sábado, abril 12, 2014

nadie me miró las rodillas

Mis abuelos tenían
un limonero
en el huerto

cuánto tiempo llevaba ese árbol
allí
qué más da

cogíamos limones
cuando mi abuela hacía paella

alguna vez
en las tardes de verano
trepaba por sus ramas
brazos de gigante
y me quedaba sentado
allí
viendo cómo
las hormigas
desfilaban por
u
n
a

h
o
j
a

podía pasarme horas
hasta que mis piernas
se empezaban a entumecer

estando allí, inmóvil,
los pájaros se posaban en las ramas
creyéndome parte del árbol
creyéndose a salvo

un día me caí
y me rasgué las rodillas
que empezaron a sangrar
cuando aparté la tierra
sangre bajo la tierra
una lava latente y poderosa
que necesitaba oxígeno
coger una bocanada de aire
y manifestarse como algo limpio
y vivo
y rojo

nadie se enteró
porque
nadie me miró las rodillas

hoy
cada vez que parto un limón
me acuerdo de mis abuelos
de la paella que nunca más comeré
de aquellas tardes de verano
dejando que las horas pasaran
como sombras chinescas
reflejadas en la pared

hoy
cada vez que parto un limón
hormigas trepan
por mi
p
i
e
r
n
a
que ya se empieza a entumecer

sangran mis rodillas
y vienen pájaros a mis manos
que se posan
en mis dedos

creyéndose

a salvo.

domingo, abril 06, 2014

el autor les saluda

El día veintitrés he pedido fiesta en el trabajo para ir a esto.
Ni que fuera el Primavera Sound.
Sólo quiero saludar al Zarraluki y, de alguna manera, pedirle perdón por haberle (¿haberlo? ¡Gabriela!) dejado abandonado.
Él que me quería tanto.

Siempre he pensado que las firmas en Sant Jordi son una oportunidad para dar las gracias. El verdadero lector no debería llevar un libro para que se lo firmara el autor (¡explícale esto a su editor!) sino sólo la mano extendida, los brazos abiertos, besos lanzados desde la yema de los dedos y que vayan cayendo aquí y allá, que la gente los pise y se mezclen con los pétalos de rosa que los niños irán recogiendo y guardando en los bolsillos de sus chaquetas, porque ese día nunca es del todo caluroso, y luego ya en casa la madre o el padre colgaría de nuevo la chaqueta en el armario del hijo, de la hija, y al cabo de unos días ya el anticiclón y la chaqueta guardada hasta el año que viene, aunque el año que viene ya no será de su talla y la madre o el padre decidirán guardarla en una de las cajas de tela que compraron para estos casos, y doblarán la chaqueta y la guardarán junto con toda la ropa de ese invierno y esa primavera, y la madre o el padre se subirán a ese taburete que compraron para estos casos y ajustarán la caja en el hueco de la estantería que tienen en el altillo para estos casos, y pasarán los años y el hijo o la hija tendrán hijos o hijas y en una conversación la madre o el padre, ahora abuelos, les recordarán que en el altillo tienen ropa de cuando eran pequeños, y el hijo o la hija deciden subir y abrir las cajas para escoger las prendas que más les gusten, y abren la caja donde estaba la chaqueta, que sigue ahí, por supuesto, quizá veinte años después y, al verla, recordarán aquel Sant Jordi y aquellos pétalos que fueron cogiendo del suelo para guardarlos en los bolsillos, y ahí estarían, pétalos de rosa enredados con los besos que la gente iba lanzando, y el hijo o la hija vaciarían los bolsillos de aquellos pétalos de rosa y se los llevarían para, más tarde, ya en casa, extenderlos sobre la cama y tumbarse encima y cerrar los ojos.

Sólo quiero saludar al Zarraluki y que Vila-Matas les dedique un libro a mis hijos, que todavía no saben leer, pero que algún día decidirán empezar París no se acaba nunca y descubrirán que en la primera página el autor les saluda.

