Un gato en el motor del coche, hacía días que olía algo raro al salir de él, cuando lo aparcaba a la puerta de casa, sobre todo, pero luego me fijé que también desprendía ese olor cuando lo aparcaba en otro lugar, donde quiera que fuese, así ese olor se me fue metiendo en las fosas nasales y fue formando parte de mi rutina diaria durante casi una semana, un gato en el motor del coche, desde cuándo, por qué, buscando el calor en la noche fría supongo, mi coche bostezó y un gato se metió en su motor buscando el calor de sus entrañas, cuántos gatos tendremos durmiendo en el suelo del estómago, cuántas veces habremos abierto la boca al bostezar tan fuerte que nuestros ojos se cierran y durante unos segundos no vemos nada de lo que pasa a nuestro alrededor y, entonces, como en un cuento de Cortázar, el gato aprovecha para zambullirse en nuestra barriga, quién nos puede asegurar que no tenemos un gato o dos durmiendo en el suelo de nuestro estómago, quizá ya muertos, de ahí el mal aliento, muchas veces el mal aliento viene de problemas de estómago, cuántas veces hemos oído esta frase, y si todo se resume a un gato que se metió a dormir en nuestro estómago, por ser el suelo tan acolchado, y murió allí, de viejo o de aburrimiento, qué puede hacer un gato en un estómago, a no ser que sepamos que vive ahí y nos traguemos de vez en cuando un ovillo de lana para que juegue, para que no muera de aburrimiento, que persiga ese ovillo y lo desenrede, su único consuelo, pero nunca sabremos si un gato se coló en nuestro estómago ni en el motor de nuestro coche hasta que muera y algún insecto deposite huevos en el cadáver y de esos huevos nazcan larvas que empiecen a devorar a aquel gato que se coló de madrugada buscando el calor de un motor recién apagado, y entonces ese olor, el olor a sangre humana no se me quita de los ojos, por qué supe que pertenecía a algo en descomposición, dónde he vivido para saber eso, de dónde provengo, así acabaremos todos, me dijo mi padre de camino al taller donde abrieron los bajos del coche, es una pena pero así acabaremos todos, y yo creía que se refería a muertos en un motor de un coche, pero él estaba hablando de comidos por los gusanos, a mí me quemáis, me aconsejó de camino al taller y, una vez allí, el hombre encargado de la faena, como en una película de Tarantino, se puso manos a la obra, entró en un despacho del taller, esperé que saliera con unos guantes o una mascarilla o algo más seguro que ese mono azul de manga corta que llevaba, pero salió del despacho con un cigarro recién encendido, colocó el coche en la guía, lo aupó con el elevador hidráulico y se dispuso a desenroscar los tornillos de la tapa inferior del motor, cigarro en boca, ceniza alargada, humo en sus ojos, reducidos a dos grietas, y ahí está, o estaba, el gato que se coló mientras el coche bostezaba, cubierto por miles de gusanos, que caían al suelo del taller y seguían con su movimiento ancestral, alimento de nuestras angustias, ese contoneo macabro, significado del final de todo lo vivo, y el hombre tira lo que queda del gato a un cubo de basura negro y lo rocía con desinfectante y le dice a su compañero que le ayude a cargar el cubo hasta el container de la esquina y allí lo vacían entero y vuelven con el cubo vacío y después, durante una hora, el hombre se esmera en limpiar aquella pieza con una dedicación absoluta mientras yo camino de aquí para allá como un padre en la sala de espera de un parto y al final coloca de nuevo los tornillos y ajusta la pieza en la base del coche y lo baja con el elevador hidráulico mientras que el compañero va apagando algunas luces del taller, le pago y le agradezco el trabajo y me monto en el coche, que ya ha perdido ese olor que me estuvo acompañando estos últimos días y, todavía como personaje secundario de la película de Tarantino, en el CD empieza a sonar Will you still love me tomorrow, de The Shirelles, esa recopilación de las doscientas mejores canciones de los '60 según Pitchfork que me grabó Tomás y que cogí hace tres días de la que fue mi habitación en casa de mis padres y así, envuelto en esta melodía conduzco hasta un centro comercial y la pantalla se funde en negro y aparecen los títulos de crédito y el volumen de la música sube.
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jueves, noviembre 20, 2014
lunes, octubre 20, 2014
trozos de pan
Ya tengo el diseño de la totebag.
La totebag, no te lo había dicho. Pregunto.
Ya tengo el diseño guardado en una carpeta del escritorio a la que he titulado "diseño totebag".
Haré cien.
No.
Haré una.
Se la mandaré a Bibiana Ballbè, que la llevará en su programa y entonces por fin la gente (¡la gente!) se interesará por este blog,
muerto ya
como un pez
lleno
de petróleo
que flota en las aguas del puerto
y al que
siguen
tirando
trozos de pan.
Pensábamos que estaba vivo, dirán unos, vi que movía las aletas, no sabía que estaba muerto, dirá otro.
No.
Está muerto.
Y ahora váyanse, por favor. Nos disponemos a realizar el levantamiento del cadáver. No se paren aquí, por favor.
No.
Haré cien.
Me quedaré sin dinero para las vacunas de mis hijos pero tendré cien totebags diseñadas por mí.
Qué te parece la idea.
La totebag, no te lo había dicho. Pregunto.
Ya tengo el diseño guardado en una carpeta del escritorio a la que he titulado "diseño totebag".
Haré cien.
No.
Haré una.
Se la mandaré a Bibiana Ballbè, que la llevará en su programa y entonces por fin la gente (¡la gente!) se interesará por este blog,
muerto ya
como un pez
lleno
de petróleo
que flota en las aguas del puerto
y al que
siguen
tirando
trozos de pan.
Pensábamos que estaba vivo, dirán unos, vi que movía las aletas, no sabía que estaba muerto, dirá otro.
No.
Está muerto.
Y ahora váyanse, por favor. Nos disponemos a realizar el levantamiento del cadáver. No se paren aquí, por favor.
