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jueves, abril 12, 2012

techo

Como civilización, aún no hemos tocado techo.



Tú, tú,
así me matas,
¡ay! si te cojo,
¡ay, ay! si te cojo

(Mt. 11,23)


martes, enero 22, 2008

que para eso pagas

Aquí te dejo dos ejercicios. Uno que no hice para la semana pasada y el de ésta.
El primero consistía en plagiar un cuento de Max Aub titulado La gabardina. Se ha hecho lo que se ha podido.
En el segundo, el de esta semana, se trataba de usar mitos para fabricar el relato. Podías desmitificarlos, mitificarlos más aún, tratarlos de tú o de usted, podías hacer lo que te diese la gana, que para eso pagas.
Casualmente, hace un tiempo escribí unas tonterías basándome en mitos. Las reuní dentro de la etiqueta Mitos venidos a menos (te la dejo en este post para que la cliques y los leas; significará que tienes poca faena). Pues eso, que he ampliado una historieta de esas hasta llenar una cara de DinA4, que es lo que nos piden.
Ahí van.


Seis botones grises

Alfred vivía en Portland y coleccionaba botones.
Viajaba solo por todo el mundo comprándolos en cada una de las ciudades que visitaba.
Era su vida.
Había comprado botones en la mayoría de mercados de las principales ciudades europeas. Algunos amigos decían que ni él mismo sabía cuántos tenía.
Y estuvo comprando botones hasta su último viaje, a Barcelona, donde encontró seis grandes botones grises pertenecientes a una antigua gabardina.
Eso fue lo que le dijo Arturo, un vendedor del mercado de Els Encants, un anciano encantador que regentaba una mesa donde también había algunos libros y fotos y postales antiguas a la venta. Alfred le compró los seis botones, un libro de cuentos y una foto donde aparecía una joven sonriente. Le gustará, le dijo el anciano señalando el libro que se llevaba. Alfred agradeció con la cabeza la recomendación y se fue.
Días más tarde volvió a Portland y ya nunca más volvió a salir de viaje.
Sus amigos se preocuparon por él. Iban a visitarlo y le preguntaban dónde iría el próximo viaje. Él les contestaba lo mismo siempre: a ningún sitio.
Un extraño desánimo se apoderó de él.
Una mañana de domingo Alfred cogió de la estantería el libro que había comprado en Barcelona. Entre sus páginas había guardado cuidadosamente la foto de la muchacha. Abrió el libro por la página que marcaba la fotografía y empezó a leer un cuento titulado La gabardina. A medida que iba leyendo la historia un sudor frío recorría su espalda. Había dejado la fotografía a su lado, en el sofá. De soslayo creyó ver cómo la imagen se movía. Continuó leyendo sin darle más importancia, quiso pensar en algún reflejo que se colaba por la ventana. Cuando terminó la lectura, cerró el libro con parsimonia y respiró hondo. Esa historia le había dejado una sensación de bruma que envolvía todo lo que miraba.
Fue al lavabo y se echó agua en la cara y luego se pasó la palma mojada por la nuca. Al volver al sofá, cogió la fotografía y vio cómo la joven caminaba hacia el fondo de ésta, llevando ahora sobre sus hombros una gabardina gris. Alfred contemplaba la escena esperando despertar en cualquier momento. Se quedó inmóvil, mirando a la joven alejarse hasta desparecer en el horizonte de la imagen.
Lo que tenía ahora entre sus dedos era la imagen de un paisaje sin ningún sentido.
Sostuvo la fotografía entre sus dedos, mirándola fijamente, como si pudiese hacer volver a la joven protagonista. Pero allí nada se movió.
Horas más tarde, cuando ya se había cansado de esperar, se levantó y fue hacia los cajones donde guardaba los botones que había ido comprando durante tantos años.
Buscó los seis botones grises que compró junto al libro y la fotografía.
Los estuvo buscando durante toda la noche.