Eso es lo único que quiero: dejarles pétalos entre las páginas.

miércoles, abril 02, 2014

{cejas arqueadas}

He empezado a leer Lolita, de Nabokov. Hace falta decir de Nabokov, pregunta seria, Gabriela, hace falta, cal, poner el nombre del autor cuando se trata de una obra clásica, o de un nuevo clásico o como le quieras llamar a Lolita o a La metamorfosis o a A sangre fría. Todo esto era una pregunta. Sigo preguntando: en qué momento se deja de decir el nombre del autor, como pasa con El Quijote, Cien años de soledad, Hamlet, yo qué sé, un montón más, nano. Quién o qué decide cuándo obviar el nombre del autor. Es el tiempo, pregunto, es la magnitud de la obra, pregunto, es el supuesto conocimiento que debe de tener el público la sociedad la masa, pregunto. 
La cuestión es que he empezado a leer Lolita, entre muchos motivos, después de leer un libro de poesías de Billy Collins, recogido en el más que recomendable Navegando a solas por la habitación (DVD Ediciones), titulado Picnic, rayos. Y al llegar a la poesía que daba título al libro, descubrí de dónde había salido: a modo de dedicatoria, el Collins copia y pega una frase de Lolita.

My very photogenic mother died in a freak accident (picnic, lightning) when I was three.

Que el traductor de este libro de Collins (Eduardo Moga) resuelve con gran acierto:

Mi muy fotogénica madre murió en un accidente absurdo (picnic, rayos) cuando yo tenía tres años.

Fue ese (picnic, rayos) así, entre paréntesis, el que me hizo coger el libro de Nabokov. Ese detalle. Un cuento dentro de ese paréntesis. Un cuento de dos palabras. Una novela de dos palabras. Hay en esas dos palabras separadas por una coma más historias que en toda la literatura española de los noventa. Por poner un ejemplo.

(picnic, rayos)
Qué puede hacer uno ante tanta maestría. 
Sólo una cosa: arrodillarse.
Lo deja ahí, como diciendo: no te voy a cansar con historias, tampoco vale la pena, sólo era mi madre. Y lo que hace Nabokov, con toda la intención, es llevarnos de la mano hasta ese día y dejarnos ahí, bajo un toldo que nos protege de la lluvia, a cierta distancia, imaginando lo que sucedió. (No sé si más adelante entrará en detalles, no he llegado).

(picnic, rayos)
La madre que lo parió. 

Pero cuál es mi sorpresa {cejas arqueadas} cuando llego a esta parte, al principio de la novela, y la traducción de Francesc Roca para Anagrama es esta:

Mi madre, muy fotogénica, murió a causa de un absurdo accidente (un rayo durante un picnic) cuando tenía yo tres años.

Por qué decide Francesc Roca traducir (picnic, lightning) como (un rayo durante un picnic) y deshacer la magia y la pureza y el encanto y la poesía y la majestuosidad que contenía y contiene (picnic, rayos). Parece como si hubiera pensado por un momento que quizá el lector no lo iba a comprender. No sé, digo yo. No le veo otra explicación. O quizá él lo tradujo como (picnic, rayos) y un corrector, o quien quiera que se encargue de supervisar el trabajo de un traductor, lo cambió por este (un rayo durante un picnic).
De todas formas, escojo sin dudar la frase entera traducida por Eduardo Moga (poeta), más limpia, ¡sin comas! y sin ese cuando tenía yo tres años, que me saca de quicio, de Francesc Roca.

Cuánta maestría me estoy perdiendo por no leer del original.

Cuánta.


miércoles, marzo 05, 2014

ya se gesta

Quiero hacer un documental.
Sobre este hombre.
Maurice Tillet.

Quiero hacer un documental significa que no lo haré pero dentro de mí ya se gesta y ya escribo el guión, imagino planos, ya contacto con amigos y familiares, ya tengo las preguntas, y ya me compro una cámara, ya viajo a los Urales, a Reims, a Massachusetts y a Chicago, y ya vuelvo a casa y ya lo edito y ya se estrena.
Con mucho dinero haría muchas cosas. Una de ellas, un documental sobre Maurice Tillet, del que no encuentro casi nada, por no decir nada.
Hay algo en este hombre que me pide un documental.
Un luchador profesional apodado El ángel francés. 


