaneció unos segundos releyendo esa frase tan absurda y tan enigmática a la vez. El joven se sintió observado por aquel viejo. Al poco rato, se levantó, fue hacia la mesa donde estaba sentado Saramago y le preguntó ¿tienes algún puto problema, viejo? Saramago le dijo que sí. Entonces sacó de su bolsillo una

ikea.
Sucedió en 1998. Luke y Mary estaban pasando el día en el Ikea. De pronto, un extraño sonido surgió de debajo de uno de los sofás donde Luke se había sentado mientras Mary decidía el color de las cortinas. Era un grito ahogado. Luke se levantó y miró debajo del sofá. Allí estaba. Una especie de

Rosalie y Friederich.
En el diario del ocho de febrero de 1956, en la sección de sucesos, una noticia llamó la atención de Rosalie, que en esos momentos estaba sentada, desayunando tostadas con mermelada mientras su gato Friederich restregaba el lomo contra sus pantorrillas desnudas. Marcus Peterson salía de su casa. Al volverse a cerrar la puerta con llave, una mano cayó sobre su cabeza y luego al suelo. Miró hacia arriba y luego a la mano. La cogió. Estaba helada. Le quitó el anillo y, comprobando que nadie mirase, tiró la mano al cubo de la basura. Vendió el anillo en el centro de la ciudad. Con el dinero que le dieron se compró un libro. Cuando regresó a casa, colocó el libro debajo de esa pata de la mesa que siempre bailaba. Sonrió al comprobar que ya no lo hacía. Rosalie sonrió también. Mientras tanto, Friederich se tumbaba al sol que entraba por la ventana de la cocina mientras se lamía una de sus patas y

jueves, enero 31, 2008

cinco o seis o siete pasos

Al principio tenía la sensación de seguir a las personas, de que ellas pensasen que las estaba siguiendo, de creer pensar lo que ellas estaban pensando en ese momento.
Si alguna vez crucé la mirada con alguien en el metro, en el autobús, en un semáforo, y luego salí por la misma salida, bajé en la misma parada, caminé detrás durante un rato después de que el semáforo se pusiera en verde, siempre tuve la sensación de que aquella persona estaría pensando que la estaba siguiendo.

Un día, hace ya unos años, imaginándome que una mujer estaba pensando que la estaba siguiendo, aceleré el paso para adelantarla, por su izquierda, como se debe hacer, con mi brazo derecho pegado a mi espalda, por si la rozaba o si ella pensaba que la había rozado. Pero en cuanto aceleré el paso para adelantarla y así la mujer dejase de pensar lo que yo creía que estaba pensando, ella aceleró también el paso mantiendo conmigo, entonces, la misma distancia de unos cinco metros.
Cinco zancadas nos separaban continuamente.
Mantuvimos el mismo paso durante unos cien metros. Más tarde ella se cansó y pude reducir un metro de distancia con su cuerpo ya que yo seguía al mismo ritmo, que mantenía gracias a una canción cantada en mi cabeza.
Quería decirle que no la estaba siguiendo, pero prefería decírselo cara a cara, no desde atrás, como esos que nos asustan por las noches.
Viendo que había ganado un metro, aceleré un poco más el paso y noté cómo ganaba otro más reduciendo a sólo tres mi distancia y la suya. Si hubiera empezado a correr la habría alcanzado en un segundo, pero no quería asustarla, no quería que se sintiera más acosada ya que no era mi intención.
Pude mantener esos tres pasos de distancia durante un minuto, porque la mujer ladeó disimuladamente la cabeza, aunque yo me percaté del gesto, y vio lo cerca que estaba ya de ella. Fue entonces cuando volvió a acelerar su marcha, siempre caminando deprisa, nunca corriendo, siempre manteniendo un pie en el suelo, nunca volando del todo. Me di cuenta de que ahora nos separaban unos diez pasos ya que ella iba el doble de rápido que yo. Me empezaba a fatigar pero no quería que la mujer se fuese con la impresión de que la había estado siguiendo durante todo este tiempo.
Pasaron los minutos, los metros, las horas, los kilómetros.
Estábamos ya fuera de la ciudad, caminando por el arcén de una autopista, ella con su ritmo acelerado pero sin correr.
Y así pasaron los días, los meses y los años, todos estos años, siguiendo a una mujer para sólo decirle que no la estaba siguiendo, que sólo quería decírselo, ser amable como siempre lo había sido hasta ahora.

