No paro de mirar este vídeo. Esta tarde le di al play unas cien veces seguidas, no me preguntes por qué. Estoy a punto de que el FBI empiece a controlarme y le hablen de mí a Paul Rudd, le comenten lo de los visionados de esta tarde, simplemente queríamos que lo supieras, hijo, ándate con cuidado, le dirían.
Lo fácil que es entretenerme. Con un playback. ¡Batalla de playbacks!
Sobre todo miro la primera canción, la de Tina Turner.
Ese Should I? me noquea.
No paro de mirar este vídeo y muchos otros del programa de Jimmy Fallon, the Man, el mayor talento televisivo ahora mismo sobre la faz de la Tierra. Y es que si allí tienen a Jimmy Fallon, aquí tenemos a Pablo Motos, que es un quiero y no puedo de todo lo que ve en Youtube. Es como cuando imitábamos en el patio el regate de cola de vaca que le hizo Romario a Alkorta en aquel 5-0. Un quiero y no puedo. Pero nosotros, felices. Pues Pablo Motos igual. Él a lo suyo.
También miro de vez en cuando este otro, que es parte de la ceremonia de inauguración de los Emmys del 2010. Lo veo y pienso: tampoco parece tan difícil, por qué no se podría hacer, se hace, algo así en este bendito país. Qué falla, qué nos falla, pregunto: la música, los actores, presentadores, los cámaras, pregunto, eh, qué tienen ellos, humanos como nosotros, cuál es la fórmula, la ecuación. Y después de mucho pensar, bueno, tampoco tanto, despejo la x y la y.
x = talento.
y = dinero.
Podría seguir con vídeos de Jimmy Fallon toda la noche.
Este (no me dejan pegarlo en el blog [el autor que se excusa como si al lector le importara]) me gusta mucho también: una versión del Sexy and I know it cantado por su (brutal) imitación de Neil Young y la aparición estelar de Bruce Springsteen.
Aquí Pablo Motos imitaría a Alejandro Sanz cantando Corazón partío y al final saldría Miguel Ríos.
En fin.
viernes, febrero 28, 2014
should I?
domingo, febrero 16, 2014
ni por supuesto a Montaigne
Siempre que me rasco el sobaco pienso en Bukowski, en quién otra persona podría pensar. Y esta ensoñación me lleva, a su vez, a aquella tarde de mayo de dos mil seis en la que me acusaron de robar este libro. No te lo he contado. Pregunto. Quizá a ti sí, pero a lo mejor a ti no. La cosa va de que un día salí a pasear por Gavà, ciudad donde vivía por aquel entonces, con el Cultura/s y el libro de Bukowski bajo el brazo. Era miércoles. Estaba de excedencia. Me pedí una excedencia de un año en Fnac, donde estuve trabajando seis. El corrector me cambia excedencia por excelencia. Luego no volví, pero eso es lo de menos. Salí a pasear con la idea de llegar a un gran parque que hay cerca de casa, el Parc del mil·leni, una mezcla de parque y bosque bien cuidado, algo tan extravagante e impropio del Baix Llobregat que quizá sea ahí donde radique su magnetismo. Siempre que paso por ahí, camino de casa de mis padres, pienso en cuánto tardará alguien en prenderle fuego al bosque, cuándo empezarán a cortar los árboles para quemar la leña en barbacoas los domingos, cuándo, en definitiva, a alguien le dará por destruir lo único que vale la pena de esa ciudad. Por el camino entré en una (¿la única?) librería-papelería en la que nunca antes había entrado y en la que nunca jamás entraré, a no ser que algún día venga Bukowski a firmar libros. O Salinger. La culpa fue mía, parece el título de un disco de Luis Miguel, la culpa fue mía por entrar sin decirle al dueño de la tienda que llevaba conmigo mismo mío yo un libro bajo mi mismo brazo, el derecho, el izquierdo, qué sé yo. La culpa fue mía, sí, porque me di una vuelta por la librería buscando el Ensayos I de Montaigne, por qué me acuerdo de que era este no lo sé, a las cinco de la tarde, la persiana recién levantada, y toda persona que se pasea por una librería parece que es sospechosa, sobre todo en Gavà, donde lo normal es andar pintando símbolos fascistas por las paredes, entonces nadie me habría dicho nada, uno: déjalo, sólo está pintando una esvástica, el otro: ah, pensaba. Pasearse por una librería está penado en Gavà y en prácticamente todo el Baix Llobregat. Peor aún si llevas barba. Por eso la culpa fue mía, con el diario y el librito bajo el brazo, sin pensar ni siquiera en que el dueño me estaba siguiendo con la mirada, sin ver por supuesto en ningún momento cómo yo cogía ese libro de sus estanterías de mierda, pero siempre sospechando de mí, porque estaba paseando por su librería con un libro bajo el brazo, me tendré que quitar la ropa cada vez que entre en el puto Corte Inglés porque a lo mejor sospechan que me la acabo de poner allí, en ese ángulo fuera de cámara, los zapatos en la tercera planta, la chaqueta en la quinta, y así hasta salir vestido de pies a cabeza, es a eso a lo que jugaba este dueño de librería, y al no encontrar el libro de Montaigne, que días más tarde me compraría en Taifa, Verdi 12, me dispuse a abandonar el habitáculo en el que nunca antes había entrado, y fue entonces, al pisar la acera, cuando el guardián de la librería me puso la mano en el hombro y me invitó a entrar de nuevo en su guarida y comprobar que el librito que llevaba bajo el brazo no pertenecía a su tienda, esa tienda en la que no había encontrado ni a Montaigne ni a Carver ni a Vila-Matas por supuesto no iba a tener esta pequeña joya que yo llevaba bajo el brazo, derecho, izquierdo, qué sé yo, y así entré yo de nuevo a la estancia, dispuesto a colaborar con la justicia mientras el dueño comprobaba en el ordenador el título del libro y me decía Según el ordenador, hay una copia, y se dirigía, ya culpándome de robo a cada paso, cada pisada una acusación, hacia la estantería donde supuestamente tendría que estar el librito.