"El monstruoso ogro del cuadrilátero".
La persona en la que se basaron los creadores de Shrek. Aunque nunca lo hayan admitido.
Pero, sobre todo, un joven que con veinte años sufre acromegalia y tiene que cambiar su vida obligado por su aspecto físico.

Quiero hacer un documental sobre este hombre pero no lo haré.
Aunque dentro de mí ya se gesta.



viernes, febrero 28, 2014

should I?

No paro de mirar este vídeo. Esta tarde le di al play unas cien veces seguidas, no me preguntes por qué. Estoy a punto de que el FBI empiece a controlarme y le hablen de mí a Paul Rudd, le comenten lo de los visionados de esta tarde, simplemente queríamos que lo supieras, hijo, ándate con cuidado, le dirían.
Lo fácil que es entretenerme. Con un playback. ¡Batalla de playbacks!

Sobre todo miro la primera canción, la de Tina Turner.
Ese Should I? me noquea.



No paro de mirar este vídeo y muchos otros del programa de Jimmy Fallon, the Man, el mayor talento televisivo ahora mismo sobre la faz de la Tierra. Y es que si allí tienen a Jimmy Fallon, aquí tenemos a Pablo Motos, que es un quiero y no puedo de todo lo que ve en Youtube. Es como cuando imitábamos en el patio el regate de cola de vaca que le hizo Romario a Alkorta en aquel 5-0. Un quiero y no puedo. Pero nosotros, felices. Pues Pablo Motos igual. Él a lo suyo.

También miro de vez en cuando este otro, que es parte de la ceremonia de inauguración de los Emmys del 2010. Lo veo y pienso: tampoco parece tan difícil, por qué no se podría hacer, se hace, algo así en este bendito país. Qué falla, qué nos falla, pregunto: la música, los actores, presentadores, los cámaras, pregunto, eh, qué tienen ellos, humanos como nosotros, cuál es la fórmula, la ecuación. Y después de mucho pensar, bueno, tampoco tanto, despejo la x y la y.
x = talento.
y = dinero.



Podría seguir con vídeos de Jimmy Fallon toda la noche.
Este (no me dejan pegarlo en el blog [el autor que se excusa como si al lector le importara]) me gusta mucho también: una versión del Sexy and I know it cantado por su (brutal) imitación de Neil Young y la aparición estelar de Bruce Springsteen.
Aquí Pablo Motos imitaría a Alejandro Sanz cantando Corazón partío y al final saldría Miguel Ríos.
En fin.



