domingo, noviembre 18, 2007

voy a hacer unas rosas

Un día soñé que subía la marea y yo estaba con mi hermana y mis primos y teníamos cara de estúpidos, como ahora, la cara que se te suele poner cuando ves subir la marea y empieza a anegarlo todo.
Entonces alguien dijo: sólo el yayo sabe.

Un abuelo es el ser más extraordinario y paranormal con el que nos podemos encontrar de niños. Una persona que siempre ha sido vieja.
Luego te enseñarán fotografías de tu abuelo cuando era joven. Pero no te las creerás. No querrás creértelas.

No recuerdo el primer día que vi a mi abuelo. Supongo que porque no hubo un primer día. Mi abuelo ha estado siempre ahí. Y, por supuesto, antes de mis padres. De hecho, sin él, mis padres no serían. Yo no sería.

Es algo irracional, difícil comprender de dónde ha salido esa persona.
Un abuelo es una leyenda viviente, un superhéroe, alguien superior a cualquier persona que se le acerque a saludarlo, incluso superior al abuelo de tu mejor amigo.
Es el que todo lo sabe porque ya lo ha vivido. Es el que puede decirte cuál es el camino correcto antes de que tú se lo preguntes.
Un abuelo es un mito.

A mi abuelo todo el mundo le hablaba de usted. Y todo el mundo significa todo el mundo. No era algo escrito, ninguna norma establecida. Igual que se sabía que el sol calentaba, todo el mundo sabía que a mi abuelo había que tratarlo de usted. Porque a los mitos se les trata de usted.

Mi abuelo sabía hacerlo todo. Y aquello que no sabía hacer era porque no le hacía falta. Lo que demuestra una inteligencia superior.
Hace falta una caseta para el perro, me gustaría una canasta para jugar en el patio de la yaya, hay un enchufe que no va, necesito un llavero para todas estas llaves, se ha roto un cristal, esta tubería está atascada, aquí se podrían plantar tomates, este domingo me apetecen unas “migas”.
¿Qué más hace falta? Nada más. Pues vamos a hacer unas “rosas”.

Mi abuelo llamaba “rosas” a las palomitas de maíz. Supongo que la primera vez que dijo “voy a hacer unas rosas” lo miré como quien mira a un nuevo Dios. Alguien capaz de crear una flor no puede ser una persona normal. Luego venía riéndose con un plato enorme en el que rebosaban palomitas de maíz y decía “venga, que hay que acabárselas”. Y mirábamos alguna película o lo que hicieran en la tele. Qué más daba.

Cuando era pequeño, una de las cosas que más me fascinó de mi abuelo fue lo valiente que era con los perros. En casa, en el huerto, siempre han habido dos o tres. Algunos han sido perros enormes. Y más para un niño pequeño. Entonces, cuando iba a darles de comer yo lo observaba de lejos, esperando un ataque feroz de aquellas bestias. Pero no. Él se acercaba, les ponía la comida en sus cuencos y luego les acariciaba la cabeza mientras comían. Creo que los perros, a su manera, también lo trataron de usted.

Mi abuelo siempre se sentaba presidiendo la mesa en las comidas familiares. No era algo que hubiese impuesto él. Simplemente todos nos íbamos sentando en nuestro sitio, todos debemos saber cuál es el nuestro. Y ése era el de mi abuelo.

Mi abuelo sabía tocar la guitarra. Cuando era joven tocaba el laúd en las fiestas del pueblo. Aprendió de oído. Un día los nietos le regalamos uno y él lloró de alegría y yo más. No era su cumpleaños, ni su santo, ni nada. Fue un regalo a él, por ser. Y eso fue lo mejor.

Mi abuelo condujo hasta los ochenta años, quizá un poco más. Iba a comprar, te acompañaba a la estación, te llevaba a cualquier sitio y luego subía las escaleras de casa de dos en dos.

Mi abuelo siempre bebía vino en porrón. Decía que el vino en las comidas es lo mejor que hay. Nunca recuerdo verle bebiendo agua. Sí alguna horchata, en verano, en el patio de casa, mientras jugábamos al dominó.

Mi abuelo se podía acordar de cualquier día de su vida. Era la mejor clase de historia. Del día que conoció a tal, de lo que le pasó otro día en el tranvía, de lo que le dijo aquel hombre del pueblo.

Mi abuelo dijo una vez: “una mano lava a la otra, las dos lavan la cara”.

Mi abuelo a veces movía las manos mientras dormía la siesta, como deshilachando una bufanda invisible.

Mi abuelo se fue el otro día.
Así me lo dijo mi padre en un sms: el yayo se ha ido hace cinco minutos.
Supongo que tendrá que hacer una caseta de perro en alguna parte, o arreglar algún cristal roto de un balonazo, o hacer un llavero, o quizá alguien le dijo que le apetecían unas “migas”.
Quizá está haciendo bajar la marea.
No lo sé. Ya vendrá.
Y cuando vuelva nos sentaremos a escuchar la radio en el patio y echaremos el toldo y jugaremos unas partidas al dominó y luego se acordará de alguna fecha y luego le cambiaremos la comida a los canarios y se irá haciendo de noche pero dará igual porque luego tocará canciones al laúd y dirá “no me acuerdo bien, es que hace muchos años” y vendrá mi abuela a escucharlo y luego mi tía y luego mis primos y luego mis padres y luego todos y, cuando estemos todos, sólo entonces, dirá “voy a hacer unas rosas”.

Yayo, si algún día tengo un nieto que me quiere la mitad de lo que le he querido yo a usted, me daré por satisfecho.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Oh :-************

Anónimo dijo...

yo recuerdo también que el yayo siempre llevaba caramelos en el bolsillo: sugus, que muchas veces daba a los niños del cole con una generosa sonrisa, y caramelos de eucaliptus para cuando te dolía la garganta.

S. dijo...

Es curioso lo de los abuelos y los perros. Cuando yo era muy pequeñita, una vez me atacó un perro bastante grande, un pastor alemán, cuenta la leyenda. Mi iaia me cogió y me levantó en brazos para que no me mordiera, y la que se llevó la dentellada fue ella, en la parte superior del brazo, en esa parte blanda en la que tanto debe doler. Llevó la marca el resto de su vida. Y yo llevaré la marca de mi iaia el resto de la mía, no en el brazo, sino en el corazón, en las manos, en la boca del estómago, en los lacrimales de los ojos.

El día que tengamos nietos, estoy segura de que te querrán no la mitad de lo que tu querías a tu abuelo, sino el doble, que es más o menos lo que te quiero yo.

:_

Anónimo dijo...

A tu yayo lo sentia como mío , en resumen se podría decir que era el SR.ANTONIO , algo único y que se tenía que escribir en mayúsculas.
Era cariñoso , te daba consejos, se preocupaba por ti y como tu bien has dicho de cualquier anécdota sacaba un recuerdo. eran sus historias , las historias de toda una vida . Yo lo he conocido casi toda mi vida y deja un vacio enorme y a la vez me ha ayudado a recordar cosas olvidadas o escondidas en mi recuerdo.Solo puedo decir para consolarte si es que en alguna medida se puede que has tenido la gran suerte de tener un abuelo fantástico. Diego eres de los pocos afortunados por haber disfrutado de su cariño y siento mucho tu pérdida.

diego dijo...

Encantado de saludarte, amiga.

;)

Kialaya dijo...

Los recuerdos de los abuelos son de los mejores recuerdos que se nos quedan.