Manchas blancas

Son las ocho de la mañana y Hefesto se abrocha el tercer botón de la camisa dejando sin abotonar, como siempre, otros tres botones para que el colgante de oro en forma de martillo luzca en su pecho. Coge las llaves del coche y besa en la frente a su mujer, Afrodita, que duerme plácidamente en la cama, aunque ese beso ya no representa la ternura de hace años.
Hefesto conduce hacia la joyería donde trabaja, a las afueras de Omaha, Nebraska.
Hace un mes contrató a un detective privado porque desconfiaba de su mujer. De hecho, siempre ha tenido la sensación de que Afrodita le engaña con otro hombre, que nunca ha sido una mujer muy transparente. Por eso Hefesto se puso en contacto con Helios’ Detectives, una compañía de detectives privados que acaban de instalar cámaras ocultas por toda su casa.
Por ahora no han descubierto nada fuera de lo normal. En las imágenes grabadas que ha podido revisar Hefesto durante alguna reunión con Helios se ve a Afrodita paseando por el salón, pintándose las uñas de los pies, viendo la tele, bañándose en la piscina. Nada raro. Pero hoy, cuando Hefesto ya está a punto de tomar la última rotonda hacia su joyería, recibe una llamada al móvil. Helio, lee en la pantalla. Aparca encima de la acera y apaga el motor.
- Hefesto, buenos días. Bueno, no sé si tan buenos, creo que no son buenas noticias. Acabo de ver a un tipo entrando en tu casa. No le he podido ver la cara, joder, estas putas cámaras son las más baratas del mercado, tío, la cosa no está muy boyante, ya lo sabes, pero bueno, que he visto a un tipejo entrar en tu casa. Ha sido tu mujer la que le ha abierto la puerta.
-¿Y no has podido ver quién era? Joder, tío, ¿para qué coño te estoy pagando? Pero bueno, dime, dime al menos qué coño están haciendo ahora.
- Pues ahora el tipo la abraza por la cintura y caminan hacia el salón. Él se sienta en el sofá. Ella camina hacia la cocina, no, espera, va hacia el dormitorio, abre un cajón de la mesita de noche y saca algo, creo que son condones, tío, joder, no quiero seguir contándote esto, tío. Ve para allá.
- ¡Cállate, joder!, ¿qué más hacen? ¿Puedes verle la cara a ese cabrón ya? ¿No tienes zoom?
- No tío, está estropeado, lo instalamos demasiado rápido, tío, no...
- ¡Calla y dime qué más hacen!
- Tu mujer ha traído unas copas al sofá, se ha sentado en sus piernas, joder tío, no me hagas seguir con esto.
-Está bien, joder, voy para allá.
Hefesto da media vuelta en la rotonda y conduce ahora camino a casa. Se pregunta quién puede ser ese hombre, qué es lo que ha hecho mal en su matrimonio.
Mira su reloj. Ya debería estar abriendo la tienda. Pero hoy será un día extraño, un día de dolor, un día de aquellos, supone, que recordará toda su vida.
En un semáforo en rojo se mira las uñas.
Algunas tienen manchas blancas.

viernes, junio 22, 2007

vea su reverso


Hefesto sale de casa a las ocho, como cada mañana. De su cuello cuelga un collar de oro con un colgante en forma de martillo.
Trabaja en una joyería a las afueras de Omaha, Nebraska.
Acaba de contratar a un detective que se hace llamar Helios porque sospecha que su mujer le engaña con otro.
Siempre ha tenido esa sensación. Ya durante los primeros meses de vida matrimonial, Afrodita, su mujer, no se mostraba totalmente transparente con él, esquivándole contínuamente la mirada.
Ella ahora duerme en la enorme cama de matrimonio.
Al menos eso es lo que quiere pensar Hefesto.
Mientras conduce camino a su joyería, Hefesto piensa en Lindsay Lohan. Siempre lo hace después de pasar por un cartel donde aparece promocionando su nuevo disco. Se imagina a punto de quitarle el sujetador cuando suena su móvil. Es Helios. Le dice que acaba de ver a un hombre entrar en su casa. También le dice que, debido a la baja definición de la cámara oculta, no ha podido captar su rostro. Hefesto le dice que no se preocupe y le da las gracias. Gira en la primera intersección y da media vuelta hacia su casa.
Allí, Afrodita le estará preparando un zumo de frutas a Ares para, más tarde, ponerse a follar.
Hefesto, de vuelta a casa con los dientes apretados, pensará de nuevo en Lindsay Lohan al pasar por el cartel.
Aunque ahora sólo vea su reverso.

jueves, junio 21, 2007

a lo Hulk Hogan

Narciso tiene treinta y dos años, una larga melena rubia y un bigote también rubio, a lo Hulk Hogan. Viste tejanos holgados, rotos por la rodilla, y una camisa blanca, sin abotonar, que vuela con el aire de esta zona del valle de San Fernando y deja ver un tatuaje en su pecho en el que se puede leer I love me. En el bolsillo, dentro de su cartera, cinco dólares y un condón caducado.
Está sentado en su coche, aparcado en un área de servicio, esperando a que su novia, Eco, salga del lavabo. Se mira al espejo retrovisor y peina sus cejas con saliva, algo que Eco odia. Al cabo de diez minutos la ve salir del lavabo y acercarse al coche. Observa que habla sola. Cuando Eco se sienta en el asiento del copiloto, Narciso le pregunta ¿ibas hablando sola?, a lo que Eco responde ¿sola? Él resopla y piensa que no hay nada que hacer. Luego retoman el viaje hacia Las Vegas, para visitar a Edipo, un antiguo conocido.
Narciso conducirá mientras se mira en el retrovisor.
Eco cantará la última palabra de cada verso de todas las canciones que sonarán en la radio durante esa mañana.