domingo, febrero 16, 2014

ni por supuesto a Montaigne

Siempre que me rasco el sobaco pienso en Bukowski, en quién otra persona podría pensar. Y esta ensoñación me lleva, a su vez, a aquella tarde de mayo de dos mil seis en la que me acusaron de robar este libro. No te lo he contado. Pregunto. Quizá a ti sí, pero a lo mejor a ti no. La cosa va de que un día salí a pasear por Gavà, ciudad donde vivía por aquel entonces, con el Cultura/s y el libro de Bukowski bajo el brazo. Era miércoles. Estaba de excedencia. Me pedí una excedencia de un año en Fnac, donde estuve trabajando seis. El corrector me cambia excedencia por excelencia. Luego no volví, pero eso es lo de menos. Salí a pasear con la idea de llegar a un gran parque que hay cerca de casa, el Parc del mil·leni, una mezcla de parque y bosque bien cuidado, algo tan extravagante e impropio del Baix Llobregat que quizá sea ahí donde radique su magnetismo. Siempre que paso por ahí, camino de casa de mis padres, pienso en cuánto tardará alguien en prenderle fuego al bosque, cuándo empezarán a cortar los árboles para quemar la leña en barbacoas los domingos, cuándo, en definitiva, a alguien le dará por destruir lo único que vale la pena de esa ciudad. Por el camino entré en una (¿la única?) librería-papelería en la que nunca antes había entrado y en la que nunca jamás entraré, a no ser que algún día venga Bukowski a firmar libros. O Salinger. La culpa fue mía, parece el título de un disco de Luis Miguel, la culpa fue mía por entrar sin decirle al dueño de la tienda que llevaba conmigo mismo mío yo un libro bajo mi mismo brazo, el derecho, el izquierdo, qué sé yo. La culpa fue mía, sí, porque me di una vuelta por la librería buscando el Ensayos I de Montaigne, por qué me acuerdo de que era este no lo sé, a las cinco de la tarde, la persiana recién levantada, y toda persona que se pasea por una librería parece que es sospechosa, sobre todo en Gavà, donde lo normal es andar pintando símbolos fascistas por las paredes, entonces nadie me habría dicho nada, uno: déjalo, sólo está pintando una esvástica, el otro: ah, pensaba. Pasearse por una librería está penado en Gavà y en prácticamente todo el Baix Llobregat. Peor aún si llevas barba. Por eso la culpa fue mía, con el diario y el librito bajo el brazo, sin pensar ni siquiera en que el dueño me estaba siguiendo con la mirada, sin ver por supuesto en ningún momento cómo yo cogía ese libro de sus estanterías de mierda, pero siempre sospechando de mí, porque estaba paseando por su librería con un libro bajo el brazo, me tendré que quitar la ropa cada vez que entre en el puto Corte Inglés porque a lo mejor sospechan que me la acabo de poner allí, en ese ángulo fuera de cámara, los zapatos en la tercera planta, la chaqueta en la quinta, y así hasta salir vestido de pies a cabeza, es a eso a lo que jugaba este dueño de librería, y al no encontrar el libro de Montaigne, que días más tarde me compraría en Taifa, Verdi 12, me dispuse a abandonar el habitáculo en el que nunca antes había entrado, y fue entonces, al pisar la acera, cuando el guardián de la librería me puso la mano en el hombro y me invitó a entrar de nuevo en su guarida y comprobar que el librito que llevaba bajo el brazo no pertenecía a su tienda, esa tienda en la que no había encontrado ni a Montaigne ni a Carver ni a Vila-Matas por supuesto no iba a tener esta pequeña joya que yo llevaba bajo el brazo, derecho, izquierdo, qué sé yo, y así entré yo de nuevo a la estancia, dispuesto a colaborar con la justicia mientras el dueño comprobaba en el ordenador el título del libro y me decía Según el ordenador, hay una copia, y se dirigía, ya culpándome de robo a cada paso, cada pisada una acusación, hacia la estantería donde supuestamente tendría que estar el librito.

Pero no estaba.