Pero no estaba.
Y ahí él y yo, cara a cara, la fotografía del esperpento, cómo convencer a alguien ya ofuscado desde el primer momento en que te vio en su librería, quizá ofuscado desde el primer momento en el que vio la luz, cómo hacerle entender a un hombre que regenta una librería en la que no encuentras a Carver ni a Vila-Matas ni por supuesto a Montaigne que aquel librito que llevas bajo el brazo y que compraste en La Central es tuyo, porque lo pagaste en aquella librería, y recuerdas el día y el tiempo que hacía cuando lo compraste, qué le tengo que explicar a este hombre, que ni siquiera me ha visto tocar un libro de sus estanterías de mierda, huérfanas de al menos tres grandes nombres, cómo empezamos el debate si él ya casi marca el teléfono de la policía en cuanto me ve entrar, esa barba podría causarme problemas, piensa, tendré el teléfono a mano por lo que pueda pasar, y entonces me pregunta que por qué no le he puesto el nombre, y pienso también que sería buena idea poner una cinta con mi nombre en el cuello a cada camiseta y cada chaqueta, marcar también los pantalones y calcetines, ser, de nuevo, un compañero de clase de mi hijo de dos años, podría haber puesto en la primera página del libro: Diego Cruz -5º EGB- 86/87, y así aquel hombre se hubiera quedado tranquilo, me dijo también que llamase a alguien que supiera que yo tenía ese libro (sic), propuesta que me confirmó lo que ya sospechaba desde el primer momento: era idiota. Si a veces ni yo mismo te podría asegurar si tengo este o aquel libro, a quién quieres que llame para que te confirme que este es mío. Llamé a mi madre, que era imposible que lo supiese, pero al menos pensé que sería una buena forma de demostrarle al dueño de la tienda que no estaba solo, que había nacido de una mujer, que no era un forastero llegado de un lugar lejano y que, vagabundeando, había decidido robar en su librería de mierda. Los minutos pasaban; la vergüenza ajena que estábamos provocando a los dos clientes que iban a pagar algún lápiz o alguna mierda, no. Acabo de utilizar un punto y coma por primera vez en este blog. Luego miro a ver si me corresponde algún premio. Algo cae seguro. La cuestión es que el mismo hombre que me había acusado de robar un libro de su librería de mierda decidió que ya era hora de dejarme en paz, que estamos perdiendo el tiempo (sic), te tendré que creer (sick!), así fue como lo dijo el hombre sin alma y sin criterio, y así fue como di media vuelta y volví a salir, ahora ya de cuerpo entero, el sol en mi cara, a la calle, donde ahora todo el mundo con el que me cruzaba parecía acusarme de algo, en sus miradas compasión y desdén a partes iguales, incluso sabiendo que todas las personas con las que me cruzaba no podían haber presenciado la escena de la librería de mierda, de alguna manera yo creí entender que aquello había trascendido a todo el pueblo a través de un streaming raro emitido por las cámaras de seguridad de la tienda pero, a la vez, si aquella librería hubiese tenido cámaras de seguridad, por qué aquella escena, para qué todo aquel sufrimiento. Continué caminando hacia el parque objetivo inicial de mi paseo, pero me di media vuelta en la primera esquina que encontré, esperé y caminé más de la cuenta y llegué a aquella esquina cruzando por un paso de peatones cuando hacía varios metros que me hubiera girado ciento ochenta grados para retomar el camino a casa, pero pensé que todas esas personas que me estaban mirando quizá podrían sospechar de este gesto repentino y empezar a preguntarse el porqué y puede que alguna de ellas me barrara el paso y me interrogara, ¿no ibas para allá, por qué vuelves?, y yo no sabría que contestarle porque, era verdad, no tenía motivos para volver a casa y no ir al Parc del mil·leni, un poco de odio hacia la raza humana, puede, pero nada más, quién no siente eso cada día y continúa su camino al trabajo, a la compra, a buscar a los niños al colegio, quién no siente cada día odio hacia la raza humana, así, en general, y luego da media vuelta y vuelve a casa.