No.
Haré cien.
Me quedaré sin dinero para las vacunas de mis hijos pero tendré cien totebags diseñadas por mí.
Qué te parece la idea.
miércoles, octubre 08, 2014
sutil cojera
El otro día, caminando desde c/Mallorca hasta Jardinets de Gràcia, fui plenamente consciente de lo mayor que soy, como un rayo que iluminara todo el trayecto, pintado de azul como en google maps, paso a paso, durante esos a duras penas diez minutos, las puertas de la percepción se me abrieron, y tú caminando lo iluminas todo, consciente de lo mayor que soy en apenas diez minutos, un trayecto ligero con un también ligero desnivel ascendente, corría una ligera brisa, todo muy ligero menos yo, incluso durante un momento del recorrido decidí simular una sutil cojera, nada, algo casi imperceptible para el transeúnte común pero que colmó mi ser al menos unos minutos y me llenó de un estúpido regocijo propio de los imbéciles, esa grácil e inapreciable deformidad en mi andar, sólo para ocultar mi vejez y mi sobrepeso, como aquellos partidos en el patio del colegio donde fingías que te había dado una rampa justo cuando se te escapaba el delantero y marcaba gol, allí me vi, allí quise volver, cuántas veces he querido volver al patio de mi colegio y quedarme allí en medio dejando que pasaran entre mis piernas las cuatro pelotas de los cuatro partidos simultáneos que se estaban jugando durante esos a duras penas diez minutos de alegría infantil, y quedarme quieto mientras me como el bocadillo, toda la vida por delante, todo lleno de futuro, y yo sin saberlo, no ya ahora, veinte o treinta años después, todo muy ligero menos yo.
jueves, junio 26, 2014
en mis manos
Cuándo me dejará mi hijo
cuándo dejará de quererme
cuándo me abandonará
yo a él nunca
es de lo único que estoy seguro en esta vida
pero él
cuándo me olvidará
apenas sé nada de él
no sé lo que piensa de mí
y puede que nunca lo sepa
cuándo me dirá adiós, me voy
cuándo dejará de hablarme
cuándo me odiará
quizá nunca
espero que nunca
hago todo lo posible para que nunca
pero
a la vez
presiento que no está en mis manos
y soy consciente de que esto es el amor
la vida
en definitiva
pero
qué voy a hacer cuando mi hijo me abandone
cuando deje de quererme
cuando me olvide.
cuándo dejará de quererme
cuándo me abandonará
yo a él nunca
es de lo único que estoy seguro en esta vida
pero él
cuándo me olvidará
apenas sé nada de él
no sé lo que piensa de mí
y puede que nunca lo sepa
cuándo me dirá adiós, me voy
cuándo dejará de hablarme
cuándo me odiará
quizá nunca
espero que nunca
hago todo lo posible para que nunca
pero
a la vez
presiento que no está en mis manos
y soy consciente de que esto es el amor
la vida
en definitiva
pero
qué voy a hacer cuando mi hijo me abandone
cuando deje de quererme
cuando me olvide.
sábado, abril 12, 2014
nadie me miró las rodillas
Mis abuelos tenían
un limonero
en el huerto
cuánto tiempo llevaba ese árbol
allí
qué más da
cogíamos limones
cuando mi abuela hacía paella
alguna vez
en las tardes de verano
trepaba por sus ramas
brazos de gigante
y me quedaba sentado
allí
viendo cómo
las hormigas
desfilaban por
u
n
a
h
o
j
a
podía pasarme horas
hasta que mis piernas
se empezaban a entumecer
estando allí, inmóvil,
los pájaros se posaban en las ramas
creyéndome parte del árbol
creyéndose a salvo
un día me caí
y me rasgué las rodillas
que empezaron a sangrar
cuando aparté la tierra
sangre bajo la tierra
una lava latente y poderosa
que necesitaba oxígeno
coger una bocanada de aire
y manifestarse como algo limpio
y vivo
y rojo
nadie se enteró
porque
nadie me miró las rodillas
hoy
cada vez que parto un limón
me acuerdo de mis abuelos
de la paella que nunca más comeré
de aquellas tardes de verano
dejando que las horas pasaran
como sombras chinescas
reflejadas en la pared
hoy
cada vez que parto un limón
hormigas trepan
por mi
p
i
e
r
n
a
que ya se empieza a entumecer
sangran mis rodillas
y vienen pájaros a mis manos
que se posan
en mis dedos
creyéndose
a salvo.
un limonero
en el huerto
cuánto tiempo llevaba ese árbol
allí
qué más da
cogíamos limones
cuando mi abuela hacía paella
alguna vez
en las tardes de verano
trepaba por sus ramas
brazos de gigante
y me quedaba sentado
allí
viendo cómo
las hormigas
desfilaban por
u
n
a
h
o
j
a
podía pasarme horas
hasta que mis piernas
se empezaban a entumecer
estando allí, inmóvil,
los pájaros se posaban en las ramas
creyéndome parte del árbol
creyéndose a salvo
un día me caí
y me rasgué las rodillas
que empezaron a sangrar
cuando aparté la tierra
sangre bajo la tierra
una lava latente y poderosa
que necesitaba oxígeno
coger una bocanada de aire
y manifestarse como algo limpio
y vivo
y rojo
nadie se enteró
porque
nadie me miró las rodillas
hoy
cada vez que parto un limón
me acuerdo de mis abuelos
de la paella que nunca más comeré
de aquellas tardes de verano
dejando que las horas pasaran
como sombras chinescas
reflejadas en la pared
hoy
cada vez que parto un limón
hormigas trepan
por mi
p
i
e
r
n
a
que ya se empieza a entumecer
sangran mis rodillas
y vienen pájaros a mis manos
que se posan
en mis dedos
creyéndose
a salvo.
domingo, abril 06, 2014
el autor les saluda
El día veintitrés he pedido fiesta en el trabajo para ir a esto.
Ni que fuera el Primavera Sound.