Esta mañana, en un país desconocido, rodeados de bosques y señales de tráfico que no entendía, esta mañana, después de tantos años de querer hablar con esa mujer y decirle que no la estaba siguiendo, ella se ha detenido, en seco, en un camino de piedras por el que estábamos caminando desde hace unas horas.
Al verla quieta me he asustado y me he parado yo también, manteniendo esa distancia de cinco o seis pasos, esa distancia que nos ha unido durante todo este tiempo.
Ahora la tengo ahí, de espaldas, sin querer girarse y mirarme y al menos preguntarme qué quiero, la tengo ahí, una espalda que conozco de memoria porque ha sido lo único que he visto durante estos largos años.
Y ahora que la tengo ahí, ahora que tengo ocasión de caminar cinco o seis o siete pasos y así avanzarla y ponerme delante de ella, cara a cara, ahora que la tengo ahí, quieta, no puedo decirle nada, no quiero decirle nada, no quiero decirle que la he estado siguiendo todo este tiempo sólo para decirle que no la estaba siguiendo, porque sé que no me entendería, la conozco demasiado, sé que no va a entender que alguien como yo pueda estar siguiendo a una mujer como ella durante todo este tiempo sólo para decirle una cosa así.

Así que nos quedamos quietos los dos, yo detrás y ella delante, de espaldas a mí.
Y pasarán los años y seguiremos así, sin hablarnos, sin mirarnos, siempre manteniendo una distancia de cinco o seis pasos, una distancia que hace que existamos.

Y allí, entre nuestros dos cuerpos inmóviles, entre esos cinco o seis o siete pasos, transcurrirá la vida.
Como un ligero soplo de aire que anuncia una tormenta.

viernes, noviembre 02, 2007

nada que hacer

Llegó un tiempo en el que nadie tenía nada que hacer.
Primero empezaron los viejos, con sus boinas y sus manos en los bolsillos.
Pero luego fue todo el pueblo, los niños, toda la ciudad, las madres, todo el país.
Llegó una época en la que todo el mundo se detenía ante un paso de cebra. No porque los coches no les cedieran el paso, sino porque no tenían otra cosa mejor que hacer.


Maurice J. Lowe
Cuando se hizo de noche, 1956.

jueves, octubre 25, 2007

lo de menos

-¿A qué edad a un escritor se le deja de considerar joven?
-Cuando deja de escribir estupideces. La edad es lo de menos.

Prof. John A. Wallace
Interviews, 1986-1990

lunes, octubre 22, 2007

cansados

La verdad es que no tengo nada pensado para escribir hoy.
Estoy meditando un texto que lleve por título Barcelona apesta, y que es el fruto de la última visita a la bella ciudad, el jueves pasado, cuando comencé el nuevo curso.
O la amas o la odias, y yo ya tengo mi decisión.
Supongo que en breve lo colgaré, aún no lo tengo muy pensado.
Ahora subo este texto que me he sacado de la manga esta tarde. Un texto que ha de basarse en una noticia aparecida en El Periódico de Catalunya. Ya lo comenté hace unos meses, en julio o así. Lo envías y, si les gusta a los eruditos del diario, lo publican el domingo.
La dirección, para quien quiera participar, es: microrrelatos@elperiodico.com.

la noticia

Aparecen 12 ataúdes abandonados en la calle en la Barceloneta
19 de octubre de 2007

Aquella noche decidimos salir.
Al final fuimos más de los que esperábamos. Hacía tiempo que teníamos ganas de dar una vuelta todos juntos, y esa noche algo ocurrió para que todos nos pusiéramos de acuerdo.
Algunos se quedaron, dijeron que quizá otro día. Pero yo sabía que era ahora o nunca.
Estuvimos paseando por la ciudad, por su noche, alegres, nos abrazamos, sonreímos. Nadie dijo nada, pero todos sabíamos que lo que estábamos viviendo sería muy difícil de repetir. Por eso disfrutamos de los silencios, de los olores, de las luces, del movimiento, todo estaba en movimiento esa noche, y esa noche era nuestra.
Exprimimos cada momento como si fuera el último. Todos queríamos disfrutar de aquello.
Porque, en el fondo, todos estábamos cansados de descansar.
Cansados de estar muertos.