Dar media vuelta y volver a casa como solución a todo.
Y todo esto no sé a qué venía.
Pero no estaba.
Y ahí él y yo, cara a cara, la fotografía del esperpento, cómo convencer a alguien ya ofuscado desde el primer momento en que te vio en su librería, quizá ofuscado desde el primer momento en el que vio la luz, cómo hacerle entender a un hombre que regenta una librería en la que no encuentras a Carver ni a Vila-Matas ni por supuesto a Montaigne que aquel librito que llevas bajo el brazo y que compraste en La Central es tuyo, porque lo pagaste en aquella librería, y recuerdas el día y el tiempo que hacía cuando lo compraste, qué le tengo que explicar a este hombre, que ni siquiera me ha visto tocar un libro de sus estanterías de mierda, huérfanas de al menos tres grandes nombres, cómo empezamos el debate si él ya casi marca el teléfono de la policía en cuanto me ve entrar, esa barba podría causarme problemas, piensa, tendré el teléfono a mano por lo que pueda pasar, y entonces me pregunta que por qué no le he puesto el nombre, y pienso también que sería buena idea poner una cinta con mi nombre en el cuello a cada camiseta y cada chaqueta, marcar también los pantalones y calcetines, ser, de nuevo, un compañero de clase de mi hijo de dos años, podría haber puesto en la primera página del libro: Diego Cruz -5º EGB- 86/87, y así aquel hombre se hubiera quedado tranquilo, me dijo también que llamase a alguien que supiera que yo tenía ese libro (sic), propuesta que me confirmó lo que ya sospechaba desde el primer momento: era idiota. Si a veces ni yo mismo te podría asegurar si tengo este o aquel libro, a quién quieres que llame para que te confirme que este es mío. Llamé a mi madre, que era imposible que lo supiese, pero al menos pensé que sería una buena forma de demostrarle al dueño de la tienda que no estaba solo, que había nacido de una mujer, que no era un forastero llegado de un lugar lejano y que, vagabundeando, había decidido robar en su librería de mierda. Los minutos pasaban; la vergüenza ajena que estábamos provocando a los dos clientes que iban a pagar algún lápiz o alguna mierda, no. Acabo de utilizar un punto y coma por primera vez en este blog. Luego miro a ver si me corresponde algún premio. Algo cae seguro. La cuestión es que el mismo hombre que me había acusado de robar un libro de su librería de mierda decidió que ya era hora de dejarme en paz, que estamos perdiendo el tiempo (sic), te tendré que creer (sick!), así fue como lo dijo el hombre sin alma y sin criterio, y así fue como di media vuelta y volví a salir, ahora ya de cuerpo entero, el sol en mi cara, a la calle, donde ahora todo el mundo con el que me cruzaba parecía acusarme de algo, en sus miradas compasión y desdén a partes iguales, incluso sabiendo que todas las personas con las que me cruzaba no podían haber presenciado la escena de la librería de mierda, de alguna manera yo creí entender que aquello había trascendido a todo el pueblo a través de un streaming raro emitido por las cámaras de seguridad de la tienda pero, a la vez, si aquella librería hubiese tenido cámaras de seguridad, por qué aquella escena, para qué todo aquel sufrimiento. Continué caminando hacia el parque objetivo inicial de mi paseo, pero me di media vuelta en la primera esquina que encontré, esperé y caminé más de la cuenta y llegué a aquella esquina cruzando por un paso de peatones cuando hacía varios metros que me hubiera girado ciento ochenta grados para retomar el camino a casa, pero pensé que todas esas personas que me estaban mirando quizá podrían sospechar de este gesto repentino y empezar a preguntarse el porqué y puede que alguna de ellas me barrara el paso y me interrogara, ¿no ibas para allá, por qué vuelves?, y yo no sabría que contestarle porque, era verdad, no tenía motivos para volver a casa y no ir al Parc del mil·leni, un poco de odio hacia la raza humana, puede, pero nada más, quién no siente eso cada día y continúa su camino al trabajo, a la compra, a buscar a los niños al colegio, quién no siente cada día odio hacia la raza humana, así, en general, y luego da media vuelta y vuelve a casa.
Dar media vuelta y volver a casa como solución a todo.
Y todo esto no sé a qué venía.
miércoles, febrero 05, 2014
tampoco
viernes, enero 31, 2014
labio inferior
Descubrí a Cream en un Sputnik de esos que presentaba el Bruno Sokolowicz. Vaya rompebragas, eh, el Sokolowicz. He tenido que mirar en Google cómo se escribía, no te pienses que somos amigos. La cuestión es que grabé el programa y luego lo fui viendo durante un tiempo. Eric Clapton en esta época se rizó el pelo en homenaje a su ídolo Jimmy Hendrix. Esto es algo que no sé dónde escuché. Como que José María Iñigo se dejó bigote como los Beatles del Sgt. Peppers. O como que cuando te cruzas con alguien caminando por la acera, la persona de mayor edad debe quedar en la parte interior. Es sabiduría popular de las mañanas de TVE.