Sólo quiero saludar al Zarraluki y, de alguna manera, pedirle perdón por haberle (¿haberlo? ¡Gabriela!) dejado abandonado.
Él que me quería tanto.
Siempre he pensado que las firmas en Sant Jordi son una oportunidad para dar las gracias. El verdadero lector no debería llevar un libro para que se lo firmara el autor (¡explícale esto a su editor!) sino sólo la mano extendida, los brazos abiertos, besos lanzados desde la yema de los dedos y que vayan cayendo aquí y allá, que la gente los pise y se mezclen con los pétalos de rosa que los niños irán recogiendo y guardando en los bolsillos de sus chaquetas, porque ese día nunca es del todo caluroso, y luego ya en casa la madre o el padre colgaría de nuevo la chaqueta en el armario del hijo, de la hija, y al cabo de unos días ya el anticiclón y la chaqueta guardada hasta el año que viene, aunque el año que viene ya no será de su talla y la madre o el padre decidirán guardarla en una de las cajas de tela que compraron para estos casos, y doblarán la chaqueta y la guardarán junto con toda la ropa de ese invierno y esa primavera, y la madre o el padre se subirán a ese taburete que compraron para estos casos y ajustarán la caja en el hueco de la estantería que tienen en el altillo para estos casos, y pasarán los años y el hijo o la hija tendrán hijos o hijas y en una conversación la madre o el padre, ahora abuelos, les recordarán que en el altillo tienen ropa de cuando eran pequeños, y el hijo o la hija deciden subir y abrir las cajas para escoger las prendas que más les gusten, y abren la caja donde estaba la chaqueta, que sigue ahí, por supuesto, quizá veinte años después y, al verla, recordarán aquel Sant Jordi y aquellos pétalos que fueron cogiendo del suelo para guardarlos en los bolsillos, y ahí estarían, pétalos de rosa enredados con los besos que la gente iba lanzando, y el hijo o la hija vaciarían los bolsillos de aquellos pétalos de rosa y se los llevarían para, más tarde, ya en casa, extenderlos sobre la cama y tumbarse encima y cerrar los ojos.
Sólo quiero saludar al Zarraluki y que Vila-Matas les dedique un libro a mis hijos, que todavía no saben leer, pero que algún día decidirán empezar París no se acaba nunca y descubrirán que en la primera página el autor les saluda.
Eso es lo único que quiero: dejarles pétalos entre las páginas.
Ni que fuera el Primavera Sound.
Sólo quiero saludar al Zarraluki y, de alguna manera, pedirle perdón por haberle (¿haberlo? ¡Gabriela!) dejado abandonado.
Él que me quería tanto.
Siempre he pensado que las firmas en Sant Jordi son una oportunidad para dar las gracias. El verdadero lector no debería llevar un libro para que se lo firmara el autor (¡explícale esto a su editor!) sino sólo la mano extendida, los brazos abiertos, besos lanzados desde la yema de los dedos y que vayan cayendo aquí y allá, que la gente los pise y se mezclen con los pétalos de rosa que los niños irán recogiendo y guardando en los bolsillos de sus chaquetas, porque ese día nunca es del todo caluroso, y luego ya en casa la madre o el padre colgaría de nuevo la chaqueta en el armario del hijo, de la hija, y al cabo de unos días ya el anticiclón y la chaqueta guardada hasta el año que viene, aunque el año que viene ya no será de su talla y la madre o el padre decidirán guardarla en una de las cajas de tela que compraron para estos casos, y doblarán la chaqueta y la guardarán junto con toda la ropa de ese invierno y esa primavera, y la madre o el padre se subirán a ese taburete que compraron para estos casos y ajustarán la caja en el hueco de la estantería que tienen en el altillo para estos casos, y pasarán los años y el hijo o la hija tendrán hijos o hijas y en una conversación la madre o el padre, ahora abuelos, les recordarán que en el altillo tienen ropa de cuando eran pequeños, y el hijo o la hija deciden subir y abrir las cajas para escoger las prendas que más les gusten, y abren la caja donde estaba la chaqueta, que sigue ahí, por supuesto, quizá veinte años después y, al verla, recordarán aquel Sant Jordi y aquellos pétalos que fueron cogiendo del suelo para guardarlos en los bolsillos, y ahí estarían, pétalos de rosa enredados con los besos que la gente iba lanzando, y el hijo o la hija vaciarían los bolsillos de aquellos pétalos de rosa y se los llevarían para, más tarde, ya en casa, extenderlos sobre la cama y tumbarse encima y cerrar los ojos.
Sólo quiero saludar al Zarraluki y que Vila-Matas les dedique un libro a mis hijos, que todavía no saben leer, pero que algún día decidirán empezar París no se acaba nunca y descubrirán que en la primera página el autor les saluda.
Eso es lo único que quiero: dejarles pétalos entre las páginas.