lunes, octubre 15, 2007

nos dimos cuenta

Nos dimos cuenta de que nos hacíamos mayores aquel día en tu casa, cuando nos descubrimos hablando de ese tema del que sólo hablan los padres, mientras mirábamos la tele sin voz, como también hacían ellos.
Nos dimos cuenta de que nos hacíamos mayores cuando me preguntaste si había comprado el periódico y yo te dije que estábamos suscritos desde hace un tiempo, que estaría en el buzón. Luego bajaste a recogerlo y recortaste ese artículo que te hacía mayor y que luego agrupaste con el resto de artículos en la carpeta de artículos recortados.
Nos dimos cuenta de que nos hacíamos mayores el otro día cuando nos paramos a mirar a aquellos viejos que jugaban a petanca y a mí se me escapó un aplauso cuando uno de ellos ganó en el último momento, con una carambola.
Nos dimos cuenta de que nos hacíamos mayores una noche volviendo en autobús, aquella noche en la que todo el mundo me molestaba, aquella noche en la que te dije que si pudiese abrir la puerta en marcha, me tiraría.
Nos dimos cuenta de que nos hacíamos mayores el otro día, parece que fue hace mucho, pero fue el otro día, cuando me dijiste que ese futbolista que acababa de ganar el balón de oro tenía justo diez años menos que yo y entonces pensé en lo que hacía yo hace diez años, pero pronto me vino el vértigo y tuve que respirar hondo.
Nos dimos cuenta de que nos hacíamos mayores cuando nuestros padres murieron y nosotros ya teníamos comprados desde hace tiempo los trajes que llevaríamos a sus funerales, donde volvimos a encontrarnos con todas aquellas personas que no queríamos que nos tocasen el hombro, ahora no.
Nos dimos cuenta de que nos hacíamos mayores ese día en que me dijiste que no le hablase así al hijo de nuestro mejor amigo, que yo no era ningún sabio para ir dando consejos. Te dí la razón porque la tuviste.
Nos dimos cuenta de que nos hacíamos mayores un día por la tarde, subiendo las escaleras de casa, cuando tropecé y tú ya no te reíste. Luego me curaste el arañazo del codo con Betadine, que habíamos comprado hace tiempo, una mañana de invierno en la que me preguntaste si me había dado cuenta de que nos estábamos haciendo mayores.


Alfred K. Duck
El día que me dijiste no y otros cuentos (1997-2000)

sábado, octubre 13, 2007

cuidarla y esas cosas

-Oye.
-¿Sí?
-A una puta se la trata bien.
-¿Perdone?
-Te digo que a una puta hay que tratarla bien, cuidarla y esas cosas.
-Creo que se equivoca,...creo que no nos conocemos.
-Vamos chaval, te estoy hablando de putas, de eso te estoy hablando, ¿te crees que hace falta que nos conozcamos?
-No sé a qué se refiere.
-Putas, chaval, putas, a eso me refiero. Las putas son ángeles enviados por el puto Señor, por eso hay que cuidarlas y tratarlas bien. ¿Has estado alguna vez con una puta, chaval?
-No,...no.
-Eh, chaval, has dudado, ¿has estado o no?
-No.
-Pues deberías probarlo algún día. ¿Es que no te apetece?
-No,...no especialmente.
-Pues cuando te apetezca, vete de putas.
-Vale,...bien.
-Lo único malo de una puta es que te acordarás de ella toda tu vida pero ella se olvidará de ti en diez segundos, incluso menos, eso es lo único malo, una pena, la verdad, es una pena que no se acuerden de ti cuando tú no puedes olvidar a esa persona, no te puedes imaginar la pena que da.
-Me imagino.
-No, chaval, no te lo imaginas porque no has estado con ninguna. Ir con una puta es muy triste, chaval, pero hay que hacerlo al menos una vez en la vida, y así te darás cuenta de lo penoso de todo esto. Este mundo es una puta farsa, chaval. No puedes olvidarte de Dios pero Dios no sabe ni qué cara tienes.
-Bueno,...creo que... me tengo que ir.
-Eh, chaval, has dudado, ¿te tienes que ir o no?
-Sí sí, me tengo que ir. Adiós.
-Adiós, chaval.


Albert H. Field
La madera está mojada y otros relatos (1976)

miércoles, octubre 03, 2007

viernes, septiembre 14, 2007

en el paladar

La petite Houdini me pide, desde su Manchester natal, otro retal del gran Harold P.Gordon. Pues aquí cuelgo otro fragmento de la soberbia My name is homeless.

Su abuela tuvo ese tipo de sordera, ya sabes, sólo escuchaba lo que le interesaba. Pero bueno, no hace falta estar sordo para comportarse así, siempre se lo dije. En parte, todos somos como su abuela. Creo que él no estaba del todo de acuerdo.
También hacía un arroz con leche fabuloso. Te dejaba en el paladar la sensación de habérsela chupado a Dios. Es difícil de explicar, pero creo que ya me entiendes.
Un día salió a pasear y nunca volvió. Fue algo muy triste, extraño.
Me acuerdo que era un día soleado, con nubes quietas y altas.


Harold P.Gordon
My name is homeless, 1976

jueves, septiembre 06, 2007

ver crecer

Nació y creció y murió y su vida fue tan aburriba como ver crecer plantas.

Alain Dickinson
Short lifes, 1968