Del vídeo me gustaba sobre todo la música, claro, pero no voy a negar un cierto pasmo ante las muecas de Clapton mientras punteaba. Esa boca torcida, el labio inferior medio succionado, aspirando toda la magia de aquel final de década.
Pero a lo que vamos: Strange brew es una canción de Disraeli Gears, un álbum de 1967. Si sabemos, como todo el mundo sabe, que Eric Clapton nació en 1945, la resta nos da la friolera de veintidós (22) años.
Yo a esa edad creo que dejé el currículum en Fnac. Y puede que alguna vez cruzara en rojo. Es lo más interesante que hice a los 22. Supongo que también está grabado por las cámaras de seguridad del Triangle. Una grabación de mi paseo deambulando por los pasillos de Fnac buscando el despacho de RR.HH. para hacer una entrevista.
Quizá los de discos tenían puesto el Disraeli Gears aquel día.
Imagínate. Vaya imagen para acabar. Un chaval de 22 años cantando de fondo mientras tú vas a tu primera entrevista de trabajo que consistirá, entre otras cosas, en ordenar los discos de este chaval que canta de fondo.
Ahora no sé por qué me ha venido esta canción.
Del vídeo me gustaba sobre todo la música, claro, pero no voy a negar un cierto pasmo ante las muecas de Clapton mientras punteaba. Esa boca torcida, el labio inferior medio succionado, aspirando toda la magia de aquel final de década.
Pero a lo que vamos: Strange brew es una canción de Disraeli Gears, un álbum de 1967. Si sabemos, como todo el mundo sabe, que Eric Clapton nació en 1945, la resta nos da la friolera de veintidós (22) años.
Yo a esa edad creo que dejé el currículum en Fnac. Y puede que alguna vez cruzara en rojo. Es lo más interesante que hice a los 22. Supongo que también está grabado por las cámaras de seguridad del Triangle. Una grabación de mi paseo deambulando por los pasillos de Fnac buscando el despacho de RR.HH. para hacer una entrevista.
Quizá los de discos tenían puesto el Disraeli Gears aquel día.
Imagínate. Vaya imagen para acabar. Un chaval de 22 años cantando de fondo mientras tú vas a tu primera entrevista de trabajo que consistirá, entre otras cosas, en ordenar los discos de este chaval que canta de fondo.
You've been chosen as an extra in the movie adaptationof the sequel to your life
Ahora no sé por qué me ha venido esta canción.
jueves, enero 30, 2014
no la vi en el cine
Pulp Fiction es del 94 y Tarantino nació en el 63. ¡Boom!: 31.
Me acuerdo de ver una y otra vez esta peli en una cinta VHS que no sé de dónde salió ni quién compraría, yo al menos no, o quizá sí, aunque tampoco podría decirte ni dónde ni por qué, vaya, no podría asegurar nada de mi propia vida, tiene gracia la cosa.
La cuestión es que no la vi en el cine, y eso no es algo que me guste recordar.
También me compré el guión, mucho más tarde, esto sí que lo recuerdo, y me sentí estúpidamente estafado al comprobar que el pasaje bíblico no coincidía literalmente.
No he encontrado todavía una Biblia que reproduzca exactamente las palabras de Jules.
Cuánta gente abriría por primera vez una Biblia después de esta peli.
Tarantino, el evangelizador.
Me acuerdo de ver una y otra vez esta peli en una cinta VHS que no sé de dónde salió ni quién compraría, yo al menos no, o quizá sí, aunque tampoco podría decirte ni dónde ni por qué, vaya, no podría asegurar nada de mi propia vida, tiene gracia la cosa.
La cuestión es que no la vi en el cine, y eso no es algo que me guste recordar.
También me compré el guión, mucho más tarde, esto sí que lo recuerdo, y me sentí estúpidamente estafado al comprobar que el pasaje bíblico no coincidía literalmente.
No he encontrado todavía una Biblia que reproduzca exactamente las palabras de Jules.
Cuánta gente abriría por primera vez una Biblia después de esta peli.
Tarantino, el evangelizador.
domingo, enero 12, 2014
lava desconocida
Nadia Comaneci todavía no había cumplido los quince (15) años cuando hizo (el verbo hacer como comodín del que ya no da más de sí) esto que viene a continuación.