domingo, febrero 16, 2014
ni por supuesto a Montaigne
Siempre que me rasco el sobaco pienso en Bukowski, en quién otra persona podría pensar. Y esta ensoñación me lleva, a su vez, a aquella tarde de mayo de dos mil seis en la que me acusaron de robar este libro. No te lo he contado. Pregunto. Quizá a ti sí, pero a lo mejor a ti no. La cosa va de que un día salí a pasear por Gavà, ciudad donde vivía por aquel entonces, con el Cultura/s y el libro de Bukowski bajo el brazo. Era miércoles. Estaba de excedencia. Me pedí una excedencia de un año en Fnac, donde estuve trabajando seis. El corrector me cambia excedencia por excelencia. Luego no volví, pero eso es lo de menos. Salí a pasear con la idea de llegar a un gran parque que hay cerca de casa, el Parc del mil·leni, una mezcla de parque y bosque bien cuidado, algo tan extravagante e impropio del Baix Llobregat que quizá sea ahí donde radique su magnetismo. Siempre que paso por ahí, camino de casa de mis padres, pienso en cuánto tardará alguien en prenderle fuego al bosque, cuándo empezarán a cortar los árboles para quemar la leña en barbacoas los domingos, cuándo, en definitiva, a alguien le dará por destruir lo único que vale la pena de esa ciudad. Por el camino entré en una (¿la única?) librería-papelería en la que nunca antes había entrado y en la que nunca jamás entraré, a no ser que algún día venga Bukowski a firmar libros. O Salinger. La culpa fue mía, parece el título de un disco de Luis Miguel, la culpa fue mía por entrar sin decirle al dueño de la tienda que llevaba conmigo mismo mío yo un libro bajo mi mismo brazo, el derecho, el izquierdo, qué sé yo. La culpa fue mía, sí, porque me di una vuelta por la librería buscando el Ensayos I de Montaigne, por qué me acuerdo de que era este no lo sé, a las cinco de la tarde, la persiana recién levantada, y toda persona que se pasea por una librería parece que es sospechosa, sobre todo en Gavà, donde lo normal es andar pintando símbolos fascistas por las paredes, entonces nadie me habría dicho nada, uno: déjalo, sólo está pintando una esvástica, el otro: ah, pensaba. Pasearse por una librería está penado en Gavà y en prácticamente todo el Baix Llobregat. Peor aún si llevas barba. Por eso la culpa fue mía, con el diario y el librito bajo el brazo, sin pensar ni siquiera en que el dueño me estaba siguiendo con la mirada, sin ver por supuesto en ningún momento cómo yo cogía ese libro de sus estanterías de mierda, pero siempre sospechando de mí, porque estaba paseando por su librería con un libro bajo el brazo, me tendré que quitar la ropa cada vez que entre en el puto Corte Inglés porque a lo mejor sospechan que me la acabo de poner allí, en ese ángulo fuera de cámara, los zapatos en la tercera planta, la chaqueta en la quinta, y así hasta salir vestido de pies a cabeza, es a eso a lo que jugaba este dueño de librería, y al no encontrar el libro de Montaigne, que días más tarde me compraría en Taifa, Verdi 12, me dispuse a abandonar el habitáculo en el que nunca antes había entrado, y fue entonces, al pisar la acera, cuando el guardián de la librería me puso la mano en el hombro y me invitó a entrar de nuevo en su guarida y comprobar que el librito que llevaba bajo el brazo no pertenecía a su tienda, esa tienda en la que no había encontrado ni a Montaigne ni a Carver ni a Vila-Matas por supuesto no iba a tener esta pequeña joya que yo llevaba bajo el brazo, derecho, izquierdo, qué sé yo, y así entré yo de nuevo a la estancia, dispuesto a colaborar con la justicia mientras el dueño comprobaba en el ordenador el título del libro y me decía Según el ordenador, hay una copia, y se dirigía, ya culpándome de robo a cada paso, cada pisada una acusación, hacia la estantería donde supuestamente tendría que estar el librito.
Pero no estaba.
Y ahí él y yo, cara a cara, la fotografía del esperpento, cómo convencer a alguien ya ofuscado desde el primer momento en que te vio en su librería, quizá ofuscado desde el primer momento en el que vio la luz, cómo hacerle entender a un hombre que regenta una librería en la que no encuentras a Carver ni a Vila-Matas ni por supuesto a Montaigne que aquel librito que llevas bajo el brazo y que compraste en La Central es tuyo, porque lo pagaste en aquella librería, y recuerdas el día y el tiempo que hacía cuando lo compraste, qué le tengo que explicar a este hombre, que ni siquiera me ha visto tocar un libro de sus estanterías de mierda, huérfanas de al menos tres grandes nombres, cómo empezamos el debate si él ya casi marca el teléfono de la policía en cuanto me ve entrar, esa barba podría causarme problemas, piensa, tendré el teléfono a mano por lo que pueda pasar, y entonces me pregunta que por qué no le he puesto el nombre, y pienso también que sería buena idea poner una cinta con mi nombre en el cuello a cada camiseta y cada chaqueta, marcar también los pantalones y calcetines, ser, de nuevo, un compañero de clase de mi hijo de dos años, podría haber puesto en la primera página del libro: Diego Cruz -5º EGB- 86/87, y así aquel hombre se hubiera quedado tranquilo, me dijo también que llamase a alguien que supiera que yo tenía ese libro (sic), propuesta que me confirmó lo que ya sospechaba desde el primer momento: era idiota. Si a veces ni yo mismo te podría asegurar si tengo este o aquel libro, a quién quieres que llame para que te confirme que este es mío. Llamé a mi madre, que era imposible que lo supiese, pero al menos pensé que sería una buena forma de demostrarle al dueño de la tienda que no estaba solo, que había nacido de una mujer, que no era un forastero llegado de un lugar lejano y que, vagabundeando, había decidido robar en su librería de mierda. Los minutos pasaban; la vergüenza ajena que estábamos provocando a los dos clientes que iban a pagar algún lápiz o alguna mierda, no. Acabo de utilizar un punto y coma por primera vez en este blog. Luego miro a ver si me corresponde algún premio. Algo cae seguro. La cuestión es que el mismo hombre que me había acusado de robar un libro de su librería de mierda decidió que ya era hora de dejarme en paz, que estamos perdiendo el tiempo (sic), te tendré que creer (sick!), así fue como lo dijo el hombre sin alma y sin criterio, y así fue como di media vuelta y volví a salir, ahora ya de cuerpo entero, el sol en mi cara, a la calle, donde ahora todo el mundo con el que me cruzaba parecía acusarme de algo, en sus miradas compasión y desdén a partes iguales, incluso sabiendo que todas las personas con las que me cruzaba no podían haber presenciado la escena de la librería de mierda, de alguna manera yo creí entender que aquello había trascendido a todo el pueblo a través de un streaming raro emitido por las cámaras de seguridad de la tienda pero, a la vez, si aquella librería hubiese tenido cámaras de seguridad, por qué aquella escena, para qué todo aquel sufrimiento. Continué caminando hacia el parque objetivo inicial de mi paseo, pero me di media vuelta en la primera esquina que encontré, esperé y caminé más de la cuenta y llegué a aquella esquina cruzando por un paso de peatones cuando hacía varios metros que me hubiera girado ciento ochenta grados para retomar el camino a casa, pero pensé que todas esas personas que me estaban mirando quizá podrían sospechar de este gesto repentino y empezar a preguntarse el porqué y puede que alguna de ellas me barrara el paso y me interrogara, ¿no ibas para allá, por qué vuelves?, y yo no sabría que contestarle porque, era verdad, no tenía motivos para volver a casa y no ir al Parc del mil·leni, un poco de odio hacia la raza humana, puede, pero nada más, quién no siente eso cada día y continúa su camino al trabajo, a la compra, a buscar a los niños al colegio, quién no siente cada día odio hacia la raza humana, así, en general, y luego da media vuelta y vuelve a casa.
