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miércoles, enero 20, 2010

tu padre (silencio)

Hace años le pregunté a mi abuela el porqué de la silla de ruedas de tal familiar.
Hace años se lo pregunté y siempre que sale en alguna conversación o aparece, por sorpresa, al pasar la página del álbum de fotos, se lo vuelvo a preguntar. Y no es porque no me acuerde de lo que me contó, sino por lo fantástico de la historia.
Simplemente le pido que me la cuente para comprobar que no me mintió la primera vez.
Un familiar en silla de ruedas, ¿cómo se llama?, no lo sé, ¿qué parentesco tengo con él?, no lo sé, ¿está vivo todavía?, no lo sé. Su trágica historia nubla todo lo demás.
El terremoto de Haití me trajo de nuevo a la mente a ese familiar.
Según algunos médicos, el impacto psicológico del terremoto ha interrumpido el periodo de lactancia de muchas madres, agravando aún más, si cabe, la situación de sus hijos.

Almería, principios del s.XX.
Una madre amamanta a su hijo.
A las afueras del pueblo, de noche, unos bandoleros asaltan y matan a un hombre.
Un testigo de los hechos corre hacia el pueblo a comunicar la tragedia.
Llega a la casa de esa madre que amamanta al hijo.
Abre la puerta y dice: "Niña (silencio),tu padre (silencio), lo han matado".
El silencio y luego el grito. Un grito de dolor va siempre precedido del silencio más tenebroso.
La madre deja al niño encima de la cama. Un niño que nunca más caminará. Un familiar en silla de ruedas en una foto en blanco y negro.
"Se le agrió la leche a la madre", dice mi abuela, "del susto que llevó. Y eso le afectaría a la criaturilla, las piernas se le quedaron sin nervio".
Aunque lo más trágico es el final de la historia. Sigue mi abuela: "Y luego resultó que el muerto no era el padre de esa chica, se ve que el testigo lo confundió".
¿Acaso esto no es una auténtica tragedia griega?

Mi abuela siempre me ha contado así esta historia y yo siempre, desde el primer día que la escuché, me he imaginado la leche agria en el pecho de la madre, una leche amarillenta, o negra, y un rayo invisible entrando por la boca de aquel niño, iluminado por dentro fugazmente, disparándole en las piernas, en la columna, un rayo saliendo del pezón de la madre y desembocando en la médula del hijo, que continuaría mamando, por instinto, su desgracia.

martes, enero 15, 2008

soplaba un viento frío

Siempre hacíamos el mismo recorrido de vuelta a casa.
Mi padre, mi hermano y yo.
Y siempre pasábamos por aquellos bloques de pisos.

Un día mi hermano señaló uno de los bloques y me dijo: "En el piso once vive una mujer que sólo sale de noche. Mira, ahora todas las ventanas están bajadas porque aún son las seis y hay luz. Pero cuando se hace oscuro, sube las persianas, sale al balcón y aúlla. Y así todas las noches".
Recuerdo que yo era muy pequeño y aquella historia me turbó durante un tiempo.
No le pedí ninguna explicación a mi hermano: ni por qué aullaba aquella mujer, ni por qué no salía de día, ni cómo lo sabía él, ni siquiera por qué me había explicado eso. Los dos permanecimos en silencio hasta llegar a casa.
No sentí miedo sino fascinación. Al fin y al cabo era algo tan extraño que llegaba a ser hermoso.
Poco después nos mudamos a otra ciudad al norte del país y aquellos bloques de pisos dejaron de ser parte de nuestro día a día. Aunque aquella mujer, pese a sólo existir en mi imaginación, se quedó conmigo durante toda la vida.
¿Y si mi hermano sólo lo hizo para asustarme? Nunca se lo pregunté, no sé por qué. Supongo que no quise que me dijera que todo era una broma.

Hoy, cincuenta años después, he vuelto a pasar por la misma carretera de entonces. He aparcado en la cuneta y me he quedado contemplando el paisaje, esos bloques de pisos que formaron parte de mi infancia, de lo que soy ahora.
He buscado el bloque en cuestión, he contado once pisos y he fijado la vista en él.
Allí estaban, las persianas bajadas, era mediodía. Como no tenía nada que hacer me he quedado en el coche hasta que ha oscurecido.
Durante la espera he pensado que estaba haciendo una estupidez, que habían pasado cincuenta años, que la mujer habría muerto, que quizá ese piso ya tenía nuevos inquilinos, mil cosas.
De todas formas he pasado más de siete horas metido en mi coche aun sabiendo que cometía una estupidez y que estaba perdiendo el tiempo.
Hay veces que no podemos hacer nada sino perder el tiempo.

Ha oscurecido completamente a las siete y cuarenta.
Entonces he salido del coche y me he apoyado en el capó. He encendido un cigarrillo. He movido una piedra con el pie, pisándola y desplazándola, haciendo dibujos en la tierra. Soplaba un viento frío.
Poco a poco se han ido encendiendo las luces de casi todos los pisos. Ahora los bloques parecían naves a punto de despegar.
Y entonces, a las nueve y cuarto, el piso once ha subido la persiana que daba al balcón.