Una especie de conjuro, algo que va más allá de lo conocido, de lo que podemos llegar a entender, sólo hay que quedarse en silencio, qué otra cosa debemos hacer, el 11-S de la gimnasia, algo hipnótico, siempre como si fuera la primera vez o, mejor aún, recordando aquella primera vez, ahora ya conocemos los hechos, los movimientos, el desplome, los saltos, el impacto, el salto final, esa sonrisa triste de satisfacción, los espectadores, el que asiste a algo nuevo, aquí todo es nuevo, y la criatura que brinca y piruetea de aquí para allá apenas podríamos confirmar que es humana, un insecto ancestral, de dónde ha llegado, esa luz que la ilumina nace en su cuerpo, emana de él como el fulgor de una lava desconocida que lo ilumina todo a su paso.
Una especie de conjuro, algo que va más allá de lo conocido, de lo que podemos llegar a entender, sólo hay que quedarse en silencio, qué otra cosa debemos hacer, el 11-S de la gimnasia, algo hipnótico, siempre como si fuera la primera vez o, mejor aún, recordando aquella primera vez, ahora ya conocemos los hechos, los movimientos, el desplome, los saltos, el impacto, el salto final, esa sonrisa triste de satisfacción, los espectadores, el que asiste a algo nuevo, aquí todo es nuevo, y la criatura que brinca y piruetea de aquí para allá apenas podríamos confirmar que es humana, un insecto ancestral, de dónde ha llegado, esa luz que la ilumina nace en su cuerpo, emana de él como el fulgor de una lava desconocida que lo ilumina todo a su paso.
jueves, enero 09, 2014
regalo del cielo
Aquí Freddie Mercury tenía cuarenta (40) años. Da igual que no entre en los cánones de la lista que estoy configurando porque esto que viene a continuación, que seguro que has visto, no lo llegará a hacer nadie más en la historia de la música pop.
Así que, debido a su naturaleza infranqueable, aquí tienes este regalo del cielo.
No sé cuánto costaría la entrada del concierto, pero sólo con estos dos minutos ya puedo decir que fue barata.
Así que, debido a su naturaleza infranqueable, aquí tienes este regalo del cielo.
No sé cuánto costaría la entrada del concierto, pero sólo con estos dos minutos ya puedo decir que fue barata.
lunes, enero 06, 2014
todo bien
David Lynch (1946)
El hombre elefante (1980)
Treinta y cuatro (34) años.
Todo bien.
Seguimos.
El hombre elefante (1980)
Treinta y cuatro (34) años.
Todo bien.
Seguimos.
domingo, enero 05, 2014
zumbido eterno
Empiezo una nueva serie en este bendito y caduco ya blog, qué haremos con este blog, lo cierro, pregunto, pienso en cerrarlo tantas veces como en irme a dormir, imagínate, al día, veinticuatro horas, al menos una vez a la hora pienso en irme a dormir, veinticuatro veces como mínimo al día también pienso en acabar de una vez por todas con esta lacra que me persigue desde hace ya siete años, a quién pienso engañar, a dónde quiero llegar, cuál es mi objetivo, no lo sé, alguien lo sabe, pregunto, nadie, pues empiezo decía una nueva serie de veinte entradas, qué digo veinte, signo de admiración-quizá sólo tres-signo de admiración, puede que una, sólo esta que hoy presento en sociedad, abro paréntesis, por cierto, yo sigo acentuando sólo cuando creo que ya no se acentúa, cometo, por tanto, ahora, una falta de ortografía, pregunto, cierro paréntesis, en fin, nobody knows, una, veinte, qué más da, aunque siempre prepárate para la decepción, la cuestión es que vivirán bajo la etiqueta tot està per fer i tot és possible, y es que todavía no te he explicado de qué va la fanfarria absurda que voy a perpetrar, pues se trata simplemente de hacer una lista de mis artistas favoritos de todos los tiempos, en todos los ámbitos artísticos, esto no hacía falta ponerlo, artistas favoritos, ya me entiendes, músicos, pintores, directores de cine, actores, actrices, puntos suspensivos, hacer una lista de estos artistas y de una de sus obras preferidas, peli, canción, cuadro, y descubrirle al mundo, a ti, a mí, qué edad tenían cuando la crearon, ajá, ahí estamos llegando a algo bueno, eh, la edad que tenía tu cantante favorito cuando cantaba tu canción favorita, sí, es deprimente, sobre todo si sobrepasas los treinta, treinta y cinco en mi caso particular mío de mí, cuando pasas la barrera de los treinta, eh, vaya mierda, aunque se diga que no, es una puta mierda, porque todo el colchón que significaban los veinte para hacer algo, algo nuevo, importante, se ha ido caracoleando por el desagüe de la bañera, tan llena que estaba, cómo es posible, a la mierda, veinte, veintitrés, veinticinco, va, todavía veintiocho, bum, treinta, y ahora los años parecen ir de dos en dos, en el mejor de los casos, y entonces te descubres diciendo, joder, pero ¿el año pasado no tenía treinta y dos?, cómo es