jueves, febrero 21, 2008

dejando enfriar


El otro día pensé la siguiente estupidez que voy a escribir.
Salí de una tienda y empecé a caminar hacia la izquierda, pero a los dos segundos me di cuenta de que no quería ir en esa dirección, porque tenía que dar mucha vuelta para llegar al sitio a donde iba, así que di la vuelta y caminé en dirección contraria, hacia la derecha. Es una cosa que pocas veces hago por el qué dirán. Siempre he pensado que queda muy sospechoso alguien que da media vuelta cuando camina. Sé que es una estupidez, pero si supieras la cantidad de estupideces en las que pienso a lo largo del día, ésta sería una simple anécdota. Bien, así que yo caminaba ya en la dirección correcta para llegar al lugar donde quería ir, a una librería.
Pues fue ese pararme y dar media vuelta lo que me hizo pensar en la siguiente estupidez.
Pensé en cómo había influido ese cambio de dirección en mi vida, en mi vida a partir de ese momento. Me imaginé que, por ejemplo, se desprendía un balcón y me caía encima, o que un yonki me clavaba una jeringuilla, o que simplemente me tropezaba en un escalón y sufría un esguince. Todo cosas malas, claro. Me imaginé, mientras caminaba hacia la librería por el camino elegido, qué me estaría pasando en ese momento por el otro camino, el más largo, el que rechacé con un cambio de dirección. Me imaginé cómo sería mi vida ahora si hubiese seguido por ese camino. Entonces me puse a rebobinar mi vida y, por tanto, la historia en general, hasta llegar al Big Bang. Así me entretuve un poco mientras caminaba por el camino correcto hacia la librería, y una vez allí continué recordando las pequeñas decisiones de mi vida y no le hice caso a los títulos de los libros que estaba mirando. Vi que Amélie Nothomb había sacado uno nuevo, lo ojeé y creí leer una frase que ya había leído en otro de sus libros. Lo volví a dejar en su sitio y seguí recordando.
Analizando mi vida actual descubro que, como la tuya, depende de pequeños detalles.
No te los voy a explicar porque no te interesan en absoluto, o quizá sí, pero así piensas en los tuyos.
Y cuando digo pequeños detalles quiero decir algo tan pequeño como que mi mirada se cruzara con la de otra persona en el momento idóneo para que esas miradas significasen algo, decir un o un no cuando ese o ese no no significan sólo o no. Detalles, aunque muy generales y poéticos y estúpidos. Pensaba en ese tipo de detalles.
Pero luego pensé en actos más concretos, por ejemplo que dejes la leche demasiados minutos en el microondas y tengas que esperar a que se enfríe perdiendo así el tren que tenías que coger para llegar a tiempo a aquella entrevista de trabajo a la que cuando llegaste te dijeron que ya no hacía falta.
Esos treinta segundos de más en el microondas definieron lo que es tu vida ahora.
O quizá fue simplemente el cristal determinado del vaso que elegiste. Piensa si hubieses escogido aquella taza, la taza de siempre. Pero aquella taza ese día estaba sucia y por eso utilizaste un vaso que nunca utilizabas, un vaso que ha decidido tu futuro.
A ese vaso le debes la mujer que ahora tienes, incluso los hijos que tendrás. Y así, toda tu descendencia habrá dependido de un simple vaso de cristal.
Pero imagínate que decides averiguar qué vaso utilizaste aquella mañana y descubres que era un vaso de Nocilla. Entonces piensas en el día en que compraste esa Nocilla. No fuiste tú, fue tu madre, un viernes por la tarde, cuando tú eras pequeño y te quedabas a dormir en casa de tu abuela. Luego intentas recordar lo que hacías el día en que tu madre fue a comprar y, entre otras cosas, compró esa Nocilla. Quizá estabas viendo la tele, quizá estabas pintando un folio con tus plastidecores nuevos, quizá estabas sentado en aquel sofá que se hacía cama y mirabas por la ventana sin ser consciente de que tu madre, en aquel preciso momento, estaba comprando un bote de Nocilla que definiría la vida que ahora tienes, sin ser consciente, en definitiva, de que tu madre estaba decidiendo tu futuro.
Aunque luego piensas en otra cosa.
Piensas en lo poco que le gustan a tu madre esos vasos de Nocilla y te preguntas por qué lo teníais. Entonces te acuerdas de tu hermana, a la que le encantaban esos vasos de pequeña y se ponía tan triste si tu madre decidía tirarlos. Lo que quiere decir que ahora el peso de tu vida lo tiene tu hermana, ya que era la persona a la que le gustaban esos vasos y por eso teníais uno en casa.
Piensas en tu hermana, en qué estará haciendo ahora, en qué estaría haciendo ahora mismo si tu madre hubiese tirado ese vaso de Nocilla cuando ella era pequeña. Piensas en la vida de tu hermana si algún día hubiese presenciado cómo tu madre tiraba a la basura ese vaso de Nocilla que le había dicho que no tirase.
Así que ahora el peso de tu vida lo vuelve a tener tu madre, quizá un poco compartido con tu hermana, claro.
Pero entonces recuerdas a tu padre. No sabes por qué no te has acordado antes de él pero ahora estás pensando en él. Qué estará haciendo en este momento.
Y por qué te has acordado de tu padre es simplemente porque él también forma parte de tu familia y quizá algo tuvo que ver en tu vida, en tu futuro, aunque no tuviese nada que ver con el vaso de Nocilla.
Más tarde te vuelve a venir a la mente el día en que calentaste demasiado la leche en el microondas y recuerdas un detalle importante.
Aquel microondas era nuevo, lo había comprado tu padre el día anterior, de hecho, le habías ayudado a descargarlo del maletero y a subirlo del parking a casa.
¿Es tu padre ahora el que dictó tu futuro?
¿Fue tu madre, tu hermana?
¿O quizá simplemente fuiste tú?
¿O quizá nadie?
No lo puedes saber, no lo podrás saber.
Estás preguntas te las puedes estar haciendo toda tu vida y siempre encontrarás otro lazo que te llevará a otro lugar del cual ni te acordabas.
Supongo que son recomendables de vez en cuando. No lo sé.
Lo único que sé es que, por muchos minutos que haya dejado un vaso de leche en el microondas y luego haya tenido que esperar hasta perder todos los trenes que hayan podido pasar por mi estación, mi vida, por ahora, dejando enfriar un simple vaso de leche, tampoco me ha ido tan mal.

1 comentario:

S. dijo...

Pues yo no puedo imaginarme qué hubiese sido de mi vida si después de despedirnos en el portal de mi casa aquel día como si fuéramos tú el Juan y yo el Lolo que vuelven de ver el fútbol, venga macho, nos vemos, tú no me hubieses llamado más por vergüenza y yo no hubiese sido capaz de parar de reír.





Bueno, sí me lo imagino. Una caca, seguro :(