Y ahí él y yo, cara a cara, la fotografía del esperpento, cómo convencer a alguien ya ofuscado desde el primer momento en que te vio en su librería, quizá ofuscado desde el primer momento en el que vio la luz, cómo hacerle entender a un hombre que regenta una librería en la que no encuentras a Carver ni a Vila-Matas ni por supuesto a Montaigne que aquel librito que llevas bajo el brazo y que compraste en La Central es tuyo, porque lo pagaste en aquella librería, y recuerdas el día y el tiempo que hacía cuando lo compraste, qué le tengo que explicar a este hombre, que ni siquiera me ha visto tocar un libro de sus estanterías de mierda, huérfanas de al menos tres grandes nombres, cómo empezamos el debate si él ya casi marca el teléfono de la policía en cuanto me ve entrar, esa barba podría causarme problemas, piensa, tendré el teléfono a mano por lo que pueda pasar, y entonces me pregunta que por qué no le he puesto el nombre, y pienso también que sería buena idea poner una cinta con mi nombre en el cuello a cada camiseta y cada chaqueta, marcar también los pantalones y calcetines, ser, de nuevo, un compañero de clase de mi hijo de dos años, podría haber puesto en la primera página del libro: Diego Cruz -5º EGB- 86/87, y así aquel hombre se hubiera quedado tranquilo, me dijo también que llamase a alguien que supiera que yo tenía ese libro (sic), propuesta que me confirmó lo que ya sospechaba desde el primer momento: era idiota. Si a veces ni yo mismo te podría asegurar si tengo este o aquel libro, a quién quieres que llame para que te confirme que este es mío. Llamé a mi madre, que era imposible que lo supiese, pero al menos pensé que sería una buena forma de demostrarle al dueño de la tienda que no estaba solo, que había nacido de una mujer, que no era un forastero llegado de un lugar lejano y que, vagabundeando, había decidido robar en su librería de mierda. Los minutos pasaban; la vergüenza ajena que estábamos provocando a los dos clientes que iban a pagar algún lápiz o alguna mierda, no. Acabo de utilizar un punto y coma por primera vez en este blog. Luego miro a ver si me corresponde algún premio. Algo cae seguro. La cuestión es que el mismo hombre que me había acusado de robar un libro de su librería de mierda decidió que ya era hora de dejarme en paz, que estamos perdiendo el tiempo (sic), te tendré que creer (sick!), así fue como lo dijo el hombre sin alma y sin criterio, y así fue como di media vuelta y volví a salir, ahora ya de cuerpo entero, el sol en mi cara, a la calle, donde ahora todo el mundo con el que me cruzaba parecía acusarme de algo, en sus miradas compasión y desdén a partes iguales, incluso sabiendo que todas las personas con las que me cruzaba no podían haber presenciado la escena de la librería de mierda, de alguna manera yo creí entender que aquello había trascendido a todo el pueblo a través de un streaming raro emitido por las cámaras de seguridad de la tienda pero, a la vez, si aquella librería hubiese tenido cámaras de seguridad, por qué aquella escena, para qué todo aquel sufrimiento. Continué caminando hacia el parque objetivo inicial de mi paseo, pero me di media vuelta en la primera esquina que encontré, esperé y caminé más de la cuenta y llegué a aquella esquina cruzando por un paso de peatones cuando hacía varios metros que me hubiera girado ciento ochenta grados para retomar el camino a casa, pero pensé que todas esas personas que me estaban mirando quizá podrían sospechar de este gesto repentino y empezar a preguntarse el porqué y puede que alguna de ellas me barrara el paso y me interrogara, ¿no ibas para allá, por qué vuelves?, y yo no sabría que contestarle porque, era verdad, no tenía motivos para volver a casa y no ir al Parc del mil·leni, un poco de odio hacia la raza humana, puede, pero nada más, quién no siente eso cada día y continúa su camino al trabajo, a la compra, a buscar a los niños al colegio, quién no siente cada día odio hacia la raza humana, así, en general, y luego da media vuelta y vuelve a casa.

Dar media vuelta y volver a casa como solución a todo.

Y todo esto no sé a qué venía.

miércoles, febrero 05, 2014

viernes, enero 31, 2014

labio inferior

Descubrí a Cream en un Sputnik de esos que presentaba el Bruno Sokolowicz. Vaya rompebragas, eh, el Sokolowicz. He tenido que mirar en Google cómo se escribía, no te pienses que somos amigos. La cuestión es que grabé el programa y luego lo fui viendo durante un tiempo. Eric Clapton en esta época se rizó el pelo en homenaje a su ídolo Jimmy Hendrix. Esto es algo que no sé dónde escuché. Como que José María Iñigo se dejó bigote como los Beatles del Sgt. Peppers. O como que cuando te cruzas con alguien caminando por la acera, la persona de mayor edad debe quedar en la parte interior. Es sabiduría popular de las mañanas de TVE.
Del vídeo me gustaba sobre todo la música, claro, pero no voy a negar un cierto pasmo ante las muecas de Clapton mientras punteaba. Esa boca torcida, el labio inferior medio succionado, aspirando toda la magia de aquel final de década.
Pero a lo que vamos: Strange brew es una canción de Disraeli Gears, un álbum de 1967. Si sabemos, como todo el mundo sabe, que Eric Clapton nació en 1945, la resta nos da la friolera de veintidós (22) años.
Yo a esa edad creo que dejé el currículum en Fnac. Y puede que alguna vez cruzara en rojo. Es lo más interesante que hice a los 22. Supongo que también está grabado por las cámaras de seguridad del Triangle. Una grabación de mi paseo deambulando por los pasillos de Fnac buscando el despacho de RR.HH. para hacer una entrevista.
Quizá los de discos tenían puesto el Disraeli Gears aquel día.
Imagínate. Vaya imagen para acabar. Un chaval de 22 años cantando de fondo mientras tú vas a tu primera entrevista de trabajo que consistirá, entre otras cosas, en ordenar los discos de este chaval que canta de fondo.
You've been chosen as an extra in the movie adaptation
            of the sequel to your life