que hoy cumplo treinta y cuatro, ¿y mis treinta y tres?, y así cada año, un lamento continuo de fondo, como un zumbido que no sabes de dónde puede proceder, será algún aparato que tienen conectado los vecinos, te preguntas, no, y una mierda, eres tú, es tu PUTO TIEMPO PERDIDO, que suena así, como un zumbido eterno, pero está dentro de tu cabeza, no te preocupes, ahora no culpes a tus vecinos, face your fears, pues eso es lo que quiero hacer ahora, estos días, esa lista de artistas y sus obras, esos latigazos que me quiero infligir porque sí, esos putos clavos que me voy a clavar en la muñeca para sostenerme en la cruz, alguien me tendrá que ayudar con el de la mano derecha, eso sí, treinta y cinco años, ya verás qué sorpresas, una detrás de otra, si ya sólo pensando en el puto club de los veintisiete se te cae el alma a los pies, por ponerte un ejemplo rápido y jugoso, bien, todo esto viene porque escuché que Alice Munro (1931) publicó su primer libro de cuentos a los treinta y siete años, Dance of the happy shades (1968), lo que me provocó una estúpida alegría difícil de explicar a estas horas de la mañana, como si alguien me dijera Mira, todavía puedes ganar el Nobel (risas enlatadas grabadas en cassette) y, a su vez, me dio por pensar de nuevo, algo que he estado haciendo desde los quince años, en la edad de todos los artistas a los que admiro y he admirado cuando crearon aquella canción que te ha acompañado siempre, aquella película que te emociona una y otra vez, aquel libro, aquel cuadro, aquel todo, y ese es el motivo de esta entrada, de estas entradas, veinte, quizá cinco, puede que dos, o sólo esta con la que me decido a empezar, y el verso de Martí i Pol bajo el que se agruparán, ese verso ya tan de todos, tan de la gente, tan pop, ese verso que es un canto a la esperanza, resume aquí todo el sentir contrario, el bajar los brazos, dejar caer los hombros, tú ya con treinta y cinco, qué hay que hacer con treinta y cinco años cuando ves a estos artistas, qué hay que hacer, alguien lo sabe, nadie, pregunto, y afirmo. Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde.
Sin más, empiezo.
Joe Cocker nació en 1944.
Cuando actuó en Woodstock, teniendo en cuenta que el concierto se celebró en 1969, Cocker tenía la friolera de veinticinco (25) años.
Qué hacías tú a los veinticinco.
Qué hacía yo: entre otras cosas, ordenar sus discos en una tienda.
Él bebía y cantaba, y siempre parecía que le iba la vida en ello.
Quizá esta es la mejor versión que se ha hecho nunca de una canción.
Veinticinco años.
Ahí va.
Sin más, empiezo.
Joe Cocker nació en 1944.
Cuando actuó en Woodstock, teniendo en cuenta que el concierto se celebró en 1969, Cocker tenía la friolera de veinticinco (25) años.
Qué hacías tú a los veinticinco.
Qué hacía yo: entre otras cosas, ordenar sus discos en una tienda.
Él bebía y cantaba, y siempre parecía que le iba la vida en ello.
Quizá esta es la mejor versión que se ha hecho nunca de una canción.
Veinticinco años.
Ahí va.
lunes, diciembre 09, 2013
jueves, noviembre 21, 2013
velo negro
El ojo
de un monstruo marino.
La lotería de Navidad como algo terrorífico.
Una criatura abisal
que surge para castigarnos.
El mar ruge
y ella acecha.
Veintidós de diciembre
como fecha premonitoria de la embestida.
El ojo
de un monstruo marino.
Sólo
furia
en él.
Dentro del iris,
el nacimiento de Jesús.
Dentro de esa cólera,
la paz de un establo.
El nacimiento del cristianismo como núcleo
de la maldad.
Ese quizá mensaje
ya no tan subliminal.
Nadie se esperaba que el horror surgiría de lo más profundo,
ahora.
Serie 011. Fracción 14.
El lugar
donde habita la bestia.
Como uno de los círculos
del Infierno de Dante.
El monstruo marino que parece
haber emergido
para tomar aire.
Quizá para tomar impulso.
El agua cubre su lomo
y la luz del sol
centellea
sobre su piel.
El ojo de un monstruo marino.
Cthulhu.
Leviatán.
Quién sabe cuánto tiempo estuvo
esperando este momento.
¿Y si cae aquí?
La que tendría que ser una pregunta llena de esperanza,
se cubre con un velo
negro.
Ahora
sólo
desasosiego.
viernes, noviembre 15, 2013
sábado, noviembre 09, 2013
umbral
Hay más Arte en estos cinco minutos de canción, en este trozo de acera, en este umbral, que en todo el pop español de la década de los noventa. Por poner un ejemplo.
Disfruta, anda, aunque no te guste lo cubano. Esto va más allá.
Disfruta, anda, aunque no te guste lo cubano. Esto va más allá.
lunes, octubre 28, 2013
totems
A ver, dos cosas que se me quedaron en el tintero, tampoco nada del otro mundo.
Una. Estoy pasando la etapa más theloniousmonkiana que yo recuerde. Sobre todo después de ver el documental Straight no chaser, que no sé por qué ni siquiera sabía de su existencia. ¡No sé por qué!