Dar media vuelta y volver a casa como solución a todo.
Y todo esto no sé a qué venía.
Pero no estaba.
Y ahí él y yo, cara a cara, la fotografía del esperpento, cómo convencer a alguien ya ofuscado desde el primer momento en que te vio en su librería, quizá ofuscado desde el primer momento en el que vio la luz, cómo hacerle entender a un hombre que regenta una librería en la que no encuentras a Carver ni a Vila-Matas ni por supuesto a Montaigne que aquel librito que llevas bajo el brazo y que compraste en La Central es tuyo, porque lo pagaste en aquella librería, y recuerdas el día y el tiempo que hacía cuando lo compraste, qué le tengo que explicar a este hombre, que ni siquiera me ha visto tocar un libro de sus estanterías de mierda, huérfanas de al menos tres grandes nombres, cómo empezamos el debate si él ya casi marca el teléfono de la policía en cuanto me ve entrar, esa barba podría causarme problemas, piensa, tendré el teléfono a mano por lo que pueda pasar, y entonces me pregunta que por qué no le he puesto el nombre, y pienso también que sería buena idea poner una cinta con mi nombre en el cuello a cada camiseta y cada chaqueta, marcar también los pantalones y calcetines, ser, de nuevo, un compañero de clase de mi hijo de dos años, podría haber puesto en la primera página del libro: Diego Cruz -5º EGB- 86/87, y así aquel hombre se hubiera quedado tranquilo, me dijo también que llamase a alguien que supiera que yo tenía ese libro (sic), propuesta que me confirmó lo que ya sospechaba desde el primer momento: era idiota. Si a veces ni yo mismo te podría asegurar si tengo este o aquel libro, a quién quieres que llame para que te confirme que este es mío. Llamé a mi madre, que era imposible que lo supiese, pero al menos pensé que sería una buena forma de demostrarle al dueño de la tienda que no estaba solo, que había nacido de una mujer, que no era un forastero llegado de un lugar lejano y que, vagabundeando, había decidido robar en su librería de mierda. Los minutos pasaban; la vergüenza ajena que estábamos provocando a los dos clientes que iban a pagar algún lápiz o alguna mierda, no. Acabo de utilizar un punto y coma por primera vez en este blog. Luego miro a ver si me corresponde algún premio. Algo cae seguro. La cuestión es que el mismo hombre que me había acusado de robar un libro de su librería de mierda decidió que ya era hora de dejarme en paz, que estamos perdiendo el tiempo (sic), te tendré que creer (sick!), así fue como lo dijo el hombre sin alma y sin criterio, y así fue como di media vuelta y volví a salir, ahora ya de cuerpo entero, el sol en mi cara, a la calle, donde ahora todo el mundo con el que me cruzaba parecía acusarme de algo, en sus miradas compasión y desdén a partes iguales, incluso sabiendo que todas las personas con las que me cruzaba no podían haber presenciado la escena de la librería de mierda, de alguna manera yo creí entender que aquello había trascendido a todo el pueblo a través de un streaming raro emitido por las cámaras de seguridad de la tienda pero, a la vez, si aquella librería hubiese tenido cámaras de seguridad, por qué aquella escena, para qué todo aquel sufrimiento. Continué caminando hacia el parque objetivo inicial de mi paseo, pero me di media vuelta en la primera esquina que encontré, esperé y caminé más de la cuenta y llegué a aquella esquina cruzando por un paso de peatones cuando hacía varios metros que me hubiera girado ciento ochenta grados para retomar el camino a casa, pero pensé que todas esas personas que me estaban mirando quizá podrían sospechar de este gesto repentino y empezar a preguntarse el porqué y puede que alguna de ellas me barrara el paso y me interrogara, ¿no ibas para allá, por qué vuelves?, y yo no sabría que contestarle porque, era verdad, no tenía motivos para volver a casa y no ir al Parc del mil·leni, un poco de odio hacia la raza humana, puede, pero nada más, quién no siente eso cada día y continúa su camino al trabajo, a la compra, a buscar a los niños al colegio, quién no siente cada día odio hacia la raza humana, así, en general, y luego da media vuelta y vuelve a casa.
Dar media vuelta y volver a casa como solución a todo.
Y todo esto no sé a qué venía.
viernes, septiembre 27, 2013
dolor latente
Estos últimos días he estado viendo en Youtube programas de Ilustres ignorantes, un espacio (nótese ¨espacio¨ para no repetir ¨programa¨) de humor que te recomendaría si no estuvieras tan así como estás tú. A mí me entretiene pero vete a saber a ti. A mí el Colubi y el Cansado me transmiten cosas buenas, una especie de paz interior tan absurda como inexplicable, si es que absurdo no supone ya inexplicable. Lo que pasa, la ca pasa, es que el programa lo echan, lo dan, lo emiten por el Plus, pronunciado [pli], y Plus significa Youtube.
La cuestión es que no quería hablarte de este programa sino de algo que he pensado mientras lo veía.