lunes, octubre 01, 2007

tierra roja

Un día mi abuelo me dijo que en el huerto había algo enterrado, que fuese con él y le ayudase a desenterrarlo, porque creía que era algo mío. Le miré extrañado pero le acompañé. Una vez en el huerto me dijo "aquí es" señalando la tierra roja con su anciano índice. Miré pero no vi nada. Le pregunté que cómo sabía que era aquí y no allí. Me dijo que simplemente lo sabía. Todo me parecía rarísimo pero seguí las indicaciones de mi abuelo y empecé a cavar. Al principio no me costó nada levantar la tierra pero a medida que iban pasando los minutos, mis brazos empezaron a temblar. Mientras, mi abuelo observaba la escena unos pasos allá, sus manos en los bolsillos.
Cavé durante una hora. El agujero llegó a ser tan grande como para esconder a una familia. Le pregunté si estaba seguro. Hacía rato que se había sentado en una silla. Continuaba observándome como si yo fuera su sepulturero pero no le importase morir.
Miré mis manos, agrietadas, mis uñas, negras y entonces hubo un momento en el que tuve ganas de ponerme a llorar. Pero no lo hice.
Empezó a anochecer. Mi abuelo se metió dentro de casa. Yo estuve cavando durante toda la noche.
A la mañana siguiente desperté acurrucado y abrazado a la pala. No había encontrado nada, allí no había nada enterrado, mi abuelo se había vuelto tarado.
Me incorporé y fui hacia la casa.
Allí dentro estaba mi abuelo, desayunando. Me preguntó si ya lo había encontrado. Le dije que sí, pero que no era mío y lo había vuelto a enterrar.
Me lavé las manos y desayuné con él.
Me gustó escuchar el crujir de las tostadas.

lunes, septiembre 03, 2007

richard hodson

En 1987, una noticia curiosa pasó prácticamente desapercibida. Richard Hodson, un ciudadano británico de cuarenta y dos años, vivió una noche de lujo y placeres que nunca olvidaría.
Ni él ni Anthony Hodson.
La historia es la siguiente.
Richard llega al aeropuerto JFK de Nueva York a las 23:45 procedente de Londres. Viaja por un asunto de negocios así que su empresa ya le tiene preparado un chófer. Su vida es aburrida y monótona, con viajes transatlánticos que no hacen más que mermar su fe en una vida mejor. Richard camina casi arrastrando los pies después de coger su maleta de la cinta. En el aeropuerto, Michael Dalton, un hombre afroamericano de pelo canoso, sostiene un cartel en el que se puede leer Mr.Hodson.
En el mismo avión que Richard, un multimillonario norteamericano llamado Anthony Hodson se tambalea por el pasillo de acceso a la terminal después de haberse acabado todo el whisky de primera clase. Le acompañan dos azafatas que le sostienen para que no caiga.
Después de coger su maleta y arrastrar los pies hasta la salida, Richard alza la vista y observa con indiferencia el cartel que sostiene el negro Dalton. Se acerca a él y le saluda con un arqueo de cejas que deja entrever las pocas ganas de hablar. "¿Es usted el Sr.Hodson?", le pregunta Dalton. Richard afirma desganado mientras cierra los ojos. "Me habían dado otra imagen de usted", sigue el chófer. "Oh, siento defraudarle", murmura Richard, "esto siempre nos pasa a los poco populares. Nadie tiene una imagen concreta de nosotros". Dalton sonrió, cogió su maleta y le hizo un gesto para que le siguiera al coche.
Mientras tanto, aún dentro del aeropuerto, el borrachín millonario Anthony, recogía patosamente su maleta, la última que aún estaba dando vueltas en la cinta.
Afuera, Dalton abría el maletero de una limousina blanca de ocho metros. Richard no dijo nada, tragó saliva. Más tarde estaba sentado en el asiento trasero, acariciando el cuero blanco y sirviéndose un champán francés mientras Dalton lo conducía a las afueras de Nueva York.
Roberto Hernández es el joven chicano que está sentado en un banco con un cartón en el que puede leerse Mr.Hodson. Luce una camiseta de Bob Marley y una cadena de oro de la que cuelga una pistola de oro y diamantes. Falsa. Al ver salir a Anthony tambaleándose resopla suponiendo que será él el Sr.Hodson, ya que no queda nadie más en el aeropuerto. Se acerca a él. "¿Sr.Hodson?", le pregunta. "Sí, sí, soy yo, mierda,...¿por qué hay tanta luz en este sitio?", responde Anthony mientras se tambalea y entorna los ojos. "Yo le acompaño, Sr.Hodson, déjeme la maleta". Roberto coge la maleta Louis Vuiton de Anthony. Llega a la furgoneta y la deja en el maletero. Anthony se sienta en el asiento trasero con dificultad y pide champán. Roberto le mira por el retrovisor interior antes de arrancar. Niega para sí mismo y vuelve a resoplar. Pone la furgoneta en marcha.
Al otro lado de la ciudad, la limousina llega a una mansión. "Aquí es, Sr.Hodson", le anuncia Dalton. "¿Aquí es qué?", responde perplejo Richard. "La fiesta, Sr.Hodson, aquí es la fiesta".
Casi al mismo tiempo, la furgoneta de Roberto llegaba a un hotel al sur de Harlem. "Aquí es, Sr.Hodson", le avisa a Anthony, quien se despierta y pregunta balbuceando "¿aquí es qué?". "Su hotel, Sr.Hodson, aquí es su hotel".