Hay varias perlas, elijo dos: 1) el baile demente en el aeropuerto (51:45-52:30) bajo la incrédula mirada de pasajeros y policía, y 2) Monk, metido en la cama, pidiendo hígado de pollo para comer al servicio de habitaciones del hotel (57:40)
Fíjate cómo algunas de sus frases no están subtituladas simplemente porque son ininteligibles.
De todas formas, y dejando de lado estas curiosidades, el documental refleja la vida de un genio que, como tal, no vive en este mundo, no es de este mundo, no está en este mundo. Sólo hay que ver cualquiera de las actuaciones aquí registradas.
Me pregunto cuánto de su manera de tocar el piano, pureza y germen del bebop, emerge de su mente alienada y, por tanto, qué grande es la importancia de la locura en el arte, cómo la historia del arte y, con ella, la historia del mundo, está ligada (casi) siempre a la locura. Pensándolo bien, no hay arte sin locura.
El tema con el que cierra el documental, I love you sweetheart of all my dreams, es uno de mis totems.
Dos. Siguiendo con la locura, conseguí el gorro. Lo tuve que encargar en Sombrerería mil, ahí en Fontanella, en el centro, lleva casi cien años. Me tomaron las medidas, tuvieron que llamar a varios especialistas para que dieran cuenta de mi perímetro craneal, y lo pidieron. A los quince días ya lo tenía. Directo de París. Piel de astracán. Setenta euros. No es exactamente igual porque no es gris, es negro. Pero ahora, después de disfrutar con este documental, casi lo prefiero. A ver si llega ya el puto frío y me lo puedo poner, aunque sea para salir a tirar la basura, yo qué sé, aquí en Begues no hay clubs de jazz, joder.
Una. Estoy pasando la etapa más theloniousmonkiana que yo recuerde. Sobre todo después de ver el documental Straight no chaser, que no sé por qué ni siquiera sabía de su existencia. ¡No sé por qué!
Hay varias perlas, elijo dos: 1) el baile demente en el aeropuerto (51:45-52:30) bajo la incrédula mirada de pasajeros y policía, y 2) Monk, metido en la cama, pidiendo hígado de pollo para comer al servicio de habitaciones del hotel (57:40)
Fíjate cómo algunas de sus frases no están subtituladas simplemente porque son ininteligibles.
De todas formas, y dejando de lado estas curiosidades, el documental refleja la vida de un genio que, como tal, no vive en este mundo, no es de este mundo, no está en este mundo. Sólo hay que ver cualquiera de las actuaciones aquí registradas.
Me pregunto cuánto de su manera de tocar el piano, pureza y germen del bebop, emerge de su mente alienada y, por tanto, qué grande es la importancia de la locura en el arte, cómo la historia del arte y, con ella, la historia del mundo, está ligada (casi) siempre a la locura. Pensándolo bien, no hay arte sin locura.
El tema con el que cierra el documental, I love you sweetheart of all my dreams, es uno de mis totems.
Dos. Siguiendo con la locura, conseguí el gorro. Lo tuve que encargar en Sombrerería mil, ahí en Fontanella, en el centro, lleva casi cien años. Me tomaron las medidas, tuvieron que llamar a varios especialistas para que dieran cuenta de mi perímetro craneal, y lo pidieron. A los quince días ya lo tenía. Directo de París. Piel de astracán. Setenta euros. No es exactamente igual porque no es gris, es negro. Pero ahora, después de disfrutar con este documental, casi lo prefiero. A ver si llega ya el puto frío y me lo puedo poner, aunque sea para salir a tirar la basura, yo qué sé, aquí en Begues no hay clubs de jazz, joder.
jueves, octubre 24, 2013
dorothy donegan
Cincuenta años separan estas dos grabaciones.
Cómo no enamorarse de esta mujer.
Cómo no enamorarse de esta mujer.
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viernes, septiembre 27, 2013
puede hacerlo
Vamos a ponerle un poco de negritud y alegría al asunto.
El nuevo disco de Janelle Monae es tan bueno que, de fondo, puedes escuchar a Dios haciéndose una paja.
Ese sonido, ya sabes. Cambiando el ritmo dependiendo de la canción, eso sí. ¡Es Dios! Puede hacerlo.
At the right tempo, como dijo Sinatra.
El nuevo disco de Janelle Monae es tan bueno que, de fondo, puedes escuchar a Dios haciéndose una paja.
Ese sonido, ya sabes. Cambiando el ritmo dependiendo de la canción, eso sí. ¡Es Dios! Puede hacerlo.
At the right tempo, como dijo Sinatra.
dolor latente
Estos últimos días he estado viendo en Youtube programas de Ilustres ignorantes, un espacio (nótese ¨espacio¨ para no repetir ¨programa¨) de humor que te recomendaría si no estuvieras tan así como estás tú. A mí me entretiene pero vete a saber a ti. A mí el Colubi y el Cansado me transmiten cosas buenas, una especie de paz interior tan absurda como inexplicable, si es que absurdo no supone ya inexplicable. Lo que pasa, la ca pasa, es que el programa lo echan, lo dan, lo emiten por el Plus, pronunciado [pli], y Plus significa Youtube.