Para presentar el tema del que tratará el programa y alrededor del cual los tertulianos charlarán alegremente (digo tertulianos para abreviar, aunque con este paréntesis explicativo esté alargando más y, por tanto, entorpeciendo mucho el ritmo del texto, que hasta ahora era frenético, ágil, suave, vivo, bebop) durante poco más de media hora, se elige, el programa, el director del programa, no sé, alguien elige una escena de una película que represente o que hable del tema a tratar.
De todos los programas que he visto también había visto la película. La cosa a tratar aquí en esta entrada es que de algunas, de muchas, de casi todas las escenas, ni me acordaba. Y no sólo de la escena, sino de la película entera. Sabía haberla visto, pero no recordaba nada. Sabía que me había gustado o no, pero no recordaba nada más.
Es decir, una puta mierda.
Con esto a dónde quiero llegar no lo sé.
Para qué sirve haber visto una película si no la recuerdo. Para qué fui a ver Happiness, de Todd Solondz, solo, al puto Verdi, ¿fui solo?, ni de eso me acuerdo, para qué fui a verla si ahora mismo no sabría decirte nada de ella excepto lo del malrollismo, los losers, el feísmo, esos brazos caídos de la vida. Me gustaría acordarme de todos los diálogos de todas las películas que he visto. Y eso es la mayor estupidez que he escrito en este blog. O no, espera.
Escuché en una entrevista a Albert Serra, un chiflado que hace pelis (así, resumido), que de lo único, o de las pocas cosas, que se acordaba de La delgada línea roja era de la hierba, tallos de hierba.
Para qué sirve una película.
Es algo que se te queda dentro, una bacteria, que te infecta aunque luego no recuerdes nada.
Pregunto.
He visto películas que no he visto. Pregunto.
Tengo el cofre de Tarkovsky esperándome. Pero a lo mejor ya las he visto. Espero que no. Me costó sesenta euros.
Quizá las películas son sólo deleites fugaces, alegrías visuales, un chocolate negro pegado a nuestro paladar mientras se deshace y se mezcla con la saliva y luego a nuestro estómago y más tarde el azúcar a nuestra sangre y entonces allí siempre con nosotros, en nosotros.
Todo esto viene porque, en las intros de Ilustres ignorantes, me dio rabia descubrir, y no redescubrir, escenas de películas que me habían gustado. Y quizá no fue como verlas por primera vez, quizá hubo algún resorte que se activó dentro de mí. Me importa muy poco. Déjate de resortes.
Quiero creer que todas las películas que he visto me han formado como persona, educando mis gustos, creando un espíritu crítico (vaya, eh, creando un espíritu crítico, dónde hemos ido a parar), incluso aleccionándome para la vida.
Quiero creer que todas las películas que he visto,
los libros que he leído,
las canciones que he escuchado,
viven en algún lugar
dentro de mí,
concentrándose
cada vez más
en un punto concreto,
como un dolor latente,
siempre a punto de estallar.
sábado, agosto 31, 2013
cicatriz
El otro día me dio por escuchar el Tripping the live fantastic de McCartney, quizá veinte años desde la última vez. Un triple vinilo que me compré en Andorra, cuando ir a Andorra significaba algo.
Esta es la canción que abre el concierto, la gira de entonces.
Sin yo saberlo, la tenía dentro. Una cicatriz que descubres ahora, porque nunca antes habías acariciado ese centímetro de tu cuerpo con la delicadeza y precisión adecuadas para encontrarla.
Entonces recuerdas la caída y los olores y la ropa que llevabas y cómo todo al caer iba a cámara lenta. Y ahora tú, hoy, acariciando la cicatriz que ni siquiera recordabas tener, piensas en el tiempo pasado y en aquella poesía de Gil de Biedma.
Esta canción ni siquiera es buena, ni elegante, ni precisa, ni épica.
Es insulsa, simple, tosca.
Pero es mía.
Y me hace llorar cuando la acaricio.
Esta es la canción que abre el concierto, la gira de entonces.
Sin yo saberlo, la tenía dentro. Una cicatriz que descubres ahora, porque nunca antes habías acariciado ese centímetro de tu cuerpo con la delicadeza y precisión adecuadas para encontrarla.
Entonces recuerdas la caída y los olores y la ropa que llevabas y cómo todo al caer iba a cámara lenta. Y ahora tú, hoy, acariciando la cicatriz que ni siquiera recordabas tener, piensas en el tiempo pasado y en aquella poesía de Gil de Biedma.
Esta canción ni siquiera es buena, ni elegante, ni precisa, ni épica.
Es insulsa, simple, tosca.
Pero es mía.
Y me hace llorar cuando la acaricio.
viernes, agosto 23, 2013
tetas
1. Estoy oyendo crecer a mi hijo,
tumbado a mi lado, en la cama,
mientras yo escribo esto que tanto te gusta
y él ve vídeos de Lazy town
en el iPhone
antes de dormirse.
Estoy escuchando las vocecillas de los personajes de Lazy town
mientras escribo esto.
Bukowski escuchaba a Mahler.
2. Estoy leyendo
una biografía muy buena
de Bukowski.
La escribió Barry Miles y aquí la editó Circe.
Lo digo por si estabas pensando leer
una biografía de Bukowski,
que sea ésta.
3. Estuve viendo
el remake de Evil Dead
y me pareció una muy buena película.
La vería otra vez.
4. Estuvimos en Barcelona
esta tarde
y le compré a mi hijo una linterna pequeña
en el Decathlon,
para que alumbre lo que le apetezca,
una hoja allí, una hilera de hormigas acá,
cuando se nos haga de noche
durante nuestros paseos
vespertinos.
Antes
mi padre me había regalado
una botella de ron Saint James,
que compró en el colmado Quilez de Rambla Catalunya.
Es el ron que bebe Hemingway
en Paris era una fiesta.
Así soy yo.
5. Estoy pensando
que tengo
cuarenta seguidores.
Y eso sin enseñar las tetas.
tumbado a mi lado, en la cama,
mientras yo escribo esto que tanto te gusta
y él ve vídeos de Lazy town
en el iPhone
antes de dormirse.
Estoy escuchando las vocecillas de los personajes de Lazy town
mientras escribo esto.
Bukowski escuchaba a Mahler.
2. Estoy leyendo
una biografía muy buena
de Bukowski.
La escribió Barry Miles y aquí la editó Circe.
Lo digo por si estabas pensando leer
una biografía de Bukowski,
que sea ésta.
3. Estuve viendo
el remake de Evil Dead
y me pareció una muy buena película.
La vería otra vez.
4. Estuvimos en Barcelona
esta tarde
y le compré a mi hijo una linterna pequeña
en el Decathlon,
para que alumbre lo que le apetezca,
una hoja allí, una hilera de hormigas acá,
cuando se nos haga de noche
durante nuestros paseos
vespertinos.
Antes
mi padre me había regalado
una botella de ron Saint James,
que compró en el colmado Quilez de Rambla Catalunya.
Es el ron que bebe Hemingway
en Paris era una fiesta.
Así soy yo.
5. Estoy pensando
que tengo
cuarenta seguidores.
Y eso sin enseñar las tetas.
miércoles, junio 19, 2013
vital y ancestral
Pensaba yo ayer,
yo ayer, yoayer, mal,
pensaba ayer tarde mientras me cortaban el pelo,
CORTE DE PELO CHICO 11 EUROS, así, en negrita y cursiva lo anuncian en la puerta,
como queriendo decir
NO ESTAMOS DE BROMA, CHICO, ESTAMOS UTILIZANDO NEGRITA Y CURSIVA PORQUE NO-ESTAMOS-DE-BROMA,
11 euros, no está mal,
pensé,
aunque no fui a cortarme el pelo por lo barato del lugar sino por una necesidad vital y ancestral,
-al -al, fatal,
de trasquilar mi cabellera medio rizada y sin sentido a las puertas del verano,
pensaba, decía, mientras me cortaban el pelo con desgana,
ni siquiera me preguntó cómo lo quería, empezó a cortar como si fuéramos madre e hijo y no hubiera secretos entre nosotros,
la peluquera estaba en sus cosas,
o como si lo hiciera durante la publicidad de su programa favorito,
lo que la convertía de inmediato en alguien incompetente,
había en ella una desgana que casi podía apreciarse reflejada en el espejo,
como el calor de la llama de una vela,
haciéndolo todo borroso, temblando todo a su alrededor, todo difuminado
mientras ella se movía titubeante de aquí para allá,
ahora el secador,
ahora la navaja,
empezó a cortar sin preguntarme nada y le tuve que decir que lo quería corto que si quería coger la maquinilla para ir más rápido y me dijo
ah, vale, te lo corto un poco con tijeras y luego sigo con la maquinilla,
así me dijo,
ella ya tenía ese plan en la cabeza, qué le vamos a hacer, su idea era empezar con tijeras, aunque le iba a ser más fácil y rápido con maquinilla,
yo no soy muy exigente en este aspecto, al fin y al cabo es pelo, crece sin parar,
no soy muy exigente pero tampoco estúpido,
y aquella mujer sin ganas de estar ahí pese a ser la dueña,
como luego me dijo mi madre,
me hizo pensar en el precio
y me pregunté si 11 euros por aquello que estaba haciendo esa mujer incompetente era entonces caro o barato,
por supuesto que antes de entrar a la peluquería ese
CORTE DE PELO CHICO 11 EUROS
en negrita y cursiva daba a entender que era barato o, al menos, no era caro pero, ahora, entonces,
con la mujer esperando la vuelta de su programa favorito mientras decidía que aquel trasquilón no lo iba a notar nadie,
no me estaba pareciendo nada barato 11 euros,
y eso es lo que pensaba yo ayer,
qué es lo barato qué es lo caro,
pensaba en cómo la crisis nos afecta en estos pequeños grandes detalles,
cuando salgo de una peluquería con la sensación de que ha sido caro algo a priori barato
es que alguna cosa estoy estás está estamos estáis están haciendo mal,
y lo único que se me ocurre decir es:
este
no
es
el camino.
domingo, junio 03, 2012
la verdad
Ahora que ya está perdida toda esperanza,
muerto el enemigo,
saludado el anfitrión,
plantado el árbol,
llenada la copa de vino,
leída la carta de amor.
Ahora que ya está enterrado el abuelo,
tomada la pastilla,
acompañado en el sentimiento,
despedido el último tren,
acostado el niño,
cerrado el plano.
Ahora que ya están atados los cordones,
guardadas las chaquetas,
vistas para sentencia,
abiertas las tiendas,
besadas las manos,
hechas las maletas.
Ahora que ya está aprendido el poema,
realizada la ecuación,
ensayada la sonata,
estudiado el examen,
completado el ejercicio,
escrito como es debido.
Ahora que ya están caminados los caminos,
alimentados los gatos,
ganados los títulos,
cortadas las uñas,
reparadas las puertas,
traducidos los letreros.
Ahora que ya está escrita la mejor novela,
pintado el mejor cuadro,
compuesta la mejor canción,
filmada la mejor película,
fotografiada la mejor imagen,
elevado el más alto edificio.
Ahora
cuando nos damos cuenta de que ya está todo hecho,
atado, perdido, limpio, visto para sentencia,
ahora
ha llegado el momento
de decirle a mi hijo
la verdad,
de convencerle,
de asegurarle,
de entusiasmarle,
de transmitirle,
de apasionarle,
en definitiva,
es hora de decirle
que
todo
está
por hacer.
viernes, mayo 25, 2012
viernes, marzo 30, 2012
caballo
Esta canción y este vídeo y esta actuación demoledora se la dedico a mi amigo Lorenzo.
Porque un día fuimos jóvenes
y este caballo nos sacudió por dentro.
Porque un día fuimos jóvenes
y hoy todavía lo llevamos
al galope
por nuestras venas.
Porque un día fuimos jóvenes
y de vez en cuando se desboca
y nos sale por la nariz
como aquellos de las películas
que vuelven a la vida
después de ahogarse en el mar.
El agua salada por nuestra nariz.
No hay mayor recompensa.
Porque
y eso nunca lo olvidaremos
un día
fuimos jóvenes.
sábado, marzo 17, 2012
enseres
Cuando fui joven iba a conciertos. Lightning Bolt actúan entre el público. Los vi en Apolo. Fui con Jordi, un compañero de trabajo. Le invité porque pensé que le gustarían. Él tocaba la batería en un grupo heavy, podríamos decir. Todo muy naïf como puedes comprobar. Muy inocente. Resultó que le encantaron y luego se fue comprando los discos poco a poco, cuando comprarse discos tenía aquel toque mágico, ese nerviosismo juvenil. Sabes de lo que hablo. Pregunto. Qué será de Jordi. Era, es, una buena persona. Un heavy bueno. Aunque no he conocido de otro tipo. Era un amante de la naturaleza. Me lo imagino reforestando un bosque. Ahora, a estas horas de la noche. La luz de su cabaña. Alguien le llama a cenar. Él deja sus enseres con calma y sonríe al cielo estrellado mientras piensa Mañana seguiré. Así me lo imagino, con su camiseta de algún grupo heavy noruego. Me alegré de que disfrutase del concierto. Esos pequeños triunfos, ¿eh? Esos aciertos nos dan la vida.
Hace un tiempo y no sé a través de qué blog descubrí a Two Gallants. En realidad descubrí esta canción, que me gustó sin más. Me gustó mucho. No seguí indagando por miedo a que me defraudasen poco a poco. Por ahora disfruto de esta canción siempre que quiero. Algún día ya me decidiré a dar el paso.
A Los Punsetes los descubrí a través del blog de A.F.Mallo, que es fan por lo que dice. Esta canción me hace gracia y el vídeo también. Me estaré volviendo posmoderno o simplemente gilipollas. Es pregunta.
sábado, enero 28, 2012
éxtasis
La cosa empezó así.
Puede que para muchos de nosotros, hablo de mí pero te incluyo, sin ni siquiera ser conscientes, la vida nos empezase a finales del s.XIX en un paraje cercano a París.
Aquí podríamos decir que empezó mi vida, lo creas o no.
Qué extraño todo, te dirás.
Y digo la vida, no digo cualquier cosa.
Porque fue entonces cuando Debussy y su Arabesque nº1 lo iluminan todo, y los cinco minutos te hacen florecer.
Luego está Isao Tomita quien, casi un siglo después e influenciado por Wendy Carlos, se dispone a sintetizar obras clásicas. Entre ellas algunas piezas de Debussy, que incluye en un disco titulado Snowflakes are dancing (1974).
Francia, Japón.
Nueve años después, en 1983, nuestra tele emite por primera vez un programa que me sacude por dentro, como si yo, un niño de cinco años, pudiera entender lo que significa eso.
Aquella sacudida me recorre el cuerpo como el éxtasis a Santa Teresa.
Son las imágenes, es todo aquel mundo onírico, todas aquellas referencias culturales, qué sabíamos nosotros lo que era aquello, ese vanguardismo pero, sobre todo, la sintonía de la cabecera.
Quizá me entiendes, quizá no, lo único que quería decirte es que, al cabo de los años, no recordamos días sino momentos.
Y Arabesque nº1 interpretado por Isao Tomita siempre me conducirá al mismo momento.
Ese momento que vives sin darte cuenta y que pasa fugaz,
un destello en una tarde infantil,
pero que viene a tu memoria una y otra vez,
como queriendo explicarte
algo
algo que se te pasó por alto.
sábado, enero 07, 2012
el de la izquierda
Por si por un casual quieres saber más sobre mí: soy el de la izquierda.
Y no hay nada que hacer.
Desgraciadamente, estoy de acuerdo: luck is an attitude.
Por otro lado: odio al de la derecha.
miércoles, noviembre 09, 2011
despertar justo a tiempo

No nos quedan más comienzos.
George Steiner.
1. Jan se ha dormido con el Live 1966 de Bob Dylan. Con el disco 1, el acústico. No sé si es una buena señal. En concreto se ha quedado completamente dormido cuando sonaba Visions of Johanna, lo que no es del todo descabellado.
2. La brutalidad de los hechos. Entrevistas con Francis Bacon. Si quieres que te recomiende un libro, ahí lo tienes. Un libro para toda la vida.
3. Soy muy de Barbra Streisand. Es algo que deberías saber. Bueno, de una canción en concreto. You don't bring me flowers, a duo con Neil Diamond. Es una canción preciosa, piensa de mí lo que quieras. Puedo escucharla hasta que me la prohíba el Spotify. Imagínate. De todas formas, también escucho lo que me dice Pitchfork, quiero decir que no dejes de leerme por esto mío de la Streisand, no quiero que te vayas con otro por esta declaración a corazón abierto.
4. Jan se acaba de despertar justo a tiempo para escuchar Just like a woman.
Algún día me lo agradecerá.
Siempre pensaré que Bob Dylan nunca tendría que haber utilizado la armónica.
domingo, octubre 23, 2011
la tapa de un yogur
La silla por el suelo,
un vaso contra otro,
el flop de la nevera,
la tapa de un yogur,
el crujirte los dedos,
abrir un par de latas,
los muelles del colchón,
el volumen de los anuncios,
una página de diario,
la bolsa de basura,
abrir el cubo de la basura,
el pedal que abre
el cubo de la basura,
la madera por la noche,
un estornudo a las tres,
un mensaje de whattsup,
el cartero, ahora, el cartero,
la lavadora, la secadora y el espíritu santo,
el papel que envuelve el chocolate,
no el envoltorio, sino
el fino papel de aluminio
que envuelve el chocolate,
tirar de la cadena,
el secador,
cerrar una puerta,
caminar,
respirar,
respirar,
respirar,
todo siempre hará
demasiado ruido
cuando tu hijo
duerma.
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