sábado, agosto 25, 2007

francis kapranov

Durante unos meses estuve trabajando en una perfumería de Mannheim, una ciudad a las afueras de Frankfurt. Era un lugar tranquilo, rodeado de bosques y castillos.
La perfumería estaba ahí, como sin saber qué hacer exactamente. Si hubiese tenido hombros, estaría encogiéndolos continuamente. No sé a quién se le ocurriría poner una perfumería en un lugar como ese.
No teníamos mucha clientela: una anciana adinerada de la zona, un joven amante, algún que otro turista despistado y Francis Kapranov, un viejo vagabundo ruso que había recalado en Mannheim en busca de un supuesto tío del que iba a heredar un castillo. Nunca nadie vio a ese tío.
Pero eso era lo de menos. Lo que desde el principio me pareció realmente enigmático de Francis era que cada día, a las seis de la tarde, entraba en la perfumería, cogía siempre el mismo perfume de mujer y dejaba caer algunas gotas sobre su cuello. Ninguno de nosotros le decía nada, de hecho, es algo que un cliente puede hacer con total libertad.
Había algo en sus ademanes, algo extrañamente mágico; puede que la parsimonia con la que elegía los gestos, esos gestos que se convertían en una ceremonia cada día, a las seis de la tarde. Luego, cuando acababa, nos sonreía y salía cauteloso y elegante. Nos sonreía a mi y a Claudette, la dueña de la perfumería, una elegante francesa que vino hace quince años de visita a Mannheim y se quedó "hasta que me canse y tenga ganas de enamorarme de otro lugar".
Pasaban los días, los meses, y Francis Kapranov continuaba apareciendo cada tarde, a las seis, para recrear su ceremonia con el perfume. Mientras, cada tarde igual, Claudette y yo dejábamos lo que estuviéramos haciendo y sucumbíamos ante la gestualidad de Francis.
Uno de los primeros días de estar trabajando allí, le pregunté a Claudette si sabía algo de ese vagabundo que entraba cada tarde. Me explicó lo del supuesto tío y la herencia del castillo. Pero cuando le pregunté por qué siempre hacía lo mismo, con el mismo perfume, a la misma hora, Claudette se quedó callada. Más tarde me dijo "algún día te lo contaré, hoy no quiero ponerme triste".
Con gran impaciencia estuve esperando ese día, aunque nunca presioné a Claudette para que me lo contase. Y ese día llegó.
Una tarde, poco después de que el viejo Francis saliera de la perfumería, Claudette se me acercó mientras yo estaba ordenando unos pequeños frascos.
"Son los pequeños detalles los que nos ayudan a vivir".
Su voz sonó tranquila y pausada. Me incorporé y me di la vuelta. Allí estaba Claudette, con las manos cruzadas sobre su vientre. No dije nada y dejé que continuase hablando.
"Ese era el perfume que usaba su mujer. Murió en un accidente, hace ya cinco años. El anciano no pudo superar su muerte y se abandonó por completo. Empezó a vivir en la calle, en esos bancos cerca de la estación. Hasta hoy."
Claudette hizo una pausa. Afuera empezaba a oscurecer y el frío viento del norte hacía danzar las ramas de los árboles.
"Su mujer usaba ese perfume. Supongo que es una manera de tenerla cerca, rodeándole el cuello, cada tarde. Francis necesita saber que aquí, en esta perfumería, de una u otra manera, vive su mujer. Dentro de ese frasco de perfume habita su gran amor. Y cada tarde, a las seis, la hora de su muerte, el anciano reanimará ese cuerpo, recordará tiempos pasados y vivirá otros nuevos. Cada tarde saldrán a pasear. Ella le explicará lo que hizo hoy antes de que él viniese y él le propondrá mil lugares a donde ir. Luego se quedará dormido en su banco y soñará con ella. Al día siguiente se despertará antes de las seis y la vendrá a buscar de nuevo."
Claudette esquivaba la mirada por pudor a que me fijara en sus ojos vidriosos.
"Todos vivimos gracias a pequeños detalles, aunque no nos demos cuenta, pequeñas supersticiones, pequeños ritos que construimos día tras día. Son necesarios. Sin ellos, la vida sería insoportable."
Nos quedamos en silencio durante un largo rato.
Continué ordenando los pequeños frascos de perfume.
Luego Claudette abrió la puerta y dejó pasar el aire frío.

jueves, agosto 02, 2007

bolsa de basura rota

Sí, ya sé quién es, sí, su madre se dedicaba a eso, ya sabes, lo llamaba masajes, pero la tía era una buena puta, en los periódicos se anunciaba, sí, masajes completos, en serio, sí, su madre, estuvo follándose a medio barrio y a todo el mundo le parecía normal, se metía de todo, era una buena yonki, la tía, luego tuvo aquel asunto con unos chungos, llámale mafia, llámale chulos, la cuestión es que le dieron una buena paliza, la dejaron medio muerta, en serio, sí, esto pasó aquí, no hace tanto, hará unos diez años, los que tiene el niño del que me hablas, le dieron una paliza cuando estaba de tres meses, fue bastante bestia el asunto, salió en la tele, ya ves, aquí sólo salimos para cosas así, en serio, por eso está así el chaval, se ve que la madre pudo pedir ayuda arrastrándose y goteando como una bolsa de basura rota, joder, bueno, qué quieres que diga, pues eso, que todo el mundo sabe la historia de ese chaval, sí, alguna vez he hablado con él, no es que sea muy espavilado el pobre, pero qué quieres, joder, sí, la madre aún vive, se recuperó de todo, ahora vende ropa interior en esa tienda, al lado de los pollos a l'ast, ya, muy buen sitio no es, pero mira, no le va mal, mejor que antes seguro, vamos, venga.