La cuestión es que no quería hablarte de este programa sino de algo que he pensado mientras lo veía.
Para presentar el tema del que tratará el programa y alrededor del cual los tertulianos charlarán alegremente (digo tertulianos para abreviar, aunque con este paréntesis explicativo esté alargando más y, por tanto, entorpeciendo mucho el ritmo del texto, que hasta ahora era frenético, ágil, suave, vivo, bebop) durante poco más de media hora, se elige, el programa, el director del programa, no sé, alguien elige una escena de una película que represente o que hable del tema a tratar.
De todos los programas que he visto también había visto la película. La cosa a tratar aquí en esta entrada es que de algunas, de muchas, de casi todas las escenas, ni me acordaba. Y no sólo de la escena, sino de la película entera. Sabía haberla visto, pero no recordaba nada. Sabía que me había gustado o no, pero no recordaba nada más.
Es decir, una puta mierda.
Con esto a dónde quiero llegar no lo sé.
Para qué sirve haber visto una película si no la recuerdo. Para qué fui a ver Happiness, de Todd Solondz, solo, al puto Verdi, ¿fui solo?, ni de eso me acuerdo, para qué fui a verla si ahora mismo no sabría decirte nada de ella excepto lo del malrollismo, los losers, el feísmo, esos brazos caídos de la vida. Me gustaría acordarme de todos los diálogos de todas las películas que he visto. Y eso es la mayor estupidez que he escrito en este blog. O no, espera.
Escuché en una entrevista a Albert Serra, un chiflado que hace pelis (así, resumido), que de lo único, o de las pocas cosas, que se acordaba de La delgada línea roja era de la hierba, tallos de hierba.
Para qué sirve una película.
Es algo que se te queda dentro, una bacteria, que te infecta aunque luego no recuerdes nada.
Pregunto.
He visto películas que no he visto. Pregunto.
Tengo el cofre de Tarkovsky esperándome. Pero a lo mejor ya las he visto. Espero que no. Me costó sesenta euros.
Quizá las películas son sólo deleites fugaces, alegrías visuales, un chocolate negro pegado a nuestro paladar mientras se deshace y se mezcla con la saliva y luego a nuestro estómago y más tarde el azúcar a nuestra sangre y entonces allí siempre con nosotros, en nosotros.
Todo esto viene porque, en las intros de Ilustres ignorantes, me dio rabia descubrir, y no redescubrir, escenas de películas que me habían gustado. Y quizá no fue como verlas por primera vez, quizá hubo algún resorte que se activó dentro de mí. Me importa muy poco. Déjate de resortes.
Quiero creer que todas las películas que he visto me han formado como persona, educando mis gustos, creando un espíritu crítico (vaya, eh, creando un espíritu crítico, dónde hemos ido a parar), incluso aleccionándome para la vida.
Quiero creer que todas las películas que he visto,
los libros que he leído,
las canciones que he escuchado,
viven en algún lugar
dentro de mí,
concentrándose
cada vez más
en un punto concreto,
como un dolor latente,
siempre a punto de estallar.
miércoles, septiembre 18, 2013
la gente al pasar
Llegaremos
a tiempo
Cruzaremos
en verde
Soplaremos
las velas
Saldremos
de todos los pozos
Llegaremos
a tiempo
Resurgiremos
de nuestras cenizas
Reiremos
de tonterías
Ganaremos
pequeñas batallas
Llegaremos
a tiempo
Apagaremos
todos los fuegos el fuego
Escaparemos
de la tormenta
Avanzaremos
por caminos de tierra
Sí sí sí
hoy es siempre todavía
Llegaremos
a tiempo
Llegaremos
a tiempo
Llegaremos
a tiempo
Llegaremos
aunque sea lo último que haga
a tiempo.
a tiempo
Cruzaremos
en verde
Soplaremos
las velas
Saldremos
de todos los pozos
Llegaremos
a tiempo
Resurgiremos
de nuestras cenizas
Reiremos
de tonterías
Ganaremos
pequeñas batallas
Llegaremos
a tiempo
Apagaremos
todos los fuegos el fuego
Escaparemos
de la tormenta
Avanzaremos
por caminos de tierra
Llegaremos
a tiempo
Recogeremos
las flores
Saltaremos
de alegría
Cantaremos
canciones nuevasSí sí sí
hoy es siempre todavía
Podremos
con todo
Va
que podremos con todo
Besaremos
a nuestros hijos
Besaremos
a nuestros padres
Besaremos
a la gente al pasar
Llegaremos
a tiempo
Llegaremos
a tiempo
Llegaremos
a tiempo
Llegaremos
aunque sea lo último que haga
a tiempo.
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