martes, junio 05, 2007

volver a utilizarlas


Cuando Ícaro le dijo a su padre que se iba a vivir a Nueva York, nunca imaginó que sería allí, en esa ciudad, donde tendría que volver a utilizarlas.

viernes, junio 01, 2007

lavabos masculinos


El viejo Edipo trabaja en el Caesar's Palace de Las Vegas.
Hace muchos años, el alcalde de esta ciudad fue avisado de la presencia de un viejo ciego pidiendo limosna en una de las aceras de Flamingo Road. Lo que llamó la atención de los guardias que lo encontraron no fue el viejo en sí. Lo que verdaderamente paralizó a aquellos guardias fue lo que ese viejo había escrito en un cartón a sus pies, un cartón que fue requisado por el mismo alcalde para que nadie supiera la historia del pobre vagabundo.
El excéntrico alcalde, en un acto sin precedentes en la historia de la ciudad, mandó recoger a aquel anciano, asearlo y proporcionarle un trabajo en alguna de las miles de atracciones de la ciudad. Se decidió el Caesar's Palace, uno de los casinos más legendarios.
Edipo es un anciano gracioso que trabaja en los lavabos masculinos de este gran casino. Detrás de sus gafas de sol y vestido con un elegante esmoquin, el anciano se gana unas suculentas propinas sólo con decir "que tenga usted una buena noche, caballero" y abrir la puerta cuando nota la presencia.
A su modo, es feliz. De hecho, nunca ha sido más feliz que en este momento.
No recuerda cómo llegó a Las Vegas. Quizá en barco, hace siglos.
Quizá Las Vegas acudieron a él y Edipo simplemente tuvo que sentarse a esperar con un cartón a los pies donde explicaba su historia.

jueves, mayo 31, 2007

piden unas pizzas


Adán es rubio, tiene marcados todos los abdominales, un tic que le hace parpadear dos veces y, ante todo, es homosexual.
Aunque esto último él no lo sabe.
Viste una camiseta Fruit of the loom rosa, pantalones tejanos Marithé François Girbaud y unas Vans con calaveras que sonríen. También lleva una bufanda Burberrys, aunque aquí, en esta isla, nunca hará frío. Él cree que le queda bien.
Se pasea por el salón de su casa. Come unos cacahuetes Eagles y bebe Dr.Pepper.
En la planta baja, Eva, su mujer, se pinta las uñas estirada en una hamaca. Suspira. Ríe. Y ahora llora. Adán se asoma a la ventana y deja caer un poco de Dr.Pepper procurando que se derrame por la espalda de Eva. Ella suelta un grito de asombro y se lleva la mano a la espalda, manchándose de pintura roja el camisón Women's Secret. Mira hacia arriba y ve a Adán que le saluda con la boca llena de cacahuetes.
Más tarde se sientan en el sofá para ver una película. Eva empieza a besarle el cuello a Adán, luego los hombros, el pecho. Él se queda dormido. Ella va a la cocina y abre la nevera.
Pasa la tarde y llega la noche. Para cenar piden unas pizzas mientras ven la serie de hoy. Luego, en la cama, cada uno dormirá mirando hacia su mesita.
Adán, como no conoce a otro hombre, se masturbará pensando en él.
Eva, aunque no sabe qué es el futuro, llorará pensando en él.

lunes, mayo 28, 2007

bobby darin


Saturno está gordo y lleva una sudadera descolorida de los Lakers que le queda pequeña. Entra cojeando en el Wal Mart de las afueras de Santa Mónica, donde reside desde que se separó de su mujer. Eructa al entrar y se ríe a carcajadas. Ningún empleado le mira. Ya le conocen. Coge una lata de Sprite, la abre y empieza a beber. Hace lo mismo con una bolsa de Fritos barbacoa. Saluda a Júpiter, su hijo, que trabaja aquí, y le mira sin disimulo el culo y los muslos. Éste no le devuelve el saludo y sigue ordenando las cajas de Golden Graham. Hace siglos que no se hablan. Aquellos filicidios destrozaron a la familia. Ya sabéis a lo que me refiero, toda esa mierda de herencias y sucesiones, estuvo saliendo en las noticias durante años y el tema aún colea.
Saturno se refugió en California, huyendo de la justicia. Se instaló en Pacific Palisades, una zona residencial de Los Angeles. Cambió su nombre por el de Bobby Darin. Al cabo de unos años, su hijo Júpiter viajó hasta la costa californiana en busca de olas más grandes que las mediterráneas. Sin saberlo, acabó viviendo a dos calles de su padre.
Ahora son vecinos que no se hablarán.
Vivirán un eterno agosto californiano.