lunes, julio 30, 2007

baldosas quebradas

Nada le pareció extraño a Gabriel cuando entró a vivir en su nueva casa. La cocina, el lavabo, el salón, el dormitorio, la despensa y la terraza. Todo era pequeño pero suficiente para él.
Los días pasaban con total normalidad. Por la mañana iba a trabajar a la imprenta de su padre, por la tarde paseaba junto al lago, por la noche leía.
Así pasaron los meses hasta que llegó la primavera.
Un día, al llegar de su paseo vespertino, Gabriel se tropezó al entrar en su casa. Su pie golpeó una baldosa que sobresalía. La baldosa estaba ligeramente levantada, como si hubiera algo que la empujase por debajo. La pisó y notó como volvía a su sitio, como si una esponja la absorbiera hasta quedar exactamente a la misma altura que las demás. Después se preparó la cena, leyó un rato y se acostó.
Pasaron los días y Gabriel se olvidó por completo de aquella baldosa y de aquel tropezón.
Llegó Semana Santa y viajó al pueblo de sus padres, para estar con ellos unos días, como hacía siempre que tenía ocasión.
Después de esos días de paz en el tranquilo pueblo, Gabriel volvió a casa.
Era de noche cuando llegó. Se disponía a introducir la llave por la cerradura cuando pudo observar como algo se asomaba por ésta. Era una especie de tallo, una pequeña madera. Estiró de ella hasta que la arrancó. Giró la llave y, al abrir la puerta, ésta topó con algo que había al otro lado. Por un momento sintió pánico. Empujó de nuevo pero la puerta no cedía más. Metió la mano y apretó el interruptor. No oyó nada. Luego, despacio, se introdujo por el espacio abierto. Al entrar en su casa pudo contemplarlo. Allí estaba, como si hubiera estado toda la vida, un enorme árbol que doblaba sus ramas al tocar el techo y las paredes. La imagen era tan irreal que Gabriel sólo pudo contemplarla en silencio, y llorar.
Lo primero que pensó fue totalmente estúpido. "Nadie me creerá", se repetía al contemplar las hojas verdes, el agujero en el suelo, las baldosas quebradas. Como pudo, metió la maleta que aún estaba fuera y cerró la puerta. Bebió un vaso de agua para tranquilizarse aunque no sirvió de mucho. No sabía qué hacer y, por eso, hizo algo que nunca haría: comentar la situación con los vecinos.
Subió al piso de arriba donde sabía que vivía una anciana llamada Ágata. Cuando Gabriel le acabó de contar lo que le había pasado, la anciana sonrió amablemente y le invitó a entrar en su piso. No se extrañó al oír la historia, cosa que Gabriel interpretó como que no la había entendido.
El piso era muy parecido al suyo, igual de pequeño y con la misma distribución de habitaciones. La vieja Ágata caminaba lentamente por el pasillo hacia su dormitorio con Gabriel detrás. Cuando la anciana encendió la luz de su dormitorio, Gabriel pudo contemplarlo en todo su esplendor: un gran árbol que ocupaba todas las paredes y se retorcía al llegar al techo. Ágata miró al estupefacto Gabriel. "Joven, estas cosas pasan a veces", le dijo con cariño a Gabriel. "No se lo expliques a nadie, hijo, nadie te creerá, no hace falta que pierdas el tiempo, vive con ese espléndido árbol en tu entrada, que la gente que te visite se maraville de su presencia, que se asombren al verlo, como hiciste tú, pero, eso sí, no pierdas el tiempo explicándoselo a nadie, porque nadie cree cosas así. En parte es lógico. Aunque no debería serlo. Porque estas cosas pasan a veces".
Al día siguiente Gabriel volvió al trabajo. No habló de lo sucedido con nadie.
Al volver a casa abrió con cuidado la puerta, se hizo la comida, salió a pasear por el lago y leyó durante una hora. Más tarde cenó y, antes de irse a dormir, regó el árbol.

sábado, julio 21, 2007

hora de irse

Imagina que te encierran en tu habitación.
Cada día durante seis horas.
Imagina también que de vez en cuando entra alguien y te pregunta si tienes zapatillas de estar por casa y tú se las enseñas.
Más tarde, al cabo de largos minutos, entra otra persona y te pide camisetas, y tú le enseñas las camisetas que tienes en tu armario, en el armario que hay en tu habitación, en esa habitación donde pasas cada día seis horas de tu vida.
Mientras no entra nadie, te dedicas a planchar con la palma de la mano aquella arruga que se resiste en la sábana.
Hay ocasiones en las que alguien tarda tanto en entrar que ya no sabes dónde estás ni cuánto tiempo ha pasado desde la última visita.
También hay gente que entra y no te pide nada, simplemente desordena tus camisetas, tus calzoncillos y tus calcetines, mueve el despertador de la mesita de noche y deja pisadas. Pero eso a ti te da igual porque tienes mucho tiempo libre.
Cuando se van, ordenas las camisetas, los calzoncillos y colocas correctamente el despertador. Luego, como te sobra tiempo, coges la fregona y limpias las pisadas.
Piensas en tu vida cuando no hay nadie en tu habitación. Piensas en cómo sería trabajar en una tienda, por ejemplo, lo bonito que sería eso, más entretenido al menos.
Piensas en tu futuro pero alguien entra y pide corbatas. Tú le dices que no tienes corbatas y él te pregunta que dónde puede encontrar. Le dices el nombre de un conocido que sabes que usa, que vaya a su habitación que seguro que encuentra. Cuando se va y vuelves a quedarte solo, vuelves a planchar la sábana y mueves el despertador, ya que nadie lo hace, para ponerlo de nuevo correctamente en su sitio. Miras por la ventana y ves el muro de siempre, con su grieta de siempre y su mancha de humedad de siempre.
Vas al lavabo, no porque tengas ganas, sino para matar el tiempo.
Pero es el tiempo quien te mata a ti.
Luego empiezas a pensar de nuevo en tu futuro.
Pero entonces ya es la hora de irse.