Ahora no sé por qué me ha venido esta canción.

jueves, enero 30, 2014

no la vi en el cine

Pulp Fiction es del 94 y Tarantino nació en el 63. ¡Boom!: 31.
Me acuerdo de ver una y otra vez esta peli en una cinta VHS que no sé de dónde salió ni quién compraría, yo al menos no, o quizá sí, aunque tampoco podría decirte ni dónde ni por qué, vaya, no podría asegurar nada de mi propia vida, tiene gracia la cosa.
La cuestión es que no la vi en el cine, y eso no es algo que me guste recordar.
También me compré el guión, mucho más tarde, esto sí que lo recuerdo, y me sentí estúpidamente estafado al comprobar que el pasaje bíblico no coincidía literalmente.
No he encontrado todavía una Biblia que reproduzca exactamente las palabras de Jules.
Cuánta gente abriría por primera vez una Biblia después de esta peli.
Tarantino, el evangelizador.

domingo, enero 12, 2014

lava desconocida

Nadia Comaneci todavía no había cumplido los quince (15) años cuando hizo (el verbo hacer como comodín del que ya no da más de sí) esto que viene a continuación.
Una especie de conjuro, algo que va más allá de lo conocido, de lo que podemos llegar a entender, sólo hay que quedarse en silencio, qué otra cosa debemos hacer, el 11-S de la gimnasia, algo hipnótico, siempre como si fuera la primera vez o, mejor aún, recordando aquella primera vez, ahora ya conocemos los hechos, los movimientos, el desplome, los saltos, el impacto, el salto final, esa sonrisa triste de satisfacción, los espectadores, el que asiste a algo nuevo, aquí todo es nuevo, y la criatura que brinca y piruetea de aquí para allá apenas podríamos confirmar que es humana, un insecto ancestral, de dónde ha llegado, esa luz que la ilumina nace en su cuerpo, emana de él como el fulgor de una lava desconocida que lo ilumina todo a su paso.

jueves, enero 09, 2014

regalo del cielo

Aquí Freddie Mercury tenía cuarenta (40) años. Da igual que no entre en los cánones de la lista que estoy configurando porque esto que viene a continuación, que seguro que has visto, no lo llegará a hacer nadie más en la historia de la música pop.
Así que, debido a su naturaleza infranqueable, aquí tienes este regalo del cielo.
No sé cuánto costaría la entrada del concierto, pero sólo con estos dos minutos ya puedo decir que fue barata.

lunes, enero 06, 2014

todo bien

David Lynch (1946)
El hombre elefante (1980)
Treinta y cuatro (34) años.
Todo bien.
Seguimos.

domingo, enero 05, 2014

zumbido eterno

Empiezo una nueva serie en este bendito y caduco ya blog, qué haremos con este blog, lo cierro, pregunto, pienso en cerrarlo tantas veces como en irme a dormir, imagínate, al día, veinticuatro horas, al menos una vez a la hora pienso en irme a dormir, veinticuatro veces como mínimo al día también pienso en acabar de una vez por todas con esta lacra que me persigue desde hace ya siete años, a quién pienso engañar, a dónde quiero llegar, cuál es mi objetivo, no lo sé, alguien lo sabe, pregunto, nadie, pues empiezo decía una nueva serie de veinte entradas, qué digo veinte, signo de admiración-quizá sólo tres-signo de admiración, puede que una, sólo esta que hoy presento en sociedad, abro paréntesis, por cierto, yo sigo acentuando sólo cuando creo que ya no se acentúa, cometo, por tanto, ahora, una falta de ortografía, pregunto, cierro paréntesis, en fin, nobody knows, una, veinte, qué más da, aunque siempre prepárate para la decepción, la cuestión es que vivirán bajo la etiqueta tot està per fer i tot és possible, y es que todavía no te he explicado de qué va la fanfarria absurda que voy a perpetrar, pues se trata simplemente de hacer una lista de mis artistas favoritos de todos los tiempos, en todos los ámbitos artísticos, esto no hacía falta ponerlo, artistas favoritos, ya me entiendes, músicos, pintores, directores de cine, actores, actrices, puntos suspensivos, hacer una lista de estos artistas y de una de sus obras preferidas, peli, canción, cuadro, y descubrirle al mundo, a ti, a mí, qué edad tenían cuando la crearon, ajá, ahí estamos llegando a algo bueno, eh, la edad que tenía tu cantante favorito cuando cantaba tu canción favorita, sí, es deprimente, sobre todo si sobrepasas los treinta, treinta y cinco en mi caso particular mío de mí, cuando pasas la barrera de los treinta, eh, vaya mierda, aunque se diga que no, es una puta mierda, porque todo el colchón que significaban los veinte para hacer algo, algo nuevo, importante, se ha ido caracoleando por el desagüe de la bañera, tan llena que estaba, cómo es posible, a la mierda, veinte, veintitrés, veinticinco, va, todavía veintiocho, bum, treinta, y ahora los años parecen ir de dos en dos, en el mejor de los casos, y entonces te descubres diciendo, joder, pero ¿el año pasado no tenía treinta y dos?, cómo es que hoy cumplo treinta y cuatro, ¿y mis treinta y tres?, y así cada año, un lamento continuo de fondo, como un zumbido que no sabes de dónde puede proceder, será algún aparato que tienen conectado los vecinos, te preguntas, no, y una mierda, eres tú, es tu PUTO TIEMPO PERDIDO, que suena así, como un zumbido eterno, pero está dentro de tu cabeza, no te preocupes, ahora no culpes a tus vecinos, face your fears, pues eso es lo que quiero hacer ahora, estos días, esa lista de artistas y sus obras, esos latigazos que me quiero infligir porque sí, esos putos clavos que me voy a clavar en la muñeca para sostenerme en la cruz, alguien me tendrá que ayudar con el de la mano derecha, eso sí, treinta y cinco años, ya verás qué sorpresas, una detrás de otra, si ya sólo pensando en el puto club de los veintisiete se te cae el alma a los pies, por ponerte un ejemplo rápido y jugoso, bien, todo esto viene porque escuché que Alice Munro (1931) publicó su primer libro de cuentos a los treinta y siete años, Dance of the happy shades (1968), lo que me provocó una estúpida alegría difícil de explicar a estas horas de la mañana, como si alguien me dijera Mira, todavía puedes ganar el Nobel (risas enlatadas grabadas en cassette) y, a su vez, me dio por pensar de nuevo, algo que he estado haciendo desde los quince años, en la edad de todos los artistas a los que admiro y he admirado cuando crearon aquella canción que te ha acompañado siempre, aquella película que te emociona una y otra vez, aquel libro, aquel cuadro, aquel todo, y ese es el motivo de esta entrada, de estas entradas, veinte, quizá cinco, puede que dos, o sólo esta con la que me decido a empezar, y el verso de Martí i Pol bajo el que se agruparán, ese verso ya tan de todos, tan de la gente, tan pop, ese verso que es un canto a la esperanza, resume aquí todo el sentir contrario, el bajar los brazos, dejar caer los hombros, tú ya con treinta y cinco, qué hay que hacer con treinta y cinco años cuando ves a estos artistas, qué hay que hacer, alguien lo sabe, nadie, pregunto, y afirmo. Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde.
Sin más, empiezo.

