lunes, febrero 18, 2013

una hoja seca del suelo



Verrà la morte e avrà i tuoi occhi
Mi hijo duerme la siesta mientras yo descubro esta foto, ganadora del World Press Photo 2013, que me golpea el estómago del alma y me hace llorar.
Jan duerme la siesta en su cuna y yo estoy tumbado en la cama, con el portátil encima de mi barriga, mirando fijamente la pantalla que sube y baja y me confirma que sigo vivo.
Jan duerme a mi lado, en su cuna, los brazos estirados hacia arriba, como si en el largo sueño que estuviera teniendo celebrase algún triunfo, de forma respetuosa, eso sí, casi sin querer que los demás descubriéramos su felicidad.
Jan celebra un triunfo en sueños, quizá ha conseguido coger una galleta de la mesa, justo donde ayer no alcanzaba.
Miro la pantalla que sube y baja y que parece mover ligeramente este río de tristeza, este mudo descenso al abismo que es la foto.
Miro a Jan durmiendo la siesta y, como casi siempre, compruebo que su barriguita también suba y baje. Ahora frunce el ceño ahora sonríe ahora da media vuelta y cruza los brazos.

Conozco a esos niños. Los he visto jugar con Jan en el parque, han compartido una galleta, se han regalado una hoja seca del suelo, se han empujado sin querer y luego se han pedido perdón, se han tirado juntos por el tobogán, se han sacudido la arena de las rodillas y se han limpiado las manos en la camiseta.
Todos los niños tienen la misma arena debajo de la uñas. En la foto no lo podemos apreciar, pero así es.

Como en La flecha del tiempo, imagino a estos hombres caminando hacia atrás y llevando los cuerpos muertos de los niños hasta el lugar de la explosión donde los depositarán llorando en el suelo mientras un misil se alejará hasta introducirse en un cañón y los hombres se irán corriendo y gritando mientras los niños vuelven a la vida y una pelota rueda hacia sus pies de entre los escombros que ahora se agrupan y forman una casa y luego otra y de esta casa sale una mujer que les quita un bocadillo a cada uno y vuelve a entrar con los dos bocadillos y los abre y guarda los trozos de queso que contenían y fabrica con los pedazos una barra de pan que devuelve a la panadería mientras los niños siguen jugando en la calle.

Imagino a esta marea de tristeza caminando hacia atrás y vuelvo a mirar a los niños envueltos en sus mortajas, que ya no meriendan, que ya no juegan a pelota, que ya no sacuden la arena de sus rodillas, que ya no duermen la siesta, que ya no levantan los brazos hacia arriba, que ya no sueñan ningún triunfo.

Que ya nada.



                                                                                                                   Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
– esta muerte que nos acompaña 
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo pesar 
o un vicio absurdo. Tus ojos 
serán una vana palabra, 
un grito callado, un silencio. 
Así los ves cada mañana 
cuando sola te inclinas ante el espejo. Oh esperanza, 
ese día también nosotros sabremos 
que eres la vida y eres la nada. 

Para todos la muerte tiene una mirada. 
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. 
Será como abandonar un vicio, 
como ver aparecer en el espejo 
un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos al abismo mudos.


Cesare Pavese, 1950

4 comentarios:

S. dijo...

Don't you think it would all be fine if you just stopped teaching your children to hate?

g dijo...

Ay.

Mònica Bedmar Llaudó dijo...

He visualizado todo el proceso inverso. Me parece un texto genial. Un abrazo :)

elena cruz dijo...

:,( :,)
qué triste, qué bonito.