viernes, julio 06, 2007

why to lie

En 1979, Phillip H. Douglas, un estudiante de sociología de la universidad de Ohio, publicó un libro fruto del trabajo de fin de carrera.
El libro tuvo como título Homeless in America. Why to lie? I need a beer y en él, Phillip fue recopilando los textos que los vagabundos utilizaban para pedir limosna.
El estudiante viajó por todo Estados Unidos durante dos meses con su libreta y su cámara de fotografiar.
Su estudio consistió en analizar la mejor o peor ortografía dependiendo del estado y, sobretodo, comprobar si lo escrito daba sus frutos.
Así, Phillip, localizaba a un vagabundo, copiaba su texto, lo fotografiaba y, al acabar el día, volvía a visitarlo y comprobaba cuánto dinero había recogido. La conclusión principal que Douglas extrajo de este experimento fue que las palabras y expresiones que suelen provocar tristeza no funcionan a la hora de recoger más dinero. En cambio, las expresiones alegres, los juegos de palabras y, sobretodo, la honestidad, son las preferidas para los peatones de norte América.
Una vez estudiada esta cuestión, Phillip quiso comprobar que no se trataba del aspecto físico del vagabundo en sí, sino únicamente de lo que estaba escrito en su cartón.
Así, llevando un poco más lejos su experimento, analizó al mismo vagabundo dos días seguidos.
El primer día Phillip le escribió Tengo hambre. Ayuda. Por favor.
El segundo día le facilitó otro cartón en el que se podía leer Por qué mentir, necesito una cerveza.
El primer día el vagabundo reunió 12$.
El segundo, 60$.
Cinco veces más.
El vagabundo, un veterano de la Segunda Guerra Mundial llamado Stephan Mzireg, le agradeció a Phillip su gesto y le rogó poder quedarse con el cartón. El estudiante, por supuesto, accedió.
Phillip Douglas reside hoy en Santa Mónica, California, junto a su mujer y sus dos hijos.
Stephan Mzireg murió al año siguiente de publicarse el libro.
Mzireg viajaba en tren hacia Oklahoma y dormía en la cama inferior de una litera. El tren frenó bruscamente y la maleta, situada en la litera de arriba, le golpeó el cráneo. Cuando lo encontraron, Stephan estaba boca abajo con la maleta encima de su cabeza.
Días más tarde, su muerte apareció en los periódicos.
En la maleta se pudo encontrar un cartón en el que se podía leer Por qué mentir, necesito una cerveza.
Y 2.500$ en monedas.

miércoles, junio 27, 2007

cuando fui perro

Cuando fui perro me gustaba tumbarme en el suelo de casa, en ese cuadrado iluminado que calentaba el sol en invierno.
Cuando fui perro todo era mucho mejor.
Al menos todo era más fácil.
Desde lamerme los genitales a conseguir comida con dos simples ladridos.
Mi vida de perro fue ideal.
Ahora que soy humano todo es una mierda.
Desde el no poder lamerme los genitales a tener que trabajar para comer.
Cuando fui perro todo era mucho mejor.
No me hacía falta hablar con una hembra para acostarme con ella. Le husmeaba el culo y, si ella no oponía resistencia, ya estaba hecho.
Ahora todo es más difícil.
Antes se ocupaban de mí, se preocupaban por todo lo que hacía. Para que se hagan una idea: me recogían la mierda que cagaba por la calle. Hoy, siendo humano, sé que ese gesto es uno de los puntos álgidos de la sumisión.
Antes todo eran comodidades. Todo lo recuerdo con cariño, excepto un viaje en avión en el que pasé mucho frío y vi morir a un gato que estaba a mi lado. Esa es una experiencia que no se la recomiendo a nadie.
Cuando fui perro dormía unas quince horas diarias. Hoy a duras penas llego a las siete.
Me despertaba y tenía la comida y la bebida siempre preparadas, y mi dueño se alegraba de que me despertase y jugaba conmigo, aunque yo hubiera estado diez horas durmiendo y él hubiese estado trabajando durante ese tiempo.
No sé muy bien qué tipo de perro fui. Creo que grande, porque mi cabeza estaba a la altura de su cadera cuando paseábamos. Aunque ahora que soy humano sé que mi dueño podría haber sido enano. Eso lo cambiaría todo.
Cuando fui perro no sabía leer ni escribir. No lo necesité para nada.
Escuché y disfruté de la música que mi dueño solía poner en la mini cadena. Creo que tenía buen gusto porque me sentía bien escuchándola.
Ahora soy humano y tengo un perro, un perro que en estos momentos duerme a mis pies. Lo miro y pienso en el tiempo pasado, cuando no existían las preocupaciones y yo era feliz a mi manera.
Un tiempo en el que aprendí a querer y a ser fiel a una persona.
Un tiempo sin ayer ni mañana.
Un tiempo en el que el sol era una simple estufa que calentaba el suelo para que yo no pasase frío.

lunes, junio 11, 2007

el gran mural

Sucedió hace demasiado tiempo, en una región centro africana.
Un rey visitó a una bruja para preguntarle cuál sería el destino de su hijo recién nacido. La bruja le dijo que su hijo moriría tras ser atacado por un leopardo. Asustado, el rey protegió a su hijo durante toda su vida, recluyéndolo en palacio.
Mientras, los jóvenes de la región salían a la caza de las bestias que habitaban en la selva. El heredero, triste, se quedaba encerrado en palacio. Por la noche, cuando los jóvenes volvían de cazar, les pedía que le explicasen cómo era la selva, qué era lo que allí habitaba. Con lo que los jóvenes cazadores le iban contando, el heredero fue pintando un gran mural en la pared de su habitación que recreaba una frondosa selva. De esta forma, se imaginaba que estaba en ella. Las grandes hojas verdes, las lianas, el suelo húmedo, tucanes, papagayos, el sol filtrándose a través de las ramas y, en primer plano, el temido gran leopardo del que tanto le hablaban.
Ese era el gran mural que observaba cada día el príncipe con melancolía. Poco a poco, este sentimiento se fue transformando en tristeza, luego en rabia y por último en locura.
Habían pasado ya ocho años desde que el heredero pintase ese gran mural. Muchos de los jóvenes cazadores que le habían contado historias de la selva ya habían muerto. Él permanecía tumbado en su gran cama, observando el mural con ojos de perturbado. Una tarde de invierno, al príncipe le invadió una gran furia y empezó a destrozar todo lo que había a su alrededor. Partió las sillas en mil pedazos, deshizo la cama y golpeó con fuerza la pared de madera donde estaba pintado el mural hasta que abrió un boquete. La madera se astillaba mientras él seguía golpeando a aquel leopardo que empezaba a desaparecer dentro del gran agujero abierto por sus puños. Exhausto, se dejó caer hacia adelante. A modo de estaca, un gran trozo de madera atravesó su corazón y el príncipe murió en el acto. Cuando los médicos se lo extrajeron, pudieron comprobar que en el trozo de madera había dibujada la pata del gran leopardo.

martes, marzo 20, 2007

te cambiabas de sitio

Algunas noches los dientes se me mueven.
No hablo de moverse en el sentido de que estén a punto de caer. Digo que los dientes se me mueven, se cambian de sitio, pasean por mi paladar y por mi lengua. Y esto lo sé porque a veces me despierto de madrugada y los noto correr volviendo a sus sitios.
Cuando era pequeño no me preocupaba, pensaba que era algo normal. Pero ahora sé que lo que me pasa no es habitual.
Hace unos años fui al médico y le expliqué lo que me sucedía. El médico pensó que le estaba tomando el pelo y me recetó unas pastillas para dormir. Creo que necesitas descansar, sentenció, y su sonrisa escribió “no me hagas perder el tiempo, niñato”. Salí de la consulta y tiré la receta en la primera papelera que encontré.
No me atreví a contárselo a mis padres hasta hace bien poco. Eso debe ser que lo sueñas, me tranquilizó mi madre. La verdad es que no había oído nada parecido, se extrañó mi padre. Esa noche oí hablar a mis padres a través de la pared de su habitación. Mi madre dijo algo así como “deberíamos decírselo”, y mi padre respondió “bueno, mañana con más calma”.
Al día siguiente fui con mis padres a visitar a mi abuelo al hospital. Me senté a su lado, en un pequeño sillón, y miré la tele con él. Mis padres estuvieron un rato y al poco se fueron. Me dijeron que más tarde volverían a por mí. En la tele estaban retransmitiendo carreras de caballos. Era lo único que le gustaba a mi abuelo. Siempre que acababa una carrera decía lo mismo: “mira, ha ganado el que yo pensaba”. Pero ese día no decía nada. Transcurrieron tres carreras hasta que al fin habló. “¿Se te mueven los dientes?”. Al principio no sabía de dónde procedía esa voz, pero luego fui consciente de que no había nadie más en esa habitación y la relacioné con mi abuelo. Lo miré y le dije sí. “A mí también me pasaba. No hay nada que hacer”, me dijo con tranquilidad. “Me pasa desde los cinco años. Bueno, ahora ya no”, y señaló con la cabeza hacia la mesita de noche y el vaso que contenía su dentadura postiza. “¿Por qué pasa esto, abuelo?”, le pregunté sin mucha esperanza. Y él me respondió que nadie lo sabía. “He visitado a médicos de todo el mundo para que me respondieran a lo que acabas de preguntarme y ninguno me ha sabido dar una explicación. Todos lo achacaban a cuestiones mentales. Y supongo que es lo que te ha pasado a ti”. Asentí y continué mirando las carreras. “He leído libros de medicina, de odontología, de fenómenos extraños, de sueños, y nada. En ninguno de ellos he descubierto nada. Ya digo, no hay nada que hacer”. Estuvimos un rato en silencio oyendo al comentarista de las carreras hípicas con el cabalgar de fondo. Al fin, mi abuelo dijo: “Ya que nadie sabe nada, intenta explicártelo tú mismo, es lo que hice yo. No pensé que fuera nada malo, al contrario. Imagina que eres un diente. Toda la vida en la misma posición, haciendo lo mismo, día tras día. ¿Acaso no te moverías y buscarías nuevas experiencias en cuanto pudieses? Eso es lo que hacen ellos” Le escuchaba con atención y no pude hacer otra cosa que reírme imaginándome como diente. “Los incisivos, siempre ahí, en primera línea, llevándose todos los golpes cuando somos pequeños, helándose de frío en verano con los helados, mordisqueando galletas, ¿no crees que deben estar cansados? Los caninos, siempre con esa fama de desgarradores, arrancándolo todo desde que el hombre tiene uso de razón. ¡Nadie les ha dado la oportunidad de ser más pacíficos! Los molares, siempre triturando, haciendo el trabajo sucio, siempre trabajando en la sombra de la cueva. Supongo que es eso lo que pasa. Los dientes quieren vivir nuevas sensaciones, quieren saber qué hubiera pasado si hubiesen nacido en otro lugar. Es igual que cuando de pequeño te cambiabas de sitio en clase por un día, lo veías todo diferente, incluso tú no te creías el mismo por un momento. Quizá es eso, quizá el incisivo quiere saber lo que se siente al triturar y el molar lo que se siente al cortar. Aunque todos sepan que luego tendrán que volver a su sitio. Quizá a los dientes les pasa lo mismo que a todos nosotros. Y por eso nadie ha sabido darnos una explicación a lo que nos pasaba por las noches. Porque no hay nada que explicar. Así es la vida”.
Mi abuelo acabó su explicación y siguió mirando la carrera hípica. Yo hice lo mismo y, con la lengua, fui palpando mis dientes, comprobando que todos estuvieran en su sitio.
Entonces me dormí.

lunes, marzo 05, 2007

extraño fruto

Mi bisabuelo plantó un árbol en el que mi hijo se ahorcará dentro de cinco minutos, cuando acabe de contar esta historia.
Lo plantó en el huerto de su casa, ahora nuestra, cuando tenía quince años.
Era un apasionado de la botánica. Su árbol preferido era el sauce llorón. Y ese fue el que plantó. Aunque muchos conocidos le dijeron que era muy difícil que ese tipo de árbol echara raíces en la tierra de su huerto, él no desistió y el árbol fue creciendo año tras año hasta convertirse en el majestuoso sauce que es ahora, ese que inunda de sombra y frescor las tardes de verano en nuestra casa.
El sauce es uno más en la familia. Desde que tengo uso de razón lo recuerdo así como es ahora, siempre majestuoso y envuelto en un misterio difícil de explicar.
En los días de tormenta, cuando era pequeño, me asomaba a la ventana de mi habitación para ver sus hojas agitarse violentamente, luchando contra la tempestad. En verano, me podía quedar horas mirando los rayos del sol colarse por entre sus ramas, dibujando en mi camiseta espectros luminosos.
También recuerdo un año en el que una especie de oruga afectó a sus raíces y el sauce perdió todas sus hojas. Por las noches, entonces, dibujaba la silueta de todas las películas de terror juntas. Mis padres creían que estaba muerto, podrido por dentro, y decidieron talarlo. Pero, milagrosamente, el mismo día en que mi padre cogió el hacha, al árbol le estaban empezando a salir nuevas hojas. Me alegré mucho y, en un momento mientras mis padres preparaban la comida, me acerqué al sauce y lo abracé. Hoy me parece estúpido, pero en aquel momento era lo que necesitaba hacer.
Pasaron los años y el sauce se recuperó por completo de su enfermedad. En verano celebrábamos una fiesta bajo su sombra con todos los vecinos del barrio para conmemorar el día en que el árbol se recuperó.
En la universidad conocí a la que sería mi mujer. Pronto se vino a vivir conmigo a nuestra casa; a mis padres no les importó, al contrario, la adoraban. Acabamos nuestros estudios a la vez y tuvimos a nuestro único hijo, el mismo que se ahorcará en el sauce dentro de unos tres minutos.
Mi hijo tiene ahora diecisiete años. Es demasiado joven para entender nada y demasiado mayor para tener que explicárselo todo. No quiere saber nada de la familia, de sus antepasados, no le importan en absoluto. Yo le intento explicar que gracias a ellos él es quien es, pero él me contesta ¿y quién soy? Mi mujer no puede hablar con él, bueno, no habla con él desde hace un par de años, cuando una fuerte discusión acabó en un accidente que pudo haberle costado la vida a mi esposa. Soy el único que intenta saber qué es lo que pasa por su cabeza, aunque por mucho que hable con él nunca llegue a ninguna conclusión.
Una tarde de primavera, fuimos a dar un paseo por el campo que rodea nuestra casa. Todo era muy agradable: la temperatura, una brisa suave, la conversación animada, incluso algunas risas que hacía mucho tiempo que no salían de él. Estábamos caminando tranquilamente, yo con las manos cogidas en mi espalda, él dentro de sus bolsillos. Y entonces me dijo que se iba a suicidar. Por un momento no sabía si lo que había oído era real y le dije que no le había escuchado. Me volvió a repetir lo mismo. No sabía qué decir, opté por reírme y recomendarle que no dijera tonterías, que esas cosas eran muy serias. Él me dijo que no era una tontería, era una cosa que había pensado hace tiempo, ya lo tenía todo planeado. Le pregunté por qué quería hacer eso y el me respondió “tú me contaste que un día abrazaste al sauce”. No continuó la frase, estuve esperando un largo rato en silencio, sin que se sintiera presionado por mis preguntas o por mi insistencia, pero no me dijo nada más. Llegamos a casa casi al anochecer. No quise comentarle nada a mi mujer.
Pero hoy se lo tendré que decir. Le tendré que decir que nuestro hijo se ha ahorcado en el sauce del huerto, que hay que llamar a la policía, que no lo podemos tocar ni descolgar hasta que vengan.
Mi bisabuelo plantó el árbol donde se acaba de ahorcar mi hijo.
Me pregunto si, de haber sabido la historia final, mi bisabuelo hubiera seguido regando sus raíces. Puede que sí, quizá no hubiera creído lo que le estaban contando y hubiese continuado regando y abonando la tierra que sostiene a mi hijo. Y si aquel día nadie hubiese visto las pequeñas hojas brotar de nuevo y mi padre hubiera talado el sauce. Y si yo no hubiera conocido a mi mujer y no hubiésemos tenido a nuestro hijo, ese extraño fruto que ahora cuelga del sauce al que un día me abracé.
Ahora mismo lo estoy mirando desde la ventana de su habitación, la que antes fue mía.
Empieza a hacer viento, las hojas se agitan con violencia.

sábado, febrero 17, 2007

la plaga (parte 2 de 2)

A las once, como cada noche hacía ya veinte días, el joven abrió la puerta de la granja y encendió la luz. Allí estaban, un centenar de ratas, esperando su comida. Se acercó a ellas con una bolsa de maíz y las ratas retrocedieron a la vez pero no se escondieron. Estaban nerviosas y él también: nunca había visto tantas ratas juntas. Abrió la bolsa y esparció el maíz por el suelo. Las ratas se abalanzaron a por la comida. Él siguió su ritual: apagó la luz, cerró la puerta y se fue. Y así fue pasando una semana en la que Pearson no le contó nada de esto al viejo McCullers.
La noche veinticinco, las ratas ya se le acercaban a los pies y él pudo agacharse y acariciarlas mientras esparcía el maíz. Cada noche eran más, no se atrevió a calcular cuántas podía llegar a haber.
El último día que Pearson se había fijado para acabar con la plaga amaneció con un sol radiante. Era domingo. El viejo McCullers estaba sentado en su mecedora, golpeando el suelo de madera con su bastón. “Jovencito, me parece que se le acaba el tiempo. Creo que hoy es su último día, ¿no? ¿Aún no ha desistido?”. Pearson sonrió y respondió con confianza “hoy es el día”. El viejo miró al horizonte y murmuró “jóvenes locos”.
Ya no quedaba maíz. Los cuatro kilos habían sido devorados en cuatro semanas por ese ejército de diablos.
Por la tarde, Pearson abrió el saco de veneno para comprobar su estado. Observó que los granos eran muy similares al maíz, casi del mismo tamaño, aunque no del mismo color.
A las once de la noche, el joven abrió la puerta del granero y encendió la luz. Miles de ratas alborotadas le estaban esperando. Él cargaba una pequeña carretilla donde llevaba el saco de veneno. Las ratas acudían a sus pies, él intentaba no pisarlas, a duras penas podía avanzar. Una vez en el centro de la granja miró a su alrededor: todo eran ratas. No se distinguían las paredes, ni mucho menos el suelo. Por las vigas del techo también oía corretear a cientos de ellas, algunas caían pero, amortiguadas por el resto, volvían a incorporarse y trepar de nuevo a las vigas. Estuvo quieto en medio de aquel granero durante unos minutos, observando la locura a su alrededor. Pearson acariciaba a una rata que había trepado hasta su hombro y olisqueaba su barba. La cogió entre sus manos y la depositó en el suelo. La rata desapareció entre las demás, como un grano de arena en el desierto. Abrió de nuevo el saco, introdujo sus manos en los granos de veneno y empezó a esparcirlos por toda la estancia. El veneno caía encima de las ratas y luego se perdía en el suelo donde era devorado. Era la imagen más atroz que Pearson había visto en su vida: ratas luchando por comer algo que las matará. Así debe ser el fin del mundo, pensó.
Cuando acabó de esparcir todo el saco de veneno, el joven realizó su ritual por última vez: dio media vuelta, apagó la luz, cerró la puerta del granero y se fue.

viernes, febrero 16, 2007

la plaga (parte 1 de 2)

Los hechos sucedieron a finales de 1954, en una granja de Blairstown. Aquel había sido un mal año para el viejo McCullers debido a una plaga de ratas. Nadie recordaba algo parecido, ni siquiera el abuelo Sam, que decía haberlo vivido todo en esta vida. Las ratas habían acabado con cosechas enteras y devoraban la comida de los animales, que morían de hambre. La desgracia había llegado en forma de plaga bíblica a este pequeño pueblo del sur de Kansas. Los pocos habitantes que quedaban emigraron a la capital en busca de una nueva vida, dejando sus casas y granjas, ya vacías.
Todos excepto el viejo McCullers, el viejo solitario McCullers, sin nadie que le esperase, a ningún sitio a donde ir. Con una docena de gallinas aún vivas y una vaca que sobrevivía nadie sabe cómo, el viejo malvivía en su granja, maldiciendo a las ratas y a la soledad de aquel pueblo fantasma.
Una madrugada, huyendo de unos bandidos que lo confundieron, el joven médico Pearson golpeó insistentemente a la puerta de McCullers. El viejo abrió, escopeta en mano. El joven le explicó la situación y le pidió cobijo. A cambio, le ofreció unas monedas de oro que guardaba en sus botas. El viejo le dejó pasar. A la mañana siguiente, Pearson le agradeció a McCullers su hospitalidad mientras el viejo gruñía un no hay de qué que se mezcló con el polvo y la madera de la vieja casa. El joven se extrañó de que sólo viviese él en aquel pueblo y entonces el viejo le explicó lo sucedido mientras comían un mendrugo y un huevo. Cuando McCullers acabó de contarle la historia a Pearson, éste le dijo “sé cómo acabar con ellas”. El viejo se rió más de lo que se había reído en los últimos veinte años. Mientras, el joven médico lo miraba extrañado, impaciente por que aquel viejo acabase ya de reírse de algo que no hacía tanta gracia. “Señor McCullers, en treinta días habré acabado con todas las ratas. Dice usted que son más de un millar, bien, sólo necesitaré cinco kilos de maíz y un kilo de veneno. Sé dónde conseguirlo, no se preocupe, déjemelo todo a mí”. El viejo no paraba de reírse. “¿Veneno?. ¡Es verdad! ¡Nadie ha intentado eso todavía, muy avispado es usted!. ¡Venga jovencito, no quiero perder el tiempo! ¿Usted cree que esas ratas son tontas? Le pueden leer a uno el pensamiento, chico, conocen el veneno como a sus crías. ¿Saben lo que hacen esos demonios? Son como un ejército de diablos, las crías más jóvenes son las primeras que salen a comer lo que sea. Si esa cría muere, el resto sabe que aquello era veneno. Ya se lo he dicho, jovencito, no me haga perder el tiempo y no lo pierda usted. No hay nada que hacer”.
Esa misma tarde, Pearson caminó hasta Garden City para comprar los cinco kilos de maíz y el kilo de veneno. El joven volvió al anochecer. El viejo le indicó donde estaba el granero y se fue a dormir. Pearson cogió un buen montón de maíz y se dirigió hacia allí. Cuando abrió la puerta y encendió la luz, pudo ver como centenares de ratas corrían a esconderse y desaparecían como sombras en la noche. El joven caminó unos pasos hacia dentro y esparció por el suelo el maíz que llevaba. Dio media vuelta, apagó la luz, cerró la puerta y se fue. Miró su reloj, eran las once de la noche.
Y así fueron pasando los días. Por la mañana, antes de nada, Pearson se acercaba al viejo granero para confirmar que las ratas se hubiesen comido todo el maíz, luego barría y limpiaba la vieja casa y ayudaba al viejo en las pocas tareas que podía realizar. Por la tarde jugaban a las cartas y por la noche, siempre a la misma hora, el joven esparcía un buen puñado de maíz dentro de la granja.
Pasaron dos semanas y el viejo empezó a impacientarse. “No creo que el maíz las mate algún día. Debería probar ya con el veneno”. El joven Pearson le pidió que no se preocupase, que él sabía lo que estaba haciendo. Aunque tratándose de ratas, el comportamiento era siempre imprevisible, pensó.
Pero una noche sucedió lo que Pearson estaba esperando.