Joe Cocker nació en 1944.
Cuando actuó en Woodstock, teniendo en cuenta que el concierto se celebró en 1969, Cocker tenía la friolera de veinticinco (25) años.
Qué hacías tú a los veinticinco.
Qué hacía yo: entre otras cosas, ordenar sus discos en una tienda.
Él bebía y cantaba, y siempre parecía que le iba la vida en ello.
Quizá esta es la mejor versión que se ha hecho nunca de una canción.
Veinticinco años.
Ahí va.

jueves, noviembre 21, 2013

velo negro


El ojo
de un monstruo marino.
La lotería de Navidad como algo terrorífico.
Una criatura abisal
que surge para castigarnos.
El mar ruge
y ella acecha.
Veintidós de diciembre
como fecha premonitoria de la embestida.

El ojo
de un monstruo marino.
Sólo
furia
en él.
Dentro del iris,
el nacimiento de Jesús.
Dentro de esa cólera,
la paz de un establo.
El nacimiento del cristianismo como núcleo
de la maldad.
Ese quizá mensaje
ya no tan subliminal.
Nadie se esperaba que el horror surgiría de lo más profundo,
ahora.
Serie 011. Fracción 14.
El lugar
donde habita la bestia.
Como uno de los círculos
del Infierno de Dante.
El monstruo marino que parece
haber emergido
para tomar aire.
Quizá para tomar impulso.
El agua cubre su lomo
y la luz del sol
centellea
sobre su piel.

El ojo de un monstruo marino.
Cthulhu.
Leviatán.
Quién sabe cuánto tiempo estuvo
esperando este momento.

¿Y si cae aquí?

La que tendría que ser una pregunta llena de esperanza,
se cubre con un velo
negro.

Ahora
sólo
desasosiego.

viernes, noviembre 15, 2013

no es sino

Quién sabe si todo esto que está pasando en Madrid no es sino una gran performance de Tracey Emin.


menos

Si tuviera diez años menos, este sería mi grupo favorito.

sábado, noviembre 09, 2013

umbral

Hay más Arte en estos cinco minutos de canción, en este trozo de acera, en este umbral, que en todo el pop español de la década de los noventa. Por poner un ejemplo.
Disfruta, anda, aunque no te guste lo cubano. Esto va más allá.

lunes, octubre 28, 2013

totems

A ver, dos cosas que se me quedaron en el tintero, tampoco nada del otro mundo.

Una. Estoy pasando la etapa más theloniousmonkiana que yo recuerde. Sobre todo después de ver el documental Straight no chaser, que no sé por qué ni siquiera sabía de su existencia. ¡No sé por qué!
Hay varias perlas, elijo dos: 1) el baile demente en el aeropuerto (51:45-52:30) bajo la incrédula mirada de pasajeros y policía, y 2) Monk, metido en la cama, pidiendo hígado de pollo para comer al servicio de habitaciones del hotel (57:40)
Fíjate cómo algunas de sus frases no están subtituladas simplemente porque son ininteligibles.
De todas formas, y dejando de lado estas curiosidades, el documental refleja la vida de un genio que, como tal, no vive en este mundo, no es de este mundo, no está en este mundo. Sólo hay que ver cualquiera de las actuaciones aquí registradas.
Me pregunto cuánto de su manera de tocar el piano, pureza y germen del bebop, emerge de su mente alienada y, por tanto, qué grande es la importancia de la locura en el arte, cómo la historia del arte y, con ella, la historia del mundo, está ligada (casi) siempre a la locura. Pensándolo bien, no hay arte sin locura.
El tema con el que cierra el documental, I love you sweetheart of all my dreams, es uno de mis totems.



Dos. Siguiendo con la locura, conseguí el gorro. Lo tuve que encargar en Sombrerería mil, ahí en Fontanella, en el centro, lleva casi cien años. Me tomaron las medidas, tuvieron que llamar a varios especialistas para que dieran cuenta de mi perímetro craneal, y lo pidieron. A los quince días ya lo tenía. Directo de París. Piel de astracán. Setenta euros. No es exactamente igual porque no es gris, es negro. Pero ahora, después de disfrutar con este documental, casi lo prefiero. A ver si llega ya el puto frío y me lo puedo poner, aunque sea para salir a tirar la basura, yo qué sé, aquí en Begues no hay clubs